1º LIBRO – Realidad y Ficción
_PARTE 1: La huida_
28.
La masacre
—¿Freíros o… un paro cardiaco? Os doy a elegir —les dijo la mujer de la MRS.
—¿No sería una cosa consecuencia de la otra? —preguntó Drasik inocentemente, y Nakuru le dio un golpe en el brazo—. Ay.
En un último intento, ambos saltaron de la azotea, de regreso al callejón. Sin embargo, antes de poder llegar a la salida, la otra iris apareció delante en un parpadeo. Los dos se mantuvieron quietos, sin saber qué hacer, sin poder escapar por ningún lado. Fueran por donde fuesen, ella acabaría por alcanzarlos otra vez. Su elemento era por norma más letal y veloz que el de ellos.
A decir verdad, una ciudad era el terreno idóneo para los iris Suna, del tipo que era Nakuru; había arena, piedra, cemento y cristal por doquier, Nakuru podría derrumbar todos los edificios de la ciudad con un movimiento de sus manos sobre su oponente. Sin embargo, su oponente corría con la ventaja de ser un iris Den de nivel medio, el cual, aparte de poder moverse a la velocidad de la luz, la potencia de sus rayos podía hacer añicos la roca más grande.
Drasik, por su parte, podía tener la capacidad de desviar las descargas eléctricas porque su agua era una perfecta conductora, pero demasiada carga podía evaporarla. El cuerpo de cada iris funcionaba igual que su elemento, por eso una descarga eléctrica podía hacer más daño al cuerpo de Drasik que al de Nakuru. El fuego temía al agua y el agua temía al fuego; el viento avivaba al fuego, la arena anulaba a la electricidad, el agua ahogaba al viento, etcétera. Los iris, como personas, sentían o se comportaban como su elemento de una manera determinada frente a otros.
Pese a todo, Nakuru y Drasik tenían la orden de no entrar en un enfrentamiento, su misión era averiguar la localización de cada elemento de los enemigos y marcharse. A lo sumo no les quedaba otra que defenderse, pero como se ha dicho, contra una Den de nivel medio lo tenían imposible.
—Se terminó el tiempo, me habéis hartado —gruñó la mujer, alzando las manos sobre su cabeza.
«Ya está, se acabó» pensó Nakuru, viéndolo todo perdido cuando la otra comenzó a remover los electrones del aire, generando pequeñas cargas eléctricas cada vez más intensas, con su ojo izquierdo brillando de aquella luz amarilla en mitad de la oscuridad del callejón.
—¡Morded el polvo!
Nakuru cerró los ojos al ver lo que se les venía encima. Sintió que su mente se quedaba en blanco por un instante, pero después sintió cómo Drasik la abrazó para protegerla, tan fuerte que le cortaba la respiración. Seguidamente, se oyó un estruendo que los hizo retumbar, pero ninguno recibió el ataque que esperaban. No obstante, permanecieron con los ojos cerrados fuertemente, abrazados, paralizados. Ambos notaron la onda expansiva que causó una explosión que casi los tiró al suelo; después, una ráfaga de viento ardiente y, por último, humo, mucho humo metiéndose en sus pulmones.
Entreabrieron los ojos para ver qué había pasado, tosiendo, pero se vieron obligados a volver a cerrarlos por culpa de la humareda. Drasik guio a ciegas a su compañera hacia alguna vía de escape, sabiendo que tarde o temprano caerían ahogados. Pero debido a las prisas, tuvo que arrastrarla a empujones, ya que ella parecía haber recibido un mayor impacto en los tímpanos y estaba aturdida.
Inesperadamente, alguien agarró el cuello de la chaqueta de Drasik y lo empujó rápidamente fuera de la humareda, llevando a Nakuru consigo. La mano que sujetaba a Drasik lo apartó de sopetón de la muchacha una vez fuera de la humareda, y lo lanzó a un lado.
—¡Uagh! —exclamó Drasik al impactar contra la calzada, derrapando el trasero hasta chocar con un coche, y ahí se quedó—. ¿¡Pero qué...!?
Al levantar la mirada, se quedó perplejo ante la repentina y oportuna aparición del viejo Lao, el cual tenía a Nakuru sujeta en brazos, medio inconsciente.
—¿¡Kajin-san!? —chilló Drasik con voz afónica, y tosió varias veces mientras se ponía en pie con dificultad, apoyándose contra el capó del coche—. ¡Cogf, cuagf, agh...! ¿¡Pero... qué... cogf... haces tú aquí!?
—Pasaba por aquí... y os he visto un poco en apuros.
—Un poco —farfulló Drasik, recuperando el aliento, y le clavó la mirada—. ¡No tenías por qué haberme lanzado contra el suelo, Kajin-san!
—¡Lo he hecho para espabilarte, estabas zarandeando a tu compañera! —le espetó el viejo seriamente—. Creía que el Líder te dejó bien claro que no perdieras el control de ti mismo. ¡Compórtate como un iris, dueño de tus emociones!
—¡Estaba perfectamente! —replicó—. ¡Estaba protegiendo a Nak y sacándonos a ambos de la humareda, no estaba peleándome con nadie, así que no estaba perdiendo el...!
Se calló al ver que Nakuru volvía en sí y abría los ojos, algo mareada. Lo primero que vio la chica fueron unos viejos ojos negros mirándola con una sonrisa tranquila, y un rostro familiar con barba corta y pelo blanco.
—Buenos días, jovencita —le dijo Lao con voz cantarina.
—Madre mía, Lao… —agonizó Nakuru, tosiendo un poco mientras él la dejaba de nuevo con los pies en el suelo—. No podías haber moderado un poco las explosiones…
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Editado: 04.03.2026