Cleventine 1: Realidad y Ficción [parte 1: La Huida]

1x12. El camarero de ojos dorados

1º LIBRO – Realidad y Ficción

_PARTE 1: La huida_

12.

El camarero de ojos dorados

Abrió los ojos poco a poco mientras despertaba, tras un día entero inconsciente. Lo primero que sintió fue estar rodeado del agradable tacto de un calor abrasador. Se dio cuenta de que estaba tumbado sobre un futón, bajo dos gruesas mantas nórdicas, y a ambos lados tenía dos potentes radiadores apuntando hacia él, lo suficientemente separados para no quemar las mantas, pero casi. Un humano ahí en su lugar ya estaría hecho una barbacoa.

Kyo se incorporó hasta sentarse. Se vio que solamente estaba en ropa interior. Encontró el resto de su ropa tendida en una silla en una esquina de la pequeña habitación. Seguramente Xaviero la había puesto a secar durante el día de ayer cerca de los radiadores y, ya seca, la había apartado ahí.

Miró hacia la ventana. Empezaba a amanecer con un día algo nublado. Él también tenía la cabeza un poco nublada aún. No recordaba cómo o cuándo exactamente se quedó dormido o inconsciente. Lo que sí recordaba era haber llegado al menos hasta la casa de Xaviero. Y lo horrible que era sentir el frío y la nieve y la lluvia.

Fue a vestirse, pensando en esto. Hasta hace un año, cuando era humano, el frío, la lluvia o la nieve no solían gustarle, pero no le molestaban ni le afectaban tanto como ahora, de manera física y mental. Cuando uno se convertía en iris y desarrollaba el dominio de una materia natural o elemento, su propio cuerpo sufría transformaciones o cambios, adquiriendo las propias debilidades o fortalezas de su elemento.

Kyo ya no se podía quemar, ni estando envuelto en las llamas más salvajes de un incendio, ni siquiera tocando lava o materiales muy calientes; de hecho, le era vivificante y placentero. En cambio, el agua, especialmente fría, o la nieve o las cosas muy frías, le dolían, le quemaban o le debilitaban. Eso y los lugares con poco oxígeno, como una mina o la cima de una montaña.

Cuando terminó de vestirse, se acordó de repente de lo más importante. De la razón por la que estaba ahí. Sobresaltado, rebuscó en los bolsillos interiores de su parka, y en su mochila… El pergamino no estaba. No podía ser… ¿Cuándo lo había perdido? Juraría que al llegar ante la puerta de la casa de Xaviero lo estaba notando en el bolsillo interior de su abrigo mientras se abrazaba por el frío. ¿Lo había cogido su anfitrión?

Salió de aquella pequeña habitación corriendo. Estaba sin duda en una pequeña casa tradicional japonesa. No era lo que esperaba de alguien tan importante como Xaviero. Bajó las estrechas escaleras y miró por las estancias de la planta baja, hasta encontrar al susodicho en el salón, tranquilamente sentado en un sofá, en camiseta y pantalón de pijama, con los pies descalzos encima, sorbiendo una taza de té, mientras que en la otra mano sostenía una tableta digital muy fina, de la marca Hoteitsuba, en la que estaba revisando unos códigos de programación con sus gafas redondas.

Xaviero alzó la vista al verlo ahí en la puerta del salón y le hizo un leve gesto de saludo. Descifrando su cara preocupada, el hombre le sonrió con calma y alargó una mano al otro lado del reposabrazos, cogiendo de la mesilla que había al lado el pergamino enrollado y mostrándoselo.

Kyo se llevó una mano al pecho, dejando salir un suspiro de alivio, aunque no del todo.

—Magnífica reliquia me has traído, ragazzo. Te lo he estado vigilando.

—¿Lo ha abierto? Le aviso que no es seguro que lo haga…

—Naah, tranquilo. El poder de este pergamino es inútil en manos humanas —lo calmó al notarlo tan nervioso, y le tendió el objeto; Kyo se acercó y lo cogió—. Ya entiendo. Tus compañeros han puesto el pergamino a tu cargo como primera prueba de responsabilidad, como hacen todas las RS con sus novatos. Y por nada en el mundo los quieres defraudar. No te preocupes, sigue intacto, y yo además le tengo un profundo respeto a las obras de Denzel.

El muchacho comprobó que el grueso papel del pergamino no había adquirido más desperfectos. A pesar de que era un papel bastante resistente y grueso, y de color azulado, ya tenía los bordes un poco rotos y decolorados, pues fue hecho hace unos 300 años más o menos. Se cerraba con una anilla plana de metal en su centro con un cierre manual.

El compañero que se lo dio en el instituto el pasado jueves se lo dio con su correspondiente estuche, pero el viernes, durante su huida de sus perseguidores, en un intento de distraerlos, se deshizo del estuche haciéndoles creer que se le había caído. Lo encontraron vacío y reanudaron la persecución, pero al menos eso le dio algo de ventaja a Kyo.

—Señor Massimiliano, siento el inconveniente, he venido para pedirle un favor respecto a… —fue a decirle directamente, apresurado.

—Ssh, sh, sh —lo calló el otro con un gesto suave de la mano—. Primero, a reponer energías. Vamos, siéntate en esa butaca.

Kyo obedeció por educación. El hombre se levantó del sofá y fue a la cocina, ahí al lado, donde ya tenía algo caliente recién preparado en una cazuela, que después, usando manoplas, vertió en una taza. Se la llevó al chico.

—¿Te gusta el café, ragazzo?

—Eh… No mucho.

—Entonces habré acertado —se rio, sentándose de nuevo en el sofá y quitándose las manoplas.




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