Cleventine 1: Realidad y Ficción [parte 1: La Huida]

1x48. Desahogo

1º LIBRO – Realidad y Ficción

_PARTE 1: La huida_

48.

Desahogo

Agatha dormía apaciblemente en su cama, soñando con los buenos recuerdos de su larga vida de siete siglos y medio. Habrá quienes se pregunten, ¿con qué sueña una persona que ha sido ciega toda su vida? ¿Su mente le muestra imágenes de personas, de lugares? No. En los sueños de alguien como Agatha, se reproducían sonidos, sensación de olores y texturas.

Ahora estaba soñando con Charles, su primer marido, y con sus dos primeros hijos que tuvo con él, Evans y Elizabeth, cuando eran pequeños. Oía sus voces y sus risas, y el ruido de carros de caballo, estaban en las calles del Londres del siglo XV. Sentía a Evans cogiendo su mano, fue un niño muy dulce y posteriormente un buen hombre. Denzel descendía de él. Pero, de pronto, Evans empezó a ponerse muy pesado en su sueño, comenzó a llamarla sin parar, no “mamá”, sino por su nombre, una y otra vez. Agatha, Agatha...

—¡Agatha! ¡Agatha! —exclamó Daisuke, dando tirones en la manta—. ¡Despierta!

La anciana despertó a duras penas, reconociendo la voz del niño.

—Por última vez, Daisuke... —musitó con paciencia, sin moverse lo más mínimo—. Lo que hay debajo de la cama es una bola de polvo de grandes dimensiones, no un gremlin.

—¡No es eso! ¡Es Clover! ¡Le pasa algo! ¡Ven!

—¿Qué demonios...? —rezongó la taimu con cansancio, levantándose de la cama y cogiendo su bastón.

Siguió al niño hasta la habitación donde dormían y la anciana se sentó al borde de la cama. Palpó a Clover suavemente con la mano y notó que estaba dormida, respirando tranquilamente.

—¿Qué ocurre? —preguntó—. Está durmiendo, no le pasa nada.

—¡No, no! —saltó una y otra vez, nervioso—. No se despierta. La llevo llamando desde hace un rato y moviéndola y... y llamándola y moviéndola... para que me acompañase a por una vaso de agua y... ¡no se despierta! Antes no le pasaba esto. Siempre vamos juntos cuando vamos a por un vaso de agua... Y Clover es de las que se despiertan con sólo un ruidito...

Agatha frunció el ceño. Era verdad, con las voces que Daisuke estaba dando todavía, la niña parecía no inmutarse lo más mínimo. Así que trató de despertarla ella por si acaso.

—Clover... —la movió—. Clover, despierta.

Siguió así un rato, pero la pequeña seguía tal cual. Entonces, la anciana supo con seguridad que algo no andaba bien. La cogió en brazos y le acarició varias veces la cara, examinándola. Era muy extraño, parecía estar perfectamente, dormida sin más, pero el hecho de no reaccionar con las voces y los meneos era muy raro en ella. Daisuke se subió a la cama, inquieto, para verla mejor.

—Clover... —volvió a llamarla la anciana, acariciando su pelo.

—¡Ah! —pegó Daisuke un respingo.

—¿Qué? —saltó Agatha.

—Ha abierto los ojos un poco, los ha abierto, pero...

—¿Qué, qué? —se impacientó.

—Están en blanco... —se asustó—. Y parpadea de vez en cuando muy rápidamente. ¿Eso es malo? Dime, ¿es malo?

La anciana puso cara de extrañeza. Clover parecía seguir dormida, pese a haber abierto los ojos, y al escuchar que estaban en blanco y que pestañeaba rápidamente, era como si la niña estuviese en trance. Preocupada, volvió a dejarla tumbada en la cama y cogió el teléfono.

—Voy a llamar a un médico.

—¿Tiene fiebre?

—No. Pero a lo mejor un médico puede aclararnos esto mejor que tú y que yo. Creo que está bien, pero quiero asegurarme. —Esperó unos segundos con el auricular en la oreja hasta que alguien contestó—. Sí, buenas noches. Por favor, querría que enviasen a un médico de guardia a...

Mientras daba la dirección, Daisuke se limitó a no quitarle el ojo de encima a su hermana, bastante asustado, preguntándose qué podría pasarle. Sólo apartó la mirada cuando Agatha colgó el teléfono.

—Ahora mismo mandan a un médico —lo tranquilizó—. No te preocupes, Clover está bien. En diez minutos está aquí, ¿vale?

—Vale, vale —asintió enérgicamente.

Esperaron diez minutos sin apartarse de la pequeña, vigilando que no surgiera ninguna anomalía, y por fin llamaron al timbre. Agatha se levantó de la cama, pero Daisuke ya había salido escopetado de la habitación y, al llegar a la entrada, abrió la puerta de golpe. El hombre con el que se encontró al otro lado se sorprendió un poco al ver ese ímpetu. Era un hombre esbelto, de pelo corto y marrón oscuro, piel clara y lisa y unos ojos azules como el hielo. Vestía con traje negro y corbata, portando un maletín, y su profunda mirada y serenidad impresionaban.

—¿Eres el médico? —preguntó Daisuke.

—Sí —contestó él.

—¡Corre, mi hermana está arriba! —lo cogió de la mano y lo arrastró al piso de arriba, donde aguardaba Agatha.

—Buenas noches —lo saludó—. Gracias por venir.

—Buenas noches —contestó el hombre, todavía sorprendido por la inquietud del niño—. ¿Dónde está la niña?




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