Cleventine 1: Realidad y Ficción [parte 1: La Huida]

1x45. Peleas (2/3)

1º LIBRO – Realidad y Ficción

_PARTE 1: La huida_

45.

Peleas (2/3)

Ya entrada la noche, una figura se adentró en el jardín de la casa de los Vernoux. Anduvo hacia el porche y abrió la puerta con cuidado de no hacer ningún ruido. Todas las luces estaban apagadas y no se oía ni una mosca, así que, tras asegurarse de que no había nadie por el primer piso, subió al segundo con discreción.

Primero se fue a su habitación, y al abrir la puerta vio a Hana dormida en la cama, con el teléfono inalámbrico entre sus brazos. Neuval sonrió levemente y se acercó a ella, arrodillándose junto a la cama. Cogió el teléfono de sus manos y lo dejó sobre la mesilla. Seguidamente, le acarició el rostro y le dio un beso en la frente. Después de taparla bien con la manta, salió de la habitación y se fue a la de Yenkis. Lo vio ahí profundamente dormido en su cama, con los auriculares puestos y su guitarra reposando al lado. Volvió a sonreír, negando con la cabeza, y cerró la puerta.

Se quedó un momento quieto en el pasillo y dio un suspiro. Dirigió la mirada hacia la habitación del final, cuya puerta estaba abierta y se podía ver la cama de Cleven vacía. Bajó la cabeza, apesadumbrado. Entonces regresó al piso de abajo y caminó hacia su despacho para coger lo que necesitaba. Se iba a ir de allí unos días, o el tiempo que fuese necesario hasta que Alvion dejase de buscarlo o bien hasta que el tema del juicio quedase zanjado.

Lo último que quería era involucrar a Hana y a Yenkis en todo aquel lío en el que se había metido. Así que Neuval iba a quedarse en la casa de su madre. También podía ir a la de Lao, pero así era más fácil que Alvion lo encontrara, ya que Lao y Alvion se llevaban muy bien. Eran muy buenos amigos por la cantidad de años que Lao había trabajado para él, y Neuval tampoco quería poner a Lao en una situación incómoda con Alvion. Sí, la casa de su madre era la mejor opción, porque Ming Jie nunca permitiría la entrada de nadie en su casa que viniera para perjudicar o molestar a Neuval. Ella era su más fiel defensora, incluso ante el mismísimo Alvion Zou.

Al cruzar el pequeño vestíbulo, se paró frente a la puerta de su despacho y se fijó en que el papelito seguía pillado entre esta y el marco a cinco centímetros del suelo. Pero eso no era todo. Abrió la puerta y se metió dentro, y lo primero que hizo, más que nada por costumbre, fue mirar al suelo, justo debajo de una pequeña mesa sobre la cual había unos libros y unos papeles, pegada a la pared junto a la puerta. Al lado había una papelera, y entonces se agachó y la apartó.

—No puede ser... —resopló, y miró a un lado, entornando los ojos—. Yenkis...

Por supuesto que no iba a emplear un mecanismo de seguridad tan simple como lo del papelito, es más, este era para que quien quería entrar a escondidas reparase en él y sólo en él, y así pasaría desapercibido el segundo mecanismo.

Neuval era consciente de que su hijo pequeño era demasiado inteligente, lo cual era motivo de orgullo, pero a veces también era un gran fastidio. Antes solía programar a Hoti, la inteligencia artificial de Katya instala en su casa, para bloquear la puerta de su despacho y requerir una contraseña para entrar, pero hace unos pocos años Yenkis acabó averiguando el modo de manipular la configuración de Hoti, por mucho que Neuval le pusiera mecanismos. Por tanto, Yenkis llegó a ser capaz de entrar en su despacho una vez sin que Hoti se lo impidiera, de modo que usar a Hoti era inútil contra Yenkis. Lo mismo pasaba con cualquier otro mecanismo de cerradura.

Por eso, Neuval ya no la usaba para bloquear el acceso a su despacho. En vez de eso, instaló otro mecanismo de seguridad, más rudimentario, más mecánico y discreto, que ni Yenkis ni nadie pudiera evitar activar nada más abrir la puerta. Solo que, esta vez, no era para bloquear el acceso, sino para dejar una señal si alguien había entrado. Con esta forma, Neuval no quería impedir que Yenkis quebrantara la norma, sino saber cuándo y cuántas veces lo hacía. De ahí que hiciera, aparte, la trampa del papelito, lo suficientemente visible para que el niño la viera y pensara que era la única que había.

El mecanismo secreto estaba conectado a las bisagras de la puerta. Había montado un pequeño circuito eléctrico con un fino hilo de cobre, que conectaba las bisagras con un pequeño aparato oculto en un cajón de una de las estanterías. Al abrir la puerta, las bisagras giraban, reconectando el hilo de cobre cortado y cerrando así el circuito. El aparato tenía cinco diminutas bombillas, y se encendía una cada vez que la puerta había sido abierta. Ahora mismo, debería haber una encendida, de ahora mismo, de cuando él había abierto la puerta. Pero había dos luces encendidas, lo que indicaba que ese día la puerta del despacho se había abierto dos veces.

Hana por supuesto que estaba descartada como la causante, porque Neuval sabía que ella cumplía las normas de su casa y de la empresa a rajatabla. Ella era incapaz de hacer algo que pudiera defraudarlo. También, porque ella no habría vuelto a poner el papelito en su sitio; no lo habría visto ahí abajo, para empezar.

No había otro causante posible. Y Neuval ya se estaba masajeando las sienes, procurando estar calmado.

A ver, uno tenía que ser extremadamente iluso si pensaba que podía ser más listo que Neuval. Él no era famoso en la Asociación sólo porque tuviera el mayor nivel de poder demostrado en un iris. Esa sólo era una de las tres razones. La segunda razón, era porque él, ya de pequeño, había demostrado tener un cociente intelectual cercano o incluso igual al de los Zou. Era un genio de la Física y de la Tecnología, también políglota, y tenía una capacidad ilimitada de memoria eidética selectiva. Sabía cómo construir un avión, un barco, un cohete espacial, cualquier vehículo, ordenador, satélite, aparato, máquina, arma... con los ojos cerrados. Es más, todas las armas insólitas y aparatos de comunicación que usaba la Asociación eran de su marca, de su cabeza. La tercera razón de su fama era... por decirlo sutilmente... su peculiar personalidad. Su verdadera forma de ser, para ser exactos. Muy distinta a la de un serio empresario, o la de un padre disciplinado, o la de un ciudadano educado.




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