Cleventine 1: Realidad y Ficción [parte 1: La Huida]

1x29. La discoteca

1º LIBRO – Realidad y Ficción

_PARTE 1: La huida_

29.

La discoteca

Cleven entró en su habitación del hotel y se dejó caer sobre la cama, dando un bostezo de aburrimiento. No sabía qué hacer. Mañana no había clase y la noche aún era joven.

Echó un vistazo a su móvil. Ya había acumulado 33 llamadas de su padre desde ayer hasta hoy. Hace unas horas había dejado de insistir. «Qué raro» pensó Cleven, «Conociendo a papá, todavía me seguiría llamando al móvil por lo menos dos veces cada hora. Se habrá cansado. Pero mejor que papá no me llame más, que no voy a responder».

Ladeó la cabeza y observó durante un rato el teléfono de la mesilla de noche. Justo al lado estaba la guía abierta en la página donde estaba el supuesto número de su tío. Dio un suspiro y cogió el teléfono para volver a llamar. Tras unos segundos, oyó de nuevo la voz del contestador, y colgó. «Pero bueno, ¿es que este hombre nunca está en casa?» se preguntó molesta. «¿Será que trabaja a estas horas? A este paso no daré con él en la vida. ¿Y no podría haber alguien más en su casa para coger el teléfono? Hmm… ¿Vivirá solo, pues?».

Estuvo un rato dándole vueltas a esas hipótesis, hasta que se cansó y decidió volver a salir para dar una vuelta. «De todas formas, voy a ir mañana a la dirección que conseguí en el instituto. Con suerte, podré verlo en persona».

Tras media hora caminando por las calles en mitad de la noche y de la gente, optó por llamar a Nakuru, ya que Raven ya debía de estar volando a San Francisco. Se detuvo a sentarse en un banco a la luz de una farola y sacó el móvil. Llamó a su amiga, pero no obtuvo respuesta. Se quedó varios minutos esperando, distrayéndose con las cosas de la calle. Volvió a llamarla. No contestaba. Le escribió un mensaje. Esperó otros quince minutos.

Cleven acabó por guardar el móvil y desistir. «Jo, pero ¿qué estará haciendo Nakuru?» pensó. «No creo que esté tan ocupada como para no responder». Se levantó del banco y siguió caminando durante un rato. Llegó a una de las zonas de la ciudad donde había más ocio nocturno, bastante lejos de su hotel. Veía a la gente entrando y saliendo de los locales y de los pubs, y sintió una envidia tremenda. Deseó ser mayor de edad para poder entrar en algún sitio de esos, pero hasta los 20 le quedaban cuatro años.

La calle en la que estaba era muy larga, y toda llena de locales y discotecas. Se oían mezclas de música provenientes de los distintos lugares además de las voces que emitían los paseantes en pandilla. Cleven nunca se había sentido tan sola.

Echó un último vistazo alrededor y, metiéndose las manos en los bolsillos del abrigo, optó por dar media vuelta y…

—¡Hey! —exclamó de pronto, entornando los ojos hacia lo lejos—. ¡Son ellos!

Vio un poco más allá, entre la gente que caminaba por la calle, a Yako y a Raijin. Estaban en la puerta de un local que, por la pinta de su gran cartel de neón, debía de ser enorme, lujoso y muy popular, ya que había mucha gente entrando allí. Yako y Raijin, a la puerta de este sitio, estaban hablando con el guardia de seguridad, que era un hombre el doble de grande que una persona normal, musculoso y calvo, con unas gafas de sol puestas y aire poco amistoso.

«¿Por qué llevarán gafas de sol si es de noche?» pensó la joven, pero sacudió la cabeza para volver al tema importante. «¿Qué hacen allí esos dos?». Se acercó más a ellos con cautela, escondiéndose tras el tronco de un árbol de la acera y se quedó observando, ya que a esa distancia y con el barullo que había no podía oírlos bien. «Parecen tener problemas». Por si acaso, ya que tenía el móvil a mano, comenzó a grabarlos en vídeo.

—Venga, señor, déjelo entrar —le pedía simpáticamente Yako al guardia.

—He dicho que no —terció el hombre severamente, mientras desenganchaba un momento la cadena de la puerta para dejar pasar dentro del local a una pareja—. Tú sí puedes entrar, pero tu amigo no —miró a Raijin con autoridad—. Es menor de edad. Algunos locales se reservan el derecho de prolongar la edad mínima para beber alcohol a partir de los 21 años. ¿Sabes cuántos jóvenes vienen a estos locales recién cumplidos los 20 como si de repente tuvieran libertad para excederse y desmadrarse y mostrar un comportamiento absolutamente inaceptable?

—Mi amigo cumple 21 dentro de tres meses nada más —insistía Yako, y agarró a Raijin de los hombros y juntó su cara con la de él para dar pena, mirando con ojos suplicantes al guardia—. Ni siquiera vamos a consumir alcohol…

—¿¡Y para qué venís a este local entonces!? —se impacientó el guardia.

—Para… —Yako cuidó las palabras—… ¿beber refrescos?

Yob tvoyu mat’, Yako, ¡que nos dejas sin misión! —le reprimió Raijin a su amigo en voz baja.

—¡Sabes lo que me cuesta mentir!

El guardia los estaba mirando con una mueca claramente desaprobatoria, pensando que tenía a dos niños ingenuos delante.

—Largaos… de… aquí.

Yako dio un suspiro, rindiéndose, y miró a su amigo para ver qué hacían ahora. Raijin no le había quitado la vista de encima al guardia, analizándolo como él bien sabía hacer, hasta que cerró los ojos y también suspiró.

—Adiós a las deportivas nuevas que quería comprarme… —farfulló, sacando de su bolsillo la billetera y le tendió al guardia un taquito de billetes de yenes.




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