1º LIBRO – Realidad y Ficción
_PARTE 1: La huida_
2.
Empezamos mal
Mientras tanto, en la sala de profesores, Cleven estaba sentada frente a una mesa, con los brazos caídos entre las piernas y mirando al vacío. Al otro lado de la mesa se encontraba su nuevo tutor de la clase de Segundo-A, hablándola de algo que sus oídos no eran capaces de alcanzar.
Era un hombre joven, de unos 26 años. Era profesor de Inglés, pero no le suponía un gran reto, ya que él era británico, pero también impartía Historia y Física. No era muy usual que un profesor impartiese dos asignaturas tan diferentes, pero él era muy inteligente.
Denzel Sanders, se llamaba. Aunque había quienes sabían muy bien que ese no era su verdadero apellido. Ni este su único trabajo. Era nuevo. Había comenzado a trabajar en el Instituto Tomonari desde el comienzo de aquel curso, hacía más de dos semanas. En Japón el año escolar comienza en abril, pero aquel instituto seguía otro sistema, y era después de la Navidad cuando se pasaba de curso.
Como todos los demás profesores, vestía con traje y corbata, pero él marcaba unas cuantas diferencias. A veces se permitía llevar la camisa por fuera de los pantalones, la corbata desatada, incluso llevaba un pequeño pendiente en su oreja izquierda, una bolita de piedra negra. También, tenía un raro tatuaje en el pulgar de la mano derecha, rodeando su dedo como un anillo. En su mano izquierda, llevaba un anillo de verdad en el dedo anular, un anillo de casado. Por último, siempre, todo el tiempo, llevaba puestas unas gafas de sol negras que le ocultaban los ojos. Jamás se las quitaba. Nunca nadie lo había visto sin ellas puestas.
Incluso su pelo llamaba un poco la atención. Era negro y corto, bien peinado, pero dos mechones blancos partían de sus sienes y un tercero le salía desde su frente. Muchos pensaban que se había teñido de blanco aquellos mechones, lo que incumplía la norma de no llevar el pelo teñido ni aunque fuera un poco. Sin embargo, él había asegurado que eran canas. ¿Tan joven y con canas?, se habían preguntado sus compañeros con aire escéptico, pero acabaron por creerle después de haberles dicho que sólo se trataba de una condición genética.
Respecto a las gafas de sol, él decía que tenía las retinas muy sensibles y que su oftalmólogo le había mandado protegerlas de la luz. Nadie comentaba nada respecto a eso, pero seguía siendo raro.
No llevar accesorios o aspectos que no cumpliesen por completo con el código de vestimenta del instituto Tomonari solía ser una estricta norma, pues en el centro se tomaba muy en serio la buena apariencia y era una norma dedicada sobre todo a los alumnos, por lo que en un profesor resultaba un tanto más contradictorio. Los docentes más mayores consideraban inaceptable que un profesor más joven no supiese respetar este tipo de normas y asimismo a sus veteranos. Lo que pasa es que a este profesor le daba tan igual… tan, tan, tan igual… que ni se preocupaba por lo que los demás pensasen. Era como si él ya hubiera vivido mucho y estuviera muy por encima de las banalidades humanas. Él nada más cumplía con su trabajo.
Algunos podían pensar que iba de provocativo, pero, en realidad, todo tenía una razón de ser. No era un simple pendiente, sino un amuleto; no era un tatuaje para decorar su dedo, era algo que mantenía su pulgar unido para que no se le cayese; no eran retinas sensibles, sino ojos diferentes, y no era tinte blanco, sino canas seculares.
Caía muy bien a todos sus alumnos, al ir dándose a conocer en esas dos semanas de inicio. Era el tipo de profesor que disfrutaba enseñando, y, más que eso, obtenía resultados inmediatos. No se trataba de qué enseñar, sino de cómo enseñarlo, y una actitud entusiasmada podía contagiar hasta al alumno más vago o enfadado. Cualquiera diría que Denzel se había dedicado a la enseñanza más años que ninguna otra persona en la historia.
Por esta razón, el director del Tomonari, que era el señor más estricto y disciplinado de todo Japón, estaba más que encantado con él e insólitamente había dejado pasar el hecho de que se saltase algunas normas de vestimenta e incluso de comportamiento.
Y a pesar de todo esto, Cleven no escuchaba las palabras que le estaba diciendo, sólo conseguía oír cosas como “deberías estar más atenta en las clases...”, “los demás profesores me piden que haga algo contigo...”, “acabamos de empezar el curso y será mejor abordar el problema ahora...”. No escuchaba, sólo oía. Estaba absorta, en la inopia, como siempre. Desconectaba los oídos automáticamente en este tipo de situaciones, cuando le hablaban de lo decepcionante que era su actitud. De lo decepcionante que ella era. Cleven pensaba que vale, que tenían razón, pero que al menos había una cosa que era más decepcionante que ella: la mera vida.
Había unos cuantos más profesores en la sala, haciendo papeleo y mirándolos de vez en cuando. También echaban vistazos hacia el otro lado de la sala, donde un chico de la misma edad de Cleven corría la misma suerte, solo que quien le sermoneaba era el director, caso que se daba cuando tal alumno había hecho algo más grave que el no atender en las clases. O cuando había sido falsamente acusado como le acaba de pasar en el patio trasero del instituto.
—... los dos estábamos como una cuba, y entonces fui directo a ella, quería llevármela a mi apartamento, y ella se me subía por todo el cuerpo... Qué buena estaba. Salimos del pub y fuimos a mi casa. Acto seguido le arranqué el vestido mientras la besaba, y pasó... ¡No sabía desabrochar su sujetador! Por lo que fui a la cocina a por unas tijeras y...
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Editado: 04.03.2026