1º LIBRO – Realidad y Ficción
_PARTE 1: La huida_
10.
Ya nadie es feliz
Llegó la tarde de aquel miserable día frío y nuboso. Terminada la jornada de clases y laboral, las calles se llenaron de gente.
Cleven miraba las grises baldosas de la acera pasando bajo sus pies. ¿Qué iban a comprender ellas? Una no era más que otra entre miles, y con las demás formaba el suelo de la ciudad. Y ella no era más que una persona entre miles, formando con ellas aquel conjunto. No obstante, esa tarde era diferente. Ella no encajaba en ese conjunto de personas activas, yendo de un lado a otro con sus quehaceres, motivadas, entretenidas, alegres, incluso estresadas.
Chocaba con ellas constantemente, había tanta... Pero nada le importaba en ese momento. Se sentía tan idiota… utilizada y engañada… Como un juguete de usar y tirar, para ser sustituida por otro nuevo y mejor. No era la primera vez. Se preguntaba si iba a ser así siempre, si nunca conocería a un chico bueno de verdad.
Eran las típicas afirmaciones a las que se aferraban las chicas de su edad, el fin de un amorío suponía el fin del mundo. Podría decirse que todos los adolescentes eran absurdos por creer de verdad que el amor eterno se encontraba a los escasísimos 16 años de vida, en los que el humano se mueve más por los instintos básicos de la necesidad del momento que por la razón y por la conciencia real de lo que era la vida a lo largo del tiempo.
Pero no tenían culpa, no era más que otra reacción química programada en la genética dando como resultado unas expectativas demasiado altas echadas por tierra, como la risa resultada de algo gracioso. Es lo que diría un iris. Pero Cleven era humana y solamente le importaba cómo se sentía ahora, no el porqué.
El caso es… que su hartazgo no sólo era generado por su estado de rabia actual, típico de un corazón roto y pensando en lo decepcionantes que eran los chicos de su edad. Era la vida en general… decepcionándola día tras día en todos los ámbitos… Hasta la comida, una de las cosas que más amaba, cada vez tenía menos sabor.
Aún tenía las mejillas y los ojos húmedos, pero su expresión ya se había calmado, cansada de llorar. Inexpresivamente, miraba el suelo bajo sus pies, no era quién para ir con la cabeza alta. Paso a paso, descendió las escaleras del metro. Sólo quería irse a casa. Sólo quería dormir, para salir de aquel asqueroso mundo un rato.
Las puertas del vagón se cerraron y se sentó en el asiento, dejando que su mochila resbalase por su brazo y se posara en el suelo.
Por alguna razón, dirigió la mirada a su derecha, hacia el asiento vacío que tenía al lado. No supo por qué, pero en algún rincón de su ser deseó ver otra vez a aquel muchacho encapuchado de ayer. Sin embargo, una mujer ocupó ese lugar en ese preciso momento, y apartó la mirada con una nueva decepción. Indiferente, volvió a hundirse en sus pensamientos.
Se dio cuenta entonces de que ese chico, Kyosuke, a quien en el instituto llamaban Kyo, no lo había visto en todo el día de hoy. No había venido a clase. Sin embargo, ni siquiera tuvo ganas de preguntarse qué le habría pasado. Al fin y al cabo, su interés por las cosas de su alrededor se había evaporado.
“Luego no digas que no te lo advertí”. Su padre era un gafe, pensó. Y no era la primera vez que acertaba.
* * * * * *
Esa tarde, Yenkis se encontraba en su habitación, sentado en el suelo, rodeado de un amasijo de chatarra y trabajando ensimismadamente en su nuevo invento, aquel aparatito con forma de cubo hecho con diferentes piezas y materiales. Debía continuar haciéndole mejoras. Ya lo había probado el día anterior, pero, para su decepción, aunque su querido cubo llegó a encenderse y a conectarse al ordenador de su padre con éxito, no cumplió con ninguna función más. Al menos, el primer paso estaba logrado.
En una mano sujetaba un destornillador de punta minúscula, que en ese momento estaba usando con sumo cuidado para atornillar un tornillo diminuto en un pequeño circuito electrónico. Sobre la mesa de su cuarto reposaba un soldador, que había utilizado para fundir los pequeños sectores de estaño del circuito, unos tan juntos de otros y perfectamente predispuestos.
El mérito de esto es que Yenkis no se estaba ayudando de ningún libro ni de ningún tutorial de internet ni nada por el estilo. Era una experimentación propia que él se había empeñado en sacar adelante usando su propia cabeza, mediante el método de “prueba y error”. Él tenía una inexplicable facilidad para entender la lógica física, incluyendo la electrónica y la mecánica.
Lo único que sí estaba aplicando de otra fuente, era la programación de su aparato, es decir, lo que hacía que tuviera unas funciones, un modo de actuar, cuando se encendía y se conectaba a otro dispositivo. Para esto, había ido a la vitrina del sótano y se había hecho con algunos cuadernos antiguos de su madre donde ella creó algunos códigos de programación para dispositivos vinculantes, que era el tipo de dispositivo que Yenkis había fabricado. Pero le faltaba algún trozo de código en alguna parte, y sospechaba que tal vez se debía a que estaba intentando usar una programación antigua en unos dispositivos actuales más modernos. Pensó que en algún lado podía conseguir ese trozo faltante de código para que las funciones se cumplieran hasta el final.
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romance y humor, accion con poderes, sobrenatural y crimenes
Editado: 04.03.2026