Cleventine 2: Pasado y Presente

2x44. El aviso

2º LIBRO - Pasado y Presente

44.

El aviso

En el instante después de apartarse de Denzel y desaparecer del callejón de Yoho Pub, Agatha reapareció en otro lugar, pero no del mundo humano, sino en otro mundo. Un lugar sin igual. Un lugar al que hacía mucho tiempo que no iba y al que odiaba ir. La urgencia de sus sospechas lo requería.

Si había alguna forma de describir la Dimensión Yin para los sentidos humanos, sería un espacio infinito, de un negro opaco y vacío para la vista, inoloro para el olfato, mudo para el oído, insípido, frío, sin una orientación clara de lo que era arriba, abajo, lejos o cerca y sin una gravedad fija. Aunque no era del todo abstracto.

Era una dimensión hecha de energía Yin primaria, diseñada para albergar infinidad de espíritus de personas que en vida fueron más afines a esta oscuridad, a la maldad, y al morir y separarse del cuerpo físico, los dioses las destinaron a lo que muchos humanos llamarían infierno. Pero aquí no había fuego, ni llamas, ni caos… solamente un vacío oscuro, desértico y callado, donde los espíritus pasaban el resto de su existencia enfrentándose al sufrimiento que era convivir con sus propios pensamientos y su soledad, y con otros humanos iguales o peores que ellos.

Lo que no muchos sabían, es que también habitaban otros seres que a veces sí que convertían este lugar en un infierno tradicional.

Como la creatividad y la imaginación eran habilidades connaturales e inamovibles de la mente humana, los espíritus, que eran energías que conservaban su consciencia, su memoria y su identidad, podían hacer algo extraordinario, tanto en la Dimensión Yin como en la Dimensión Yang, que era exteriorizar lo que imaginaban, siempre que fuera un lugar o un objeto, pero nunca un ser vivo. Si imaginaban a una persona, animal o planta, sólo aparecerían como maniquís, o hechos de material inerte, y no se moverían. Serían como atrezo.

Por eso, los espíritus, en estas dimensiones, podían crear lugares, o, más bien, trozos de lugares –lo que les alcanzara la imaginación–, y tales escenarios se hacían visibles a su alrededor, y sólidos.

Por ejemplo, uno podía imaginar estar en un desierto con un pequeño oasis con una palmera, y este se hacía realidad a su alrededor, al menos en parte, porque un ser vivo como la palmera aparecería irremediablemente hecha de piedra, de papel o de otro material inerte, y porque este trocito de mundo se expandiría a unos cuantos metros a la redonda nada más; sus límites terminaban en algún punto donde uno ya volvía a pisar el espacio negro de la dimensión. La arena y el agua parecerían reales al tacto y a la vista, y sus sonidos, pero sin olor ni sabor, porque no eran reales, sino una ilusión energética temporal. Sucedía lo mismo con las ropas con las que los espíritus se imaginaban ir vestidos, porque, de lo contrario, se presentarían ante los demás en su forma física neutra, que era desnudos.

A pesar de que no existía ninguna fuente de luz allí, todo lo que allí hubiera emitía luz propia, de modo que los espíritus o cualquier persona o ser que estuviera en la dimensión podía ver a los demás y a sí mismos. Por el contrario, el espacio de la dimensión era un negro homogéneo donde no se atisbaban límites, ni paredes, ni siquiera un suelo.

Los espíritus, al igual que cualquier persona viva como Agatha, una vez estaban en este tipo de dimensión, tenían que imaginar la gravedad y el suelo para cumplir con la ilusión de que tenían los pies apoyados en una superficie y que podían caminar por ella. De ahí, fijaban al mismo tiempo lo que para ellos era una dirección, lo que era arriba, abajo, delante, detrás… Y no tenía por qué coincidir con la dirección o perspectiva de otro espíritu. Podía haber un segundo espíritu que, por ejemplo, manifestara de su imaginación a su alrededor un trozo ilusorio de una ciudad, y tal trozo podía aparecer unos metros por encima del oasis. El espíritu que estaba en el oasis, al mirar arriba, vería desde su perspectiva un trozo de ciudad bocabajo y al otro espíritu caminando del revés por ella.

Teniendo en cuenta que los taimu podían venir a la Dimensión Yin y que no dejaban de ser seres físicos, vivos y orgánicos, los dioses ya le aplicaron a la dimensión unos principios básicos de espacio, de tiempo, termodinámica y una atmósfera respirable.

Ella ya estaba acostumbrada. Enseguida, sus pies pisaron un suelo invisible, hipotético. No se veía nada ni a nadie por esa zona. Quizá se atisbaban unos pequeños trozos de diferentes mundos o paisajes en la lejanía, hechos por algunos espíritus que deambulaban por allá. Pero Agatha necesitaba ir a una estructura especial, que se ubicaba en el centro simbólico de la dimensión. Un castillo, inmenso y de arquitectura imposible, de muros negros hechos de energía Yin sólida, pero por los que fluían pequeñas corrientes blancas también, de energía Yang, delatando ante la vista un color más bien gris oscuro, y así, sus formas y volúmenes, en contraste con aquella infinidad oscura.

Al notar esa calma ahí en medio de la nada, Agatha volvió a teletransportarse, y apareció directamente dentro del Castillo Yin, donde los cinco dioses del Yin solían habitar. Primero, se apareció en la Sala de Observación. Estar dentro de esta sala era como estar dentro de una esfera oscura. Justo en su centro, había otra esfera más pequeña flotando, de unos 5 metros de diámetro y de color gris neutro. Su superficie presentaba relieves que trazaban los continentes del planeta Terra y pequeños remolinos de luz negra, más o menos de tamaños similares, girando lentamente en distintas partes. Sólo había un remolino algo más grande que el resto, sobre Japón, representando la anomalía de la Corriente Yin del Tiempo que causaban los ocho hijos de Denzel estando en la época que no les correspondía. Además de verse más grande, emitía un zumbido que Agatha podía oír, y sabía lo que era.




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