Cleventine 1: Realidad y Ficción [parte 1: La Huida]

1x19. Un chico raro

1º LIBRO – Realidad y Ficción

_PARTE 1: La huida_

19.

Un chico raro

Mientras tanto, en otro punto de la ciudad...

—... junto con los hidrocarburos y los demás elementos que he mencionado antes, se obtendrá la sustancia requerida para la mezcla química que os piden en la página... —comentaba el viejo profesor dibujando en la enorme pizarra un complicado esquema de moléculas.

Los alumnos de la facultad de Medicina, sentados en sus pupitres escalonados, apuntaban aplicadamente todo lo que oían, en silencio. Todos aquellos jóvenes mostraban una postura disciplinada y atenta, llena de respeto. Las aulas de la universidad podían abarcar más de cuarenta personas, lo que para un profesor resultaría difícil controlar las malas conductas, no obstante, con aquel profesor nadie se atrevía a hacer nada que pudiera mosquearle.

Nadie excepto un alumno, sentado en una fila del fondo, tendido sobre la mesa y durmiendo profundamente. Las dos personas que estaban a ambos lados del chico lo miraban con inquietud, no por el hecho de que si lo pillaba el profesor podían correr peligro de ser golpeados por una tiza mortal, sino porque hasta durmiendo ese chico emitía un frío aterrador. Les daba miedo, pues ya lo conocían estando despierto, y tenían mucho cuidado de no despertarlo, por si acaso.

Sin embargo, el profesor no pasó eso por alto. Detuvo su charla y le clavó una mirada fiera al joven durmiente. Rechinando los dientes, el viejo se dirigió hacia su mesa y sacó de un cajón una cajita de madera donde había un puñado de tizas gordas. Eran las tizas de lanzamiento. Los alumnos, al ver lo que iba a pasar, se mostraron nerviosos, preguntándose quién iba a ser la víctima por tercera vez en aquella clase de dos horas con ese profesor. Sí, ya había hecho uso de las tizas de lanzamiento dos veces en esa mañana, hacia la misma persona, y dadas las expectativas, la tercera vez tenía el mismo objetivo.

El viejo y menudo profesor se puso en el centro y, apuntando con presteza, lanzó la gorda tiza blanca hacia el joven durmiente, la cual le dio en toda la cabeza. Todos comenzaron a temblar al ver de quién volvía a tratarse, y aún más cuando lo vieron levantar la cabeza lentamente de la mesa, desprendiendo un aura siniestra con la tiza que le había atacado en una mano.

—¡Usted, el rubio! —exclamó el profesor con reproche, apuntándolo con el dedo—. ¡Ya es la tercera vez que le tengo que llamar la atención de esta manera! ¡Aquí no se viene a dormir, joven!

El rubio, que en efecto era Raijin, tenía los ojos clavados en el hombre desde lo alto del aula, y el codo apoyado sobre la mesa, jugueteando con la tiza entre sus dedos. Sólo eso bastaba para que sus compañeros de clase se estremecieran, aunque el profesor permanecía autoritario.

—Váyase ahora mismo al despacho de la orientadora —le ordenó—. ¡Demonios, que ya no está usted en el parvulario! Debería darle vergüenza que tenga que castigarle como si esto fuera el instituto. ¡Vaya ahora mismo!

Raijin, como toda respuesta, apretujó la tiza hasta hacerla polvo en un segundo, y el compañero que tenía al lado se alejó de él unos centímetros, temeroso. Acto seguido se levantó de su sitio, bajó las escaleras y salió del aula después de seguir sintiendo la mirada de desaprobación del profesor.

¿Al despacho de la orientadora? Ay... ¿Cuántas veces lo habían enviado allí desde que empezó la universidad? Esta universidad era así de estricta, pero porque era la más prestigiosa del país y se encargaba de formar a jóvenes impecables en su profesión y también en la conducta ejemplar como ciudadanos modelo. Raijin, a pesar de tener unos modales japoneses perfectos, tenía claros problemas de conducta cuando la falta de sueño lo superaba, que era a menudo. Pero si seguía siendo alumno de esta universidad, era por su extraordinario expediente. Sus notas siempre eran las máximas.

Por eso, podía andar tranquilo y permitirse algunas libertades, como no ir al despacho de la orientadora y, en lugar de eso, salirse a los jardines exteriores que rodeaban el edificio principal, sentarse bajo la sombra de un árbol y echarse a dormir ahí.

Estaba demasiado cansado. Siempre estaba cansado. Tenía muchas responsabilidades, pero él estaba totalmente comprometido con ellas, y no sólo por decisión, sino que también lo tenía en la sangre, en el alma. Porque él había nacido diferente, y por muy duro que fuera cumplir con el deber, para él sería mucho más duro no cumplir con el deber.

* * * * * *

Por fin, el timbre sonó por todo el edificio, indicando el comienzo de la hora de descanso en el instituto. Al poco tiempo, Cleven, Nakuru y Raven ya se habían reunido en los bancos de la zona arbolada, donde estaba la valla que limitaba con el recinto del colegio. Nakuru debía irse la segunda media hora hacia otra reunión que tenía con los del periódico, y Raven también tenía una reunión con su club de moda.

Por ello, Cleven aprovechó la primera media hora para contarles un resumen de lo que había estado haciendo: lo de que se había ido de casa, lo de que estaba buscando a su tío con el que pensaba irse a vivir, y sobre todo...

—No os lo podéis imaginar, es un chico guapísimo, pero, desgraciadamente, nada simpático ni hablador. Tengo unas ganas de volver a verlo, aunque sólo fuese para llamarme “pelmaza” otra vez...




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