1º LIBRO – Realidad y Ficción
_PARTE 1: La huida_
31.
Kiyomaro
Yako estaba haciendo lo posible por pasar entre la masa de gente de la pista de baile de la zona VIP, que no paraba de dar saltos y moverse de aquí para allá, mientras buscaba a Kiyomaro, mirando por todas partes.
Pensó que había más posibilidades de encontrarlo en esta zona más privada de la discoteca porque era donde solían estar los ricos, tanto legales como ilegales, tanto empresarios como traficantes, y Kiyomaro era el lacayo por excelencia de este tipo de gente.
Era el único tipo de lugar de la ciudad donde se mezclaban los humanos buenos y los malos como si no pasara nada. Más que nada, porque los primeros solían ignorar que los segundos estaban entre ellos. Sobre todo, donde delincuentes y mafiosos de la Yakuza disfrutaban de su ocio y de sus negocios al mismo tiempo con total libertad, sin policías, impunes. Discotecas así donde se movía mucho dinero eran un lugar seguro para actividades criminales. Se supone que era trabajo de la policía investigar este tipo de actividades y este tipo de lugares y cazar a los criminales, pero, aunque sí lo lograban en otros sitios y otras situaciones, siempre quedaba algún lugar donde el tren de los negocios turbios seguía en marcha. Entonces, aquí era donde los iris trabajaban, en aquello donde la policía humana común no podía llegar o que no podía resolver adecuadamente.
Yako y los demás iris de Tokio ya tenían este lugar fichado, sabían qué mafiosos y traficantes se guarecían aquí y lo que hacían en la clandestinidad, drogas y prostitución básicamente. Sin embargo, era trabajo de Alvion, el jefe de la Asociación, investigar primero los primeros datos y posibilidades de actuar al respecto, y así elaborar una misión con un objetivo concreto, y era decisión de él a qué RS encomendarle esta misión.
Por eso, Yako y sus compañeros de la KRS no podían hacer nada contra la actividad criminal que se cocía en el Gesshoku ahora, porque Alvion seguramente le iba a encargar eso a otra RS algún día, así que no era asunto ni de Raijin ni de Yako ocuparse ahora de eso, por mucho que a Yako se le estuvieran revolviendo las tripas en este momento, estando bajo el mismo techo que humanos despreciables y no hacer nada al respecto.
Apestaba a energía Yin por toda la zona. Ahí debía de haber casi un centenar de humanos malos. Yako se estaba mareando por ese olor. Pero no era un olor real, del que se captaba con la nariz; era una forma de interpretarlo, porque los seres como Yako percibían la energía Yin similar a olfatearlo, pero, en lugar de con la nariz, lo sentían con la mente.
«Debería haberle dejado a Raijin esta zona» pensó. Se paró ahí en mitad para descansar un poco, mirando por encima de las cabezas de la gente, agobiado. Repentinamente, notó que alguien le daba una palmada en el trasero, y miró sobresaltado a la mujer que estaba tras él.
—Hola, guapo —le sonrió esta—. ¿Vienes solo?
—Ehm… —sonrió Yako, nervioso, pero otra mujer le sorprendió por la espalda.
—Qué alto y esbelto… ¿Cómo te llamas?
—Yo… —titubeó, viéndose rodeado entre ambas.
—Hmm… —murmuró la recién aparecida, analizando a Yako—. ¿Eres coreano?
—Pues…
—No, Kazumi —le dijo la otra—. Seguro que es chino.
—Oh, sí —asintió la segunda, deslizando sus manos por el torso del joven—. Eres precioso. Aunque… —entornó los ojos—. Tiene algo occidental…
—Disculpen, señoritas, pero tengo que… —intentó excusarse Yako.
—¿A que lo adivino? —insistió la otra, y se acercó lo máximo que pudo a su rostro, o lo intentó, porque Yako le sacaba una cabeza y media y ni con tacones altos ella lo alcanzaba—. Plaisir… Pleasure… Vergnügen… Prazer… Piacere… ¡Ajá! —lo señaló—. Tus cejas se han levantado ahí… Dime, cara de ángel, ¿eres medio italiano?
—Hala… Es usted buena —se sorprendió Yako.
—Años de práctica sacando secretos y otra cosas del cuerpo de los hombres —sonrió ella, haciéndole caricias en la barbilla con un dedo.
—Bueno… De verdad, discúlpenme, tengo que irme a….
—Oh, nunca he probado a un ítalo-chino —caviló la otra mujer con interés—. ¿Qué tienes, 20, 21 años? Eres un niño todavía, qué ricura… —le acarició la barbilla con el dedo, imitando a la otra.
—Yo lo he visto antes —protestó esta, apartando a su compañera y abrazando a Yako.
—Socorro… —musitó el joven, intentando divisar una vía de escape.
—No seas tímido —le susurró la que le abrazaba, mientras la otra intentaba hacerse hueco.
—Baila conmigo —le pidió la otra, tirándole de un brazo.
—¡No, bailará conmigo! —saltó la otra, tirando de su otro brazo.
—Raijin… —sollozó Yako, viéndose a sí mismo salir del Gesshoku partido por la mitad.
—Chicas, chicas —apareció de pronto un hombre bajito de entre la gente, abriéndose paso con brusquedad, y cogió a cada una de cada brazo con la misma brusquedad—. Os he dicho que no os alejaseis, Ojisan os quería ver en el despacho hace cinco minutos para daros el nuevo itinerario. ¡Ganaos el sueldo!
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Editado: 04.03.2026