Cleventine 1: Realidad y Ficción [parte 1: La Huida]

1x47. Enamorado de una muerta

1º LIBRO – Realidad y Ficción

_PARTE 1: La huida_

47.

Enamorado de una muerta

Bajando la misma calle por donde la pelea de Pipi acababa de concluir, Neuval se extrañó al oír la voz familiar de su amigo, lejana. Se acercó hacia el lugar de donde provenía y se paró en seco al encontrarse un aparcamiento entre unos edificios de oficinas dominado por una espesa niebla, que ya se estaba disipando sola.

Hubo un momento en el que pudo divisar a Pipi con los otros dos iris enemigos, los mismos que vio horas entes en la Torre Genki, noqueados en el suelo frente a él. «Vaya nochecita llevan... Como en los viejos tiempos» pensó Neuval, y decidió seguir su camino, pasando desapercibido.

No obstante, antes de dar el segundo paso, Neuval oyó el ruido del motor de un vehículo a unos metros más allá. Se dio la vuelta y vio que se trataba de una limusina. «¡Ahí va!» se sobresaltó. Reconoció enseguida la limusina negra de Alvion. Más que nada, porque había sido el propio Neuval quien había construido ese vehículo para Alvion. Aunque esto no era algo del otro mundo, ya que desde que Neuval y Lao crearon Hoteitsuba, la inmensa mayoría de armas, vehículos y tecnología que usaba la Asociación era la que ellos creaban.

Alvion no tenía ese vehículo tan lujoso para ir cómodo por la ciudad o para presumir de lo importante persona que era, como sería lógico pensar a primera vista. Usaba este tipo de limusina especialmente diseñada por Neuval sólo cuando visitaba las ciudades, porque era un vehículo muy espacioso e intencionadamente equipado para cubrir muchas necesidades, y aunque su visita se debiera a asuntos concretos como intentar localizar al escurridizo Neuval, Alvion solía aprovechar también para encontrar a gente desamparada o en problemas por las calles, y se las llevaba en su limusina para proporcionarles ayuda o protección. ¿Y la mansión que se había comprado para alojarse en Tokio esos días? No, no era para él solo.

Neuval optó por desaparecer de allí lo antes posible, lo último que quería era que ese viejo acabara viéndolo y pillándolo por fin, así que corrió calle abajo antes de que los faros de la limusina le delatasen.

Por suerte, ni Alvion, ni su chófer ni sus dos guardianes repararon en él, aunque Alvion ordenó que se detuviesen cuando pasaron al lado del aparcamiento. Observaron a Pipi y a otros de sus jóvenes compañeros que acababan de llegar ayudándolo a cargar con los dos iris de la MRS noqueados para dejarlos tirados en un lugar menos público, dando sonoras carcajadas de victoria.

—Aay... —suspiró Alvion con paciencia—. Sigue, vayámonos ya a la mansión, necesito dormir —le ordenó al conductor mientras se masajeaba las sienes—. Los iris de hoy en día… son como críos.

La limusina se fue del lugar en dirección a dicha mansión que Alvion tenía a las afueras de Tokio, y toda aquella zona de silenciosos edificios de oficinas quedó vacía y muda, revelando de vuelta el frío de la noche.

Una vez que Neuval se hubo alejado lo suficiente de aquella zona y vio, medio escondido detrás de la esquina de un edificio, que la limusina del Señor de los Iris desaparecía en el lejano horizonte de la avenida, suspiró con gran alivio. Volviendo a ponerse serio y colocándose bien la cartera en el hombro, emprendió la marcha con aire solemne y el caminar propio de un empresario importante. No obstante, como había restos de nieve por la acera, al dar el tercer paso pegó un resbalón, tropezó estrepitosamente y se dio de bruces contra el suelo.

Se quedó ahí tendido bocabajo comiendo asfalto, pero no porque se estuviera muriendo de dolor, sino porque se estaba muriendo de la vergüenza.

—35 años siendo iris... y me resbalo con dos centímetros de nieve... —se dijo a sí mismo, y entonces se giró y se quedó tendido bocarriba en medio de la calle, mirando las nubes pasando por el cielo nocturno—. Esto son 7 años de exilio, Neuval, tienes lo que te mereces...

Permaneció así otro rato. La verdad, aquello le resultó sorprendentemente aliviante. De repente, estando ahí tumbado sobre el suelo de la calle en una zona solitaria de Tokio un miércoles de madrugada mirando el cielo desde esa inusual perspectiva, como que se sentía inesperadamente desconectado del mundo real. Fue gratificante. Le daba igual estar manchándose la ropa. Sin embargo, era la misma ropa que llevaba cuando mató a aquellos doce delincuentes y todavía estaba manchada de sangre. Tenía que lavarla a conciencia de todas formas. O a lo mejor quemarla. No sabía. La verdad es que ahora no le apetecía pensar. Y eso era muy raro para su extremadamente inteligente cerebro.

Por alguna razón, estar tumbado sobre el sucio suelo de la calle le evocó leves recuerdos de su infancia.

—Hey, hey, jovencito, ¿te encuentras bien? —oyó la voz de alguien acercándose.

—Oh, no… —se espantó Neuval, y se puso melodramático—. Alguien ha sido testigo de mi tremenda torpeza, ¡aaaahh...! —dejó salir ese alarido cargado de hartazgo y estrés y resignación, teniendo que regresar al mundo real.

—Oh, no, debe de ser otro drogadicto... —apareció aquel viejo vagabundo a su lado, mirándolo preocupado, interponiéndose en su campo de visión.

—¡Eh! —se ofendió Neuval—. ¡Que ya llevo 3 años limpio! —Pero de pronto puso una cara perpleja, pues acabó reconociendo a ese viejo despeinado, encorvado, con barba y media dentadura; estaba sucio, con ropa de abrigo llena de roturas, y olía muy mal—. Oh là là… ¿Murakami?




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