1º LIBRO – Realidad y Ficción
_PARTE 1: La huida_
4.
Rutina
Llegó el tren y se metió en el vagón. Justo cuando fue a sentarse en el extremo de un asiento de cuatro plazas donde ya había dos personas en el medio, vio por el rabillo del ojo a otra persona sentándose al mismo tiempo en el hueco libre del otro extremo.
Cleven giró la cabeza discretamente un momento para verlo, ahí al otro lado de los otros dos pasajeros que los separaban, y se quedó algo cortada. Era ese chico, el mismo que había visto en la sala de profesores. Seguía teniendo la capucha de su sudadera puesta e iba bien abrigado con una parka larga. Sólo se le veía la cara de nariz para abajo, y a Cleven no se le ocurrió otra cosa que fijarse en sus labios. Se ruborizó un poco y apartó la mirada. Le sonaba de algo. Si no tuviese la capucha puesta seguro que lo reconocería de algo. De repente hacía mucho calor.
Durante el trayecto, Cleven siguió lanzándole breves miradas con disimulo. Estaba muy quieto, cabizbajo, de brazos cruzados. Parecía muy serio, y pensó que tal vez se debía a la tediosa charla que el director le había dado esa tarde en la sala de profesores. ¿Qué habría hecho? ¿Se habría peleado con otros chicos? ¿Habría roto algo?
Cuando miró entre sus pies y vio su mochila, se sorprendió. «¡Ah, ya caigo!» pensó, reconociendo esa mochila, pues la había visto antes. «Este chico es de mi clase, ¡el que se sienta detrás de mí!». Recordó que era el nuevo en su clase. Había oído su nombre antes, pero no conseguía acordarse... Miró hacia otro lado, pensativa, lo tenía en la punta de la lengua. Así fueron pasando los minutos, y las paradas. Cada vez el vagón estaba más vacío, y Cleven seguía mirando hacia arriba, hacia abajo, hacia los lados, como si fuera a encontrar el nombre que estaba buscando escrito en las paredes, techo y suelo del vagón. Lo sabía, juraría que sabía el nombre. Se mordió la lengua y cerró los ojos. Por un momento se sintió estúpida, ensimismada en esta tontería...
—¡Ah, Kyosuke! —exclamó de repente con tanto ímpetu que todos los presentes en el vagón se la quedaron mirando con susto.
Cleven giró la cabeza hacia su derecha rápidamente y se cruzó con la mirada sorprendida del muchacho clavada en ella, aunque seguía de brazos cruzados. Había acertado, pero se sintió avergonzada. Seguro que lo había asustado, porque el chico seguía mirándola confuso.
Cleven fue a mirar a otro lado para disimular, como si no hubiese pasado nada, pero no pudo. No podía dejar de observarlo. A pesar de que los ojos de él estaban sumergidos en la sombra bajo la capucha, ella podía sentirlos apuntando hacia ella, y le daba una extraña sensación que le impedía reaccionar. La luz del vagón solamente se reflejaba en su ojo derecho, desprendiendo un diminuto brillo blanco, pero no en el izquierdo. Se dio cuenta entonces de que tenía su ojo izquierdo guiñado, y este hecho le resultaba inexplicablemente familiar.
No pudo resolver ese enigma, pues el vagón se paró en la siguiente parada y el chico volvió la cabeza hacia atrás en una fracción de segundo, observando por la ventana el andén de fuera, como si hubiese explotado una bomba al lado. Se había sobresaltado, Cleven podía notar que estaba en tensión.
Confusa, miró hacia el mismo sitio a través del ventanal y, en las escaleras que descendían al andén, divisó a un grupo de personas, unos ocho hombres y un par de mujeres, vistiendo con las mismas sudaderas negras y todos encapuchados, que bajaron las escaleras a toda velocidad con una agilidad asombrosa.
Fue entonces cuando vio que el chico, Kyosuke, cogía su mochila rápidamente, se puso en pie de un salto y salió disparado por la puerta opuesta del vagón, perdiéndose de vista escaleras arriba del otro andén. Cleven, con un nudo en la garganta, vio a ese grupo entrar en el vagón y salir por el otro lado tan rápido que parecieron sombras. Vio cómo seguían el mismo camino que había tomado el muchacho para salir del metro. Tenía toda la pinta de ser una persecución, y Cleven se preguntó si estarían rodando alguna película de acción cerca o si había sido algo completamente real.
Los demás ocupantes del vagón también se habían sorprendido durante la escena y se quedaron comentándola. Cleven trató de recapacitar sobre lo que había pasado, tenía el corazón latiéndole con fuerza. No obstante, algo consiguió apartarla repentinamente de lo sucedido. Miró a través de la ventana que tenía detrás, después de haber escuchado unas voces alteradas, y el corazón le latió con más nervios. Vio a un niño corriendo como un descosido por el andén, esquivando a la gente que caminaba por ahí también con una agilidad notable, y portaba al hombro una mochila grande, a la que aferraba como si dentro guardase su vida. Lo vio sonreír, reírse de los dos agentes de policía que lo seguían por detrás con las porras en alto, ordenándole a gritos que se detuviese.
—Ay, madre... —resopló Cleven con desasosiego, tapándose la cara con una mano.
—¡Detente, niño! —le gritaba uno de los agentes—. ¡Vuelve aquí, párate!
El niño se rio, parecía estar divirtiéndose, mientras era observado con sorpresa por la gente que iba por el andén. «Por favor, no entres aquí» rezaba Cleven por lo bajo, muerta de la vergüenza. Tenía la cara tapada con las manos, pero para su desgracia oyó los pasos del niño adentrándose en su vagón, y acto seguido las puertas se cerraron. Oyó cómo los agentes golpeaban la puerta con las manos, lanzándole gritos de enfado al niño.
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romance y humor, accion con poderes, sobrenatural y crimenes
Editado: 04.03.2026