Cleventine 1: Realidad y Ficción [parte 1: La Huida]

1x15. Hablar más de la cuenta

1º LIBRO – Realidad y Ficción

_PARTE 1: La huida_

15.

Hablar más de la cuenta

Llegó el mediodía, y esta vez Cleven había conseguido convencer al hombre de hielo para que comiese algo con ella. Aunque le había costado.

—No.

—Venga, no seas así —insistió Cleven cuando se detuvieron en un cruce—. Vamos a comer algo.

—¿Qué te hace pensar que quiero comer contigo? —replicó de mala gana.

—Es lo menos que puedo hacer por haberte molestado en enseñarme la zona. Así que yo invito, y esta vez te lo vas a comer. No me hagas sentir culpable. Venga...

—Que no.

—Vaya… —Cleven fingió una cara apenada—. Pues… cuando vuelva a ir a la cafetería de Yako un día de estos y me pregunte qué tal me fue contigo… tendré que decirle que me siento muy triste y culpable porque no he logrado pagarle el favor a mi amable guía por su noble sacrificio de ayudarme.

Raijin se la quedó mirando sin pestañear, inmóvil. «Me está manipulando descaradamente esta humana. Pero… por otra parte…». El rubio se imaginó, de hecho, la indudable reacción que Yako tendría si Cleven le decía eso, y efectivamente su amigo se iba a poner insoportable reprochándole por qué no había dejado que Cleven lo invitara a comer para que así ella se sintiera tranquila con su deuda saldada y por qué era tan terco con la gente y por qué no intentaba abrirse un poco más a la gente y…

—Comemos y se acabó —dijo Raijin finalmente.

Cleven abrió una sonrisa en su cara tan grande y tan feliz que parecía una demente. Lo arrastró entonces hacia unas mesas que estaban dispuestas al aire libre, en la calle, de un restaurante Fridays.

Sentados uno frente al otro, Raijin mirando a otra parte con desgana, con la cabeza apoyada en una mano y Cleven echándole kétchup a sus patatas, el móvil de la joven comenzó a vibrar por fin. Cleven se sobresaltó y lo sacó del bolsillo por debajo de la mesa, a la vez que se metía en la boca un par de patatas. Vio que se trataba de Raven.

Era de esperar que alguna de sus amigas la llamase tarde o temprano, seguramente para quedar. Sin embargo, Cleven decidió no coger la llamada, pues ello conllevaría explicarle dónde estaba y lo que estaba haciendo, lo de sus planes de vivir con su tío. Ella prefería hablarlo con ella y con Nakuru personalmente, a solas, y no por teléfono, mucho menos delante de Raijin. Confiaba en que ninguna de las dos llamase a su casa. Cleven ya les había dicho que siempre la llamasen al móvil, así que se tranquilizó, sabiendo que a su casa no iban a llamar.

Colgó la llamada de Raven, dándole la señal de que ahora no podía hablar, y volvió con su comida. Vio que Raijin no había tocado su plato, seguía mirando la lejanía, con la cabeza apoyada en la mano.

—¿Me vas a decir que no tienes hambre? —preguntó Cleven, frunciendo el ceño—. Venga ya, deja de ser así.

Raijin le lanzó una mirada cansada y, dejando caer la mano sobre la mesa e incorporándose en su silla, comenzó a comer en silencio, sin entusiasmo alguno. Cleven quiso sacarle conversación, y esperó que no le costase demasiado esfuerzo.

No obstante, de pronto vieron a un niño pequeño junto a su mesa, que los miraba con inocencia. Había muchos niños pequeños en la terraza, algunos comiendo con sus padres y otros jugando en un recinto infantil cerca de allí. Pero ese niño, que no debía tener más de cuatro años, se había parado al lado de ellos y los miraba sin razón alguna, con un moco colgando. A Cleven le hizo gracia esa cara tan inocente y boba, por eso le sonrió y lo saludó con la mano alegremente. El niño también sonrió, pero cuando miró a Raijin, este le dirigió una mirada ultracongelante y terrorífica, o al menos así es como el pobre muchacho la interpretó, porque además le pareció ver por un instante que uno de sus ojos brilló de una luz amarilla.

Eso fue bastante como para que el pequeño saliese corriendo muerto de miedo y llorando, volviendo a la mesa donde estaban sus padres.

—¿Pero qué...? —se enfadó Cleven—. ¡Qué cruel! ¿¡Por qué lo has asustado!?

—Se ha asustado él solo.

—¡No me extraña! Si lo miras como si lo fueras a morder. ¿Por qué no has sido más suave con él?

—No me gustan los niños —siguió comiendo tranquilamente.

—¿Por qué? ¿Porque suelen ser alegres y eso choca con tu naturaleza?

—Porque no hacen más que dar gritos, romper y mancharlo todo.

—Jo, entonces tú no vas a tener hijos nunca. Pobres de ellos, si los llegas a tener —bufó, volviendo con su hamburguesa—. Bueno, ¿tienes hermanos? —preguntó cambiando de tema.

Él no contestó.

—¿Vives solo?

Él no contestó.

—¿Te has criado aquí toda la vida?

Silencio.

—¡Venga ya, échame una mano!

—¿Qué es lo que pretendes? —saltó él.

—Sólo intento entablar una conversación contigo.

—Pues yo no, así que déjame comer en paz.




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