Cleventine 1: Realidad y Ficción [parte 1: La Huida]

1x35. El cementerio

1º LIBRO – Realidad y Ficción

_PARTE 1: La huida_

35.

El cementerio

La tarde fue transcurriendo lentamente. Paseando por la arboleda del gran cementerio de Aoyama del distrito de Minato, vecino de Shibuya, comenzaban a caer copos de nieve que iban a desaparecer en el frío suelo de piedra. Era como si todo se hubiese calmado de repente, todo estaba silencioso, y se respiraba una paz inmensa. Cleven no supo si sólo era porque estaban ahí, o si el resto de la ciudad compartía esa tarde de armonía.

La verdad, ahora mismo debería estar yendo a la dirección que consiguió del instituto, para comprobar si su tío Brey seguía viviendo en ella y conocerlo de una vez por todas. Debería estar cumpliendo con el plan por el cual se había fugado de casa. Pero ¿cómo iba a rechazar una invitación del propio Raijin para acompañarlo a un lugar donde él tenía historia? Estar en el cementerio podía revelar nuevas cosas sobre él, y Cleven no podía resistirse.

Miró al frente, donde iba él en cabeza, en silencio. Todavía no podía creerse del todo que la hubiese invitado a acompañarlo a visitar a sus seres queridos, era como un extraño sueño. No lo de ver a los muertos, sino que él la quisiera a su lado para algo tan personal.

Cleven empezaba a ver en él nuevos aspectos que la desconcertaban tanto como la maravillaban. Se dio cuenta de que en el fondo él era una persona extraordinariamente buena, solo que el mundo había construido una coraza de soledad en su corazón, y por eso él tenía esa forma de ser con los demás. Puede que hiciera daño con sus palabras o su actitud, pero es porque no sabía cómo tratar con la gente normal, no lo hacía a sabiendas. Se protegía del colosal mar de sentimientos que inundaba al mundo, un mar que le superaba, que no alcanzaba a comprender y se había cansado de intentarlo.

Ella, llegada a este punto, sabía que ese chico había sufrido bastante y aún estaba cicatrizando. Empezó a pensar que tal vez sus palabras de la noche anterior, llenas de dureza, habían conseguido romper un poco esa coraza de hielo. Esperaba con todas sus fuerzas poder llegar a destruirla del todo algún día.

Entonces, se le vino la gran pregunta a la cabeza en ese momento. ¿Se estaba enamorando de él, o de su deseo de ayudarlo? ¿Se estaba enamorando de las pocas cosas que sabía de él, o de las muchas cosas que no sabía de él y aún eran un misterio? A estas cosas… ¿se las podía llamar “enamorarse”, para empezar? Por primera vez, Cleven se sintió confusa sobre sus propias intenciones con Raijin.

Tras varios minutos caminando, llegaron a la zona central del cementerio. Cleven observó aquello con admiración, era bastante acogedor. Cientos de blancas lápidas abarcaban las pequeñas colinas y llanos, hasta más allá. Había árboles por todas partes de hoja perenne que adornaban el lugar, acumulando en sus ramas mantos blancos, y varios mausoleos de lujo. Aún quedaban restos de las flores de los visitantes y había otras personas caminando por entre las lápidas.

—Oye... —la llamó Raijin con su tono apático, a unos metros por delante de ella.

Cleven se dio cuenta de que se había quedado atrás, y corrió apresurada hacia él, siguiéndolo hasta lo alto de una de las colinas.

—Creo que mi madre debe de estar por aquí —comentó Cleven, observando las lápidas al paso.

—¿Nunca la visitas?

—Yo... bueno... —se avergonzó—. No, desde hace varios años. Mi padre dejó de llevarnos a mí y a mis hermanos... mm...

—Ya, entiendo —dijo él.

—¿El qué entiendes? —preguntó Cleven.

—Que eso significa que tu padre no ha superado la muerte de tu madre, es evidente.

Cleven se quedó algo acongojada al oír eso. La verdad es que nunca había reparado en ello; la verdad, en todos esos años nunca había prestado atención suficiente a su padre como para saber cómo se sentía.

—Bueno, ya la superará —supuso Cleven.

—¿Hace mucho que tu madre murió? —preguntó Raijin—. ¿Por lo menos hace más de cinco años?

—Sí, ¿por qué? ¿Qué quiere decir eso?

—Que entonces tu padre no va a superar esa muerte jamás. Pero fue hace más de cinco años, así que lo que tu padre sí puede lograr, es fingir ante los demás que sí lo ha superado.

Cleven se quedó callada y más abrumada, pensando en ello. Raijin tampoco dijo nada más. Los dos se detuvieron frente a una fila de lápidas en lo alto de la colina, bajo un enorme pino. Debía haber como unas dos docenas de lápidas, y varias de ellas estaban cubiertas por hiedras que tapaban los grabados del mármol y en su base reposaban flores ya marchitas.

—¿No traes flores? —preguntó Cleven, alzando la vista para mirarlo a los ojos.

—Me parece una estupidez. Los muertos no ven las flores, ni les importan. Además, acaban muriendo, marchitándose, es una ironía que no me agrada mucho.

—Pero no se trata de que los muertos las vean o las huelan, es un símbolo. Ya sabes, los humanos tenemos tradiciones y simbologías.

—Todas ellas carecen de lógica para mí, no hay un fin productivo o de utilidad en algo así —insistió Raijin sin variar lo más mínimo su tono impasible y serio.




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