1º LIBRO – Realidad y Ficción
_PARTE 1: La huida_
46.
Peleas (3/3)
Kyo, al fin, había llegado al tramo de la autopista de la bahía que pasaba sobre el río Ara. Cruzó el puente con más calma para recuperar un poco el aliento. El aire a esas horas estaba helado y debía tener cuidado de mantener su calor corporal.
Los coches pasaban con normalidad. Comprobó aliviando que no había presencia policial. Debían de haberse desplazado a otra parte hace un rato, recibiendo de Kiyomaro el nuevo chivatazo falso. Tenía, sin duda, el resto del camino despejado. Ahora sólo le quedaban unos 13 kilómetros más hasta el distrito de Shibuya, hasta su casa.
Sin embargo, esta notando su cuerpo más pesado de lo normal, y algo de niebla en su mente. No sabía a qué se debía. En casa de Xaviero ya repuso energías, y en el bar de carretera había dormido pocas horas, pero suficientes para estar bien. Claro que… lo sucedido en ese bar no había sido revitalizador precisamente. Kyo seguía viendo algunos destellos cuando cerraba los párpados.
Tenía un aspecto horrible, ya se había dado cuenta de que iba a tener que comprarse otro uniforme para el instituto. Estaba deseando darse un baño con agua hirviendo y dormir en su cama. Había estado desde el viernes pasado, hace cinco días, corriendo de un lado a otro, huyendo de la MRS y preocupado por poner a salvo el pergamino a todas horas.
Cerca del final del camino, entornó los ojos para ver bien. Le pareció que había alguien allí, y cuando anduvo unos pasos más, pudo reconocer su cabello blanco. Él también lo había visto, pues había echado a correr hacia él. Cuando lo tuvo a dos pasos, lo primero que hizo el viejo Lao fue abrazarlo con todas sus fuerzas, levantándolo del suelo, de tal forma que Kyo creyó sentir que se le rompía una costilla.
—¡Sí, señor! ¡Sabía que todo saldría bien! —carcajeó Lao, dejándolo de nuevo en el suelo.
—Yo también me alegro de verte, abuelo Lian —sonrió Kyo—. Tengo el pergamino bien guardado, la verdad es que podría haber sido peor.
—¿A quién le importa el papel de culo ese? Estás bien, ¿verdad? —preguntó, cogiéndole la cabeza, los brazos, dándole la vuelta, examinándolo.
—Ya vale —protestó con paciencia—. Estoy perfectamente.
—Sólo pequeños rasguños y disfrazado de vagabundo, me conformo. ¿Cómo van Raijin y los demás?
—Deben de estar con el duelo todavía. Pero sé que podemos confiar en ellos.
Los dos permanecieron un rato en silencio, en el que Lao lo estuvo observando con una preocupación contenida, sin poder evitar recordar la discusión que tuvo con su madre Suzu, mientras el chico se ponía la bufanda sobre la cabeza para abrigarse las orejas.
—Kyo… —murmuró Lao—. Oye, ¿estás seguro de querer seguir metido en este trabajo?
—Claro —contestó con firmeza—. No me voy a echar atrás ahora, abuelo.
—Ten en cuenta todo lo que te espera —insistió—. Mucha gente preferiría tener una vida normal.
—Hah... —casi rio—. ¿Vida normal? ¿Qué es eso? Desde que nací, he crecido viéndote a ti y a Yousuke creando y controlando el fuego con vuestra mente y cuerpo, luchando contra criminales, salvando vidas, levantando camiones sobre vuestras cabezas o saltando veinte metros de altura.
—Pero ya no eres el espectador que observa al margen y libre de responsabilidades.
—Tienes razón. Ahora soy como tú y como You. Pero tener una "vida normal" se me hace una opción pequeña y aburrida cuando todo un mundo mucho más grande se abrió ante mí desde que tengo memoria. Convertirme en iris no es la razón por la que rechazo vivir en la normalidad y en la ignorancia, abuelo, sino ser un Lao. Y esto deberías saberlo ya.
—Tampoco te involucrabas demasiado en los asuntos de iris cuando eras humano —frunció el ceño.
—No hablaba de mí —sonrió.
—Ay, Dios mío... —entendió el viejo—. ¿Qué ha hecho tu hermana ahora?
—Tranquilo, desde que llegué del Monte hace unas semanas y me regalaste la Maître, me he pasado 24 horas al día oyéndola quejarse de lo injusto que es que no la dejes tener sus propias pistolas.
—¿¡Para qué quiere Mei Ling unas pistolas!?
—Está cansada de despellejarse los nudillos de tantos puñetazos que da a delincuentes callejeros cuando salva a alguien indefenso de ellos. Dice que, si tuviera dos pistolas enormes, solamente tendría que enseñarlas para ahuyentar en dos segundos a los delincuentes y ahorrarse los puñetazos.
—¡Dile a tu hermana por milésima vez que deje de hacer esas cosas por la calle, que eso es trabajo de los iris, no de los humanos!
—Ya sé. ¿Por qué no se lo dices tú en persona, por una vez?
—¿¡Estás loco!? ¡La última vez que se lo dije se pasó cuatro horas gritándome por haber herido su orgullo humano y su derecho humano de hacer lo que quiera con sus puños! ¡Y después, una semana sin hablarme! Que se lo diga yo la pone más frenética que si se lo dice otro. Mei Ling me da miedo...
—¿Entiendes ahora que los Lao somos así de espíritu, y no por el iris, y que no puedes hacer nada por evitarlo?
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Editado: 04.03.2026