1º LIBRO – Realidad y Ficción
_PARTE 1: La huida_
26.
Conversación secreta
Cleven vio a Raijin y a Yako sentarse en una mesa alejada, y se preguntó de qué iban a hablar. Su persistente manía de meterse donde no la llamaban estaba haciendo un poco de presión en ella. Tenía ganas de acercarse a aquella mesa a escondidas para escucharlos hablar.
Sin embargo, en ese momento volvió a abrirse la puerta del local, trayendo un viento helado del exterior hasta que se cerró de nuevo. Cleven se giró para mirar y por poco vuelve a echar batido por la nariz. Habían entrado nada más y nada menos que los famosos mellizos del barrio, que iban vestidos con sus pequeños uniformes del colegio, acompañados por una anciana y su bastón. «Hm... Entonces es verdad que estos dos vienen por aquí a menudo» pensó la joven.
—Agatha —oyó que Sam la llamaba desde la barra.
La anciana, con sus ojos siempre cerrados, se acercó entonces con los dos niños hacia él, poniéndose junto a Cleven.
—Hola, Samuel, querido —lo saludó—. Os dejo aquí a estos dos, que yo tengo que hacer recados, tengo prisa. ¿Está bien?
—Sin problema, como siempre.
Cleven siguió a la anciana con la mirada y la vio andar palpando un poco el suelo con el bastón, luego la puerta con la mano hasta que agarró el pomo, y se fue. «¡Oh! ¿Es ciega?».
—¡Señora chica mayor! —la sorprendió Clover.
Bajó la cabeza para mirarla. «Qué pequeñita es...» babeó, y al ver que la niña alzaba los brazos hacia ella pegando saltitos, comprendió que quería que la cogiese, y lo hizo al instante.
—Clover, ¿cómo te va? —le preguntó, apretujándola entre sus brazos como si fuese un oso de peluche.
—Oye, tú —intervino Daisuke, dándole tirones en el jersey y Cleven le clavó una mirada de mosqueo—. Esto es muy raro, siempre nos encontramos contigo.
—¿Y qué? —replicó con una mueca de pocos amigos.
—No tenemos dinero, que lo sepas —contestó con la misma mueca.
—¿¡Me ves cara de choriza o qué!? —saltó ella, lanzándole chispas.
Pero Daisuke ni se inmutó, la miró con su cara de “me caes gorda” que siempre le mostraba a todo el mundo, hasta que trepó por el taburete de al lado y se sentó.
—Sam, quiero pasteles —le ordenó el niño.
Sam lo observó sin hacer nada durante unos segundos, totalmente indiferente.
—Pues ve a pedírselos a Kain —contestó entonces.
Cleven se sintió algo incómoda al verlos ahí, mirándose el uno al otro en silencio, sin hacer nada. «¿Qué hacen?» se preguntó. Finalmente, el niño se bajó del taburete y se fue hacia la sección de pastelería, donde estaba Kain. Entonces Cleven miró a Sam, el cual estaba preparando algo detrás de la barra, hasta que sacó un plato con un pastelito y se lo tendió a Clover.
—¡Gracias! —sonrió la pequeña felizmente, dando saltitos sobre el regazo de Cleven.
—Esto... —musitó Cleven, confusa—. Conoces a estos dos, ¿no?
—Claro, vienen por aquí casi siempre —contestó Sam.
—Deduzco que a juzgar por lo que acabas de hacer, Dai no te cae bien y lo has mandado lejos aposta, y en cambio Clover te cae bien y ya le tenías un pastelito preparado.
—Deduces bien —se encogió de hombros, pasivo—. Me gusta cuando los clientes piden las cosas de forma clara y directa. Pero siempre que sea con respeto. A Daisuke le falta aprender un poco de eso.
Cleven se rio. Observó cómo el grandullón de Kain cogía en brazos a Daisuke y jugaba con él. El niño parecía estar encantado. «Dai es un niño muy gruñón, además de bruto, bruto como Kain. Por eso se llevan bien» caviló, mientras se terminaba lo que le quedaba de batido y le acariciaba el pelo a Clover, que estaba disfrutando con su pastel. «Y Clover es más simpática y dulce. Me pregunto qué tipo de personitas serán en realidad, si de esas que se muestran por fuera como son por dentro, o de esas que se muestran por fuera de una forma y por dentro son de otra diferente. Hmm… ¿Cómo serán sus padres?».
—Oye, Sam —lo llamó—. Dime, ¿estos niños están siempre con esa anciana?
—Casi siempre. Cuando nadie puede hacerse cargo de ellos nos los aparcan aquí hasta que se los llevan a casa.
—Nuestro papá es un hombre muy bueno —intervino Clover con la boca llena, mirando a Cleven tan contenta—. Trabaja mucho últimamente y por eso Agatha tiene que encargarse de nosotros cuando papá no puede. Yo le quiero mucho. ¿Tú quieres a tu papá?
—Ehe… mm… —titubeó Cleven; esa pregunta la había pillado por sorpresa, y pasó de responder.
Pensó, pues, en cómo debía de ser el padre de los mellizos. Se lo imaginó como un buen hombre responsable. Debía de ser muy paciente y quererlos mucho. Se preguntó entonces por qué su padre no podría haber hecho igual con ella y sus hermanos, en vez de acoplar a Hana en sus vidas. Para Cleven, Hana sobraba. ¿Para qué la necesitaban? Pero claro, Cleven no sabía que en realidad era Hana quien los necesitaba a ellos.
De repente Clover saltó de sus rodillas después de haberse comido su pastel y se fue a reunirse con su hermano rápidamente, para luego ir con él hacia donde estaban Yako y Raijin. Al acercarse a la mesa donde estaban sentados, vio que Yako los saludaba alegremente y les revolvía el pelo con cariño. Raijin, por el contrario, los miraba severamente.
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Editado: 04.03.2026