Cleventine 1: Realidad y Ficción [parte 1: La Huida]

1x13. La cafetería

1º LIBRO – Realidad y Ficción

_PARTE 1: La huida_

13.

La cafetería

La chica de cabello corto, tras recibir las instrucciones de Yako, se metió tras la barra y después por una puerta que daba a la cocina. El chico de los pantalones de guerra ya estaba al otro lado de la barra y se estaba poniendo un delantal de color verde oscuro elegante con el logo dorado de Ya-Koffee, por encima de su ropa. Y el otro hombre, el moreno y robusto sin afeitar, se fue con el mismo delantal hacia la otra barra, tras las urnas de pasteles. Cleven perdió de vista a Yako sin previo aviso, y miró extrañada a su alrededor, girándose sobre su silla.

—Pronto esto estará lleno —apareció el susodicho justo al lado de ella, dándole un pequeño susto.

«Caray… O es muy veloz, o es muy silencioso, o las dos cosas juntas» pensó Cleven.

—No me extraña, este sitio es genial —le dijo entusiasmada—. Así que, ¿tus empleados son amigos cercanos también?

—Sí —contestó, sentándose en la silla frente a ella—. Ella, la chica, es MJ. Va a mi clase en la universidad, también tiene 21 años, nos conocemos desde que empezamos la carrera. De hecho, es de mis más queridas amigas. Tiene tanto talento para la cocina como para las leyes, es de las huma-… o sea, de las personas más inteligentes que conozco. —Cleven la observó entonces con interés—. Luego, el hombre que no se ha afeitado es Kain Bounty, lo conozco desde que se presentó aquí buscando trabajo hace un par de años para costearse su carrera de Turismo. Tiene 27 años, y es muy majo. Un poco bruto, pero guasón.

—Mm… habla con un acento extranjero —comentó Cleven, que ahora observaba a Kain.

—Lo es —afirmó Yako—. Es de Nueva Zelanda, vive aquí desde que comenzó su carrera.

—Vaya —se sorprendió Cleven—. De Nueva Zelanda…

—Y luego está… —continuó Yako.

Pero Cleven se dio un pequeño susto, otra vez, cuando descubrió de repente que el chico que iba tan abrigado y camuflado estaba justo a su otro lado, sujetando un boli y una libreta, muy quieto. «¡Otro que brota de la nada!» pensó la joven, devolviendo el corazón a su sitio.

—Samuel —terminó de decir Yako, señalándolo—. ¿Qué tal, Sammy? No te sienta bien madrugar.

—Ni tampoco esperar —dijo irónico, con un tono indiferente.

—Vale, vale, prometo que jamás volveré a llegar tarde —se excusó Yako.

—¿Será esta la décima y definitiva promesa?

—No seas malo… —sollozó Yako, que sin previo aviso volvía a tener esa cara llena de pena y desolación tan graciosa.

Cleven se rio un poco, entretenida con esa escena entre ambos. Pero se hizo un silencio muy pesado ahí. Confusa, miró a Yako, que volvía a estar tan contento. Y luego miró a Samuel, que seguía ahí sujetando su boli y su libreta, con la capucha puesta y la braga de nieve tapándole entero, que ni siquiera se le veía el blanco de los ojos. Entonces se percató. «¡Ostras, que lo decía también por mí!». Se dio cuenta de que el chico llevaba todo el rato esperando su pedido.

—¡Ah, sí, lo siento! —saltó, cogiendo el cartelito plastificado de la mesa y echó un rápido vistazo. Pero le dio algo de reparo, y miró a Yako tímidamente.

—No. Ni se te ocurra pensar en los precios. Te dije que yo te invitaba a desayunar lo que quisieras, así que pide todo lo que quieras. Hoy es tu primer desayuno, y sea cual sea, el primer desayuno es gratis —sonrió Yako.

Cleven lo miró enormemente agradecida otra vez y le indicó a Samuel lo que quería, el cual lo apuntó en la libreta, y, sin más, dio media vuelta y se fue. Cleven tenía un nudo en la garganta, y miró a Yako una vez más.

—Lo sé —se rio este, adivinando sus pensamientos de nuevo—. Sam es un chico algo raro, muy callado, y tan discreto que a veces no nos damos cuenta de que está ahí. A muchos clientes les gusta ese tipo de servicio, directo, pocas palabras y breve. Pero es una persona muy buena. Es como un hermano para mí.

—¿Por qué va tan camuflado?

—No le gusta mucho el frío, aunque sí la lluvia. Es de Entebbe, Uganda. Es más de clima tropical. El invierno de Tokio es duro para él. Tiene 17 años y va a tu mismo instituto, ¿nunca lo has visto antes por ahí? —Cleven abrió la boca para decir la obviedad de que le era imposible saberlo si ahora iba tan tapado que no se le veía ni la nariz, pero Yako cayó enseguida—. Hahah… ya, no, era una pregunta tonta.

—Guau, aquí hay gente de dos puntos opuestos del mundo —sonrió emocionada—. Con una de mis mejores amigas y cierto idiota del instituto, ya conozco a cuatro extranjeros.

—¿Yo no cuento?

—¿Eh?

—Soy chino. De una región… cercana a Pekín —dudó por un segundo.

—¡Ah, qué guay! ¿Cuánto hace que vives en Tokio?

—Mmm… bueno, desde muy pequeño he estado yendo y viniendo, entre Tokio y mi lugar natal… Es que aquí tengo muchos amigos, que son muy cercanos incluso de mi padre, de antes de nacer yo. ¿Y tú? ¿Eres extranjera también?

—Sé que lo parezco, pero no. Nací aquí, lo que pasa es que mi padre es occidental, y mi madre de aquí, y…




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