Cleventine 1: Realidad y Ficción

1x35. El festival y la lápida

 

1º LIBRO – Realidad y Ficción

35.

El festival y la lápida

 

Llegó la hora de la apertura del festival. Gran parte de los ciudadanos lo estaba esperando, por ello toda la zona del Parque Yoyogi de Shibuya estaba con un ambiente cargado de ánimo y excitación. El templo estaba en el corazón del parque, rodeado de bosque. Parecía un mundo aparte, aislado de la bulliciosa ciudad de rascacielos del exterior.

Una vez atravesado el tori de la entrada al parque, había un paseo de varios minutos por un ancho camino de grava entre enormes árboles hasta el templo. El tori era una estructura generalmente de dos pilares de madera que sostenían otra estructura horizontal, y eran las puertas que señalaban el camino hacia un templo. Tras doblar el último recodo del camino, se presentaba a la vista otro tori más pequeño custodiando la entrada del recinto. Era un complejo de varios edificios, y frente al edificio principal del templo se extendía un gran patio interior baldosado, rodeado de una fortificación levantada en columnas de madera y tejados de esquinas curvas.

Ahora, ya hechos los preparativos del festival, este inmenso patio principal estaba abarrotado de diversos puestos en todo su recorrido. Eran puestos de comida, de suvenires, de la suerte, de sorteos y juegos…

Se había dejado en el centro un espacio desde la puerta del templo hasta el tori exterior para que realizasen una función tradicional, que consistía en una representación de cómo era la época durante el inicio del gobierno Meiji. Hacían una obra teatral de cuatro actos repartidos para cada día del festival, comenzando con el emperador retomando su poder tras dar fin a la dictadura militar del shogunato Tokugawa de dos siglos y medio. Después, continuaba contando cómo el emperador inició el cambio para hacer que la sociedad japonesa se equiparara a la europea y fuera algo más democrática.

El lugar se estaba llenando de gente considerablemente al paso de los minutos. Unos iban con ropa normal, y otros iban con kimonos tradicionales reservados para este tipo de eventos. Muchos niños habían traído espadas de madera, ya que había una parte de la actuación en la que podían participar haciéndose pasar por soldados del emperador.

 

A eso de las seis de la tarde, cuando el cielo empezaba a ponerse naranja, Cleven se adentró en el recinto con Nakuru y con Álex. Tal como había planeado, se había pasado por la cafetería de Yako para decirle que se viniese con los demás, y este había dicho que por supuesto.

Cleven iba con un elegantísimo kimono rojo oscuro con flores blancas y matices dorados estampados. Según le había dicho su madre, cuando aún vivía, perteneció a su bisabuela, es decir, a la abuela paterna de Katz. Normalmente, los kimonos solían pasar de madres a hijas, esto es, de la abuela materna a la madre y de la madre a la hija, pero la madre de Katz era rusa y no tenía tal kimono, así que su padre, Hideki, japonés natural, le pasó a Katz el kimono de su madre, y luego Katz a Cleven. Realmente Cleven daría un aspecto de lo más elegante y sofisticado si no fuera porque sujetaba un bollo de chocolate en las manos y se lo estaba comiendo como si hubiera pasado los últimos quince años en la cárcel.

Nakuru, por su parte, iba con un kimono negro con un estampado de flores azules que brillaban al reflejo de la luz, heredado igualmente de su abuela paterna. Y finalmente Álex, que iba un poco perdida en esto de las tradiciones, iba con uno que se había comprado, no tan elegante como el de sus amigas por ser menos antiguo pero igual de bonito, blanco con un estampado de flores sencillo. Las tres se habían recogido el pelo con un moño alto.

—Ay, esperad un momento, por favor —pidió Álex, parándose, cuando las tres estaban pasando bajo el tori.

Se fue cojeando hacia una de las anchas columnas de la puerta y, apoyándose en ella, intentó colocarse bien el calzado.

—No sé cómo podéis andar con esto —se lamentó.

—Espera —sonrió Nakuru, acudiendo a su ayuda—. Qué lástima que Raven no esté aquí —comentó, acabando de colocarle la sandalia de suela gruesa—. Con el jaleo que se oye desde aquí, debe de estar muy animado.

—Es verdad —contestó Cleven, dándose la vuelta para intentar ver algo del patio principal, al otro lado del pórtico—. Aunque sí fue al del año pasado, su primera vez.

Cuando fue a darse la vuelta otra vez, lo vio todo negro después de oír un ruido desagradable. Se había chocado contra alguien, y su bollo, al que iba a darle otro bocado, se le había espachurrado en la cara y se había llenado de crema de chocolate. Se quedó con el bollo pegado en la cara.

—Ah, disculpa —dijo el chico, corriendo a quitarle el bollo de la cara—. Ha sido por mi culp...

Cuando el inconfundible rostro de Cleven quedó al descubierto, el chico dio un pequeño brinco.

—Ah, joder, eres tú —gruñó, desviando la mirada con pasotismo y tirando el bollo al suelo—. A ver si miras por dónde vas, pelmaza.

—Niagh… —rugió Cleven, haciendo ademán de estrangularlo, todavía con la cara manchada—. ¡Raijin! ¿¡Quién sino osaría fastidiarme el momento!?

—Límpiate, cerda —replicó, cruzándose de brazos.




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