Cleventine 1: Realidad y Ficción [parte 1: La Huida]

1x32. El nuevo Ichi

1º LIBRO – Realidad y Ficción

_PARTE 1: La huida_

32.

El nuevo Ichi

—Chico… ¡Chico! ¡Despierta! ¡Hey!

Kyo abrió los ojos poco a poco al fin, la voz de aquella niña se le estaba clavando en los oídos. Lo primero que vio fue a la chica que le estaba meneando el hombro. Recordó entonces quién era ella, y dónde estaba.

Había estado desde ayer recorriendo unos 50 kilómetros hasta llegar por fin a la ciudad de Funabashi, una pequeña ciudad en la bahía dentro de la prefectura de Chiba, y ya cercana a Tokio. Entre desvíos y distracciones, para hacer que el Dobutsu de la MRS perdiera su rastro algunas horas, había podido permitirse unas horas de sueño en la madrugada en un bar de carretera, en medio de una autopista a las afueras de Funabashi, apartado de la urbe.

El dueño, que vivía ahí con su hija de 10 años, había sido muy amable y había aceptado su estancia allí durante la noche.

Se incorporó lenta y costosamente sobre el asiento donde se quedó dormido, y se sintió abatido. Un iris Ka solía tener una gran cantidad de energía durante mucho tiempo. El problema era el frío. Es como si le arrebatara el calor de sus entrañas sin piedad. Si le hubiera tocado lidiar con esta situación en verano, la MRS ya lo habría perdido bien lejos hace dos días.

Miró por el ventanal de su lado, escudriñando el exterior, pero todo parecía tranquilo ahí fuera. Estaba la autopista, y más allá unos campos de cultivo y árboles. Sobre un cable de un poste eléctrico, estaba posado un cuervo negro, que oteaba los alrededores. Ese cuervo le había estado siguiendo, era de Sam. Desde ahí tenía una amplia visión y, si estaba tranquilo, es porque no detectaba que se acercaran los iris de la MRS, a los que el ave ya sabía reconocer. Si echaba a volar, era señal de que ya venían.

Un poco más lejos, más allá de los campos, Kyo sabía que había un pequeño templo abandonado en mitad de un pequeño bosque, tras preguntarle anoche al dueño qué cosas había ahí por esa zona de Funabashi. Decidió que ese sería un lugar adecuado para dejarse alcanzar por los cuatro iris que le seguían. Lo iban a alcanzar de todos modos antes de llegar a Tokio, así que no quería que ocurriese en cualquier parte donde hubiera gente.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —preguntó la chica, dándole toquecitos en el hombro.

—Ah… —se sobresaltó, esbozando una sonrisa—. Perdona, ¿decías algo?

—Ayer nos pediste que te despertáramos al amanecer, cuando volviéramos a abrir —le dijo alegremente—. Acabamos de abrir. ¿Quieres desayunar?

—Ah… No, gracias, no tengo mucha hambre. Aunque… quizá un chocolate caliente...

—¡Enseguida! —saltó con ímpetu, dándole un susto, y se fue velozmente a la cocina tras la barra del bar.

Kyo observó a su alrededor. El local no era muy grande, pero era alargado y muy luminoso, pues uno de sus laterales entero era una larga cristalera continua. Él estaba en una de las mesas del lugar junto a las ventanas, y era el único que había allí además de un hombre vestido con un peto y con gorra, leyendo un periódico mientras tomaba un té, en la mesa del fondo. Era un granjero normal y corriente, por lo demás, todo estaba tranquilo.

De pronto se llevó la mano al pecho. Suspiró aliviado al sentir los dos rollos de pergamino en el bolsillo interior.

—Aquí tienes, un chocolate calentito —dijo la chica al acercarse a él con una taza, y se la dejó en la mesa—. Ten cuidado, ahora mismo está muy caliente, deja que se temple un poquito, no te vayas a quemar la lengua.

—Ah, tranquila —sonrió—. Muchas gracias.

—Chico, ¿has dormido bien? —le preguntó el dueño del lugar amablemente tras la barra, dirigiéndose a otra puerta que daba al almacén, portando unas cajas.

—Sí. Se lo agradezco.

—¿Cuándo te vas? ¿Te quedas durante la mañana?

—No, me iré en breves.

El hombre le sonrió y se perdió de vista, y su hija fue con él a ayudarlo. Kyo miró la taza humeante, olía muy bien. Realmente estaba muy caliente, recién hecho, y a cualquier otra persona le quemaría la lengua si tomara un sorbo ahora. Pero no a él. Para él, ese chocolate estaba templado. El granjero estaba de espaldas a él, por lo que cogió tranquilamente la taza de chocolate y, con sólo tocarla, al poco rato el líquido empezó a hervir ligeramente.

Mientras se lo bebía poco a poco, fue echando vistazos de vez en cuando al cuervo de fuera, comprobando que seguía ahí posado en los cables. El Dobutsu de la MRS podría estar usando también animales para buscar a Kyo. Se había hecho con su camiseta tras quitársela al robot de Xaviero, y con ella, podía dársela de muestra a perros callejeros para sumar más rastreadores. Pero eso sólo le servía en las zonas urbanas, que los perros no abandonaban, y si la presa se movía lenta o se paraba muchas veces. Con las aves de gran visión como los cuervos no podía contar tampoco porque no podía, sin más, decirle a un cuervo la descripción de una persona.

Un ave no podía razonar descripciones ni aunque el Dobutsu tratara de transmitírselas en su lenguaje. El lenguaje de los animales no funcionaba como el humano. El cuervo necesitaba aprendizaje visual, o una indicación muy básica asociando un sonido o palabra con algo visual para reconocer a alguien. Por ejemplo, ese cuervo de Sam que estaba ahí no iba a reconocer a los de la MRS como enemigos por su aspecto, sino por su comportamiento. El cuervo reconocía a Kyo porque ya había tratado con él y lo tenía visualmente localizado. Si veía a una o más personas acercándose a esa zona con actitud rastreadora típica de un depredador, el cuervo lo entendería como comportamiento hostil para Kyo y lo avisaría con graznidos y echando a volar. Por eso, no se alarmaba con los granjeros o las otras personas que pudieran rondar por ahí con actitud inofensiva.




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