Cleventine 1: Realidad y Ficción [parte 1: La Huida]

1x21. Las heridas de la familia Lao

1º LIBRO – Realidad y Ficción

_PARTE 1: La huida_

21.

Las heridas de la familia Lao

Hana estaba sentada en una butaca del despacho de Neuval, con una taza de café en las manos. Neuval, en cambio, no paraba, ordenando papeles, buscando archivos en su ordenador, apuntando cosas, levantándose cada dos por tres de su silla para ir a revisar los informes predispuestos sobre una mesa junto a una estantería llena de libros y carpetas.

Hana lo observaba con detenimiento. Neuval tenía una cara de no haber pegado ojo en toda la noche y parecía un zombie nervioso. Por eso, ella en verdad estaba atenta, esperando a que metiera la pata. Y así fue. Hana vio que cogía uno de los dos montones de folios que había sobre su mesa para meterlos en la trituradora de papeles, y era el montón equivocado.

—¡Neuval, detente! —saltó como el rayo, haciéndole un placaje para evitar la destrucción de aquellos archivos en el último momento.

Por desgracia, estos papeles se desperdigaron por los aires, cubriendo la mitad de la amplia sala. Surgió un momento de silencio. Hana estaba abrazada a él, mientras que Neuval se había quedado con los brazos en alto y con una cara de infarto, hasta que el último folio se posó suavemente sobre el suelo.

—¡Pero bueno! ¿¡Se puede saber qué te pasa!? —estalló la mujer, era de esperar—. ¡Casi destruyes los archivos que contienen los prototipos! ¡Aún no están digitalizados! ¡Mira que eres torpe!

—¿Ein? —murmuró Neuval, despertando, y observó el estropicio—. Había tiempo de sobra hasta que apretase el botón, no hacía falta que te abalanzases de esa manera contra mí… jugadora de rugby…

Hana entornó los ojos con mosqueo. La verdad es que había sido bastante bruta, pero precisamente la auténtica Hana era así, solo que delante de la gente tenía que fingir ser más educada. Cuando una persona tenía un cierto origen, y uno del que no se enorgullecía, pues le costaba un poco desprenderse de ciertos rasgos una vez había entrado en una vida mejor y más decente. Lo que descubrió es que Neuval le estaba sonriendo en este instante, y era por esto. Era una sonrisa cálida.

Hana se sonrojó con vergüenza, sin borrar esa cara malhumorada, y se soltó de él enseguida para recobrar la compostura. Por su parte, Neuval recuperó su expresión taciturna mientras se recolocaba bien la corbata, y se puso a recoger las hojas en silencio. La mujer se agachó frente a él, pero no para ayudarlo exactamente. Le agarró una mano antes de que cogiese un folio, y él levantó la vista hacia ella con sobresalto.

—¿Qué es lo que te ocurre? —le preguntó seria.

Neuval miró hacia otro lado, dubitativo.

—Es… nada.

—Neuval.

—Es… es que Cleven todavía no ha dado señales. Ni siquiera sé dónde ha pasado la noche.

—Los dos estamos preocupados por eso desde ayer, pero sé que desde esta mañana tienes otra preocupación en la cabeza —le dijo, obligándolo a sostener la mirada—. No puedes ocultarme eso.

Neuval suspiró, cerrando los ojos un momento.

—Es solo que... siento que estoy perdiendo a Cleven del todo —lamentó. Hana relajó los músculos de su cara, adoptando la misma expresión apesadumbrada—. Ya perdí a Lex, yo tuve la culpa de eso, y no soportaría perder ahora a Cleven.

—Neu, no cargues con toda la culpa sobre lo de Lex —lo calmó, apretándole más la mano—. No sé de qué discutisteis exactamente hace siete años, nunca me lo has contado. Pero estoy segura de que en esa época pasasteis por tantos tormentos que era prácticamente imposible que todo permaneciera igual o de una pieza. Es obvio que la muerte de Ekaterina iba a romper algo fuera de vuestro control. Lex y tú no os separasteis, os separaron las circunstancias tan difíciles. No creo que tú le dijeras o le hicieras nada tan malo como para que él decidiera irse de casa y no hablarte más hasta ahora.

—Yo no estoy muy seguro de eso —murmuró para sí.

—Le dije a Misae que, si Cleven volvía hoy a casa mientras ella estaba cocinando y nosotros estamos trabajando, nos lo comunicase enseguida.

—Pero todavía no ha llamado. ¿Y si hoy Cleven ha ido al instituto? No sé si pasarme por ahí ahora y averiguarlo.

—No es mala idea —le sonrió—. Neu, yo me encargaré de tu papeleo entonces, sé a dónde hay que enviar cada informe. Y le diré a Lao que te sustituya en la próxima reunión.

Los dos se miraron, y se sonrieron. Desde que estaban juntos, hace tres años, el apoyo mutuo era lo que había sostenido sus vidas desmoronadas hasta ahora. Hana volvió a ruborizarse.

—Te sientes mal en parte porque crees estar defraudando a Ekaterina, ¿verdad? —le preguntó ella.

Neuval no contestó, pero Hana sabía que sí. Siempre que la mencionaba, Hana era muy respetuosa, hasta el punto de referirse a ella siempre por su nombre completo y formal, en lugar de por el diminutivo “Katya” como hacían los demás.

—No te preocupes, estoy segura de que Ekaterina comprendería tu situación. No es fácil, Neuval, yo lo sé, y lo sabría Ekaterina si te viera ahora. Lo estás haciendo lo mejor posible. Sé que no debe de ser nada fácil cuidar de tres hijos tú solo y al mismo tiempo ser responsable de miles de personas en todo el mundo que constituyen la gran familia de esta empresa. Por eso, yo quiero hacer lo que esté en mi mano para ayudarte. Tú me salvaste la vida y deseo devolverte el favor con todas mis fuerzas. Escucha, Neuval. Cleven es inmadura y rebelde, pero todos hemos sido así a esa edad.




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