2º LIBRO - Pasado y Presente
_PARTE 1: El nudo latente_
5.
El Knive y la Oráculo
Ya era la hora del recreo. Cleven, Nakuru, Raven y Kyo se fueron con otros chicos a la cafetería del instituto. Drasik, siendo algo que no solía hacer, decidió irse a otro lado con sus colegas de fútbol. No se percataron mucho de su ausencia porque Raven les estuvo contando su semana en San Francisco con ímpetu con un montón de cotilleos.
Por otra parte, en el recinto del colegio de primaria, Clover se encontraba cruzando el patio de la zona infantil, a esa hora llena de niños de varias edades jugando, portando un cubo y una pala hacia las fuentes que estaban en la parte de atrás del edificio, para llenar de agua el cubo y así seguir haciendo montañas y castillos de arena con las otras niñas y niños. Daisuke estaba jugando a la pelota con otros compañeros.
Una vez que Clover dobló la esquina del edificio y puso el cubo debajo de uno de los varios grifos de la pared, oyó unos ruidos raros. Esa parte trasera del edificio era un rincón solitario que conectaba con la zona arbolada del perímetro de la escuela y con un pequeño jardín o huerto que solían usar los maestros para enseñar a los niños de primero de primaria a cultivar cosas. Se suponía que era un recinto cerrado, pero no era ningún secreto que algunos estudiantes de la secundaria inferior se colaban ahí para fumar tabaco a escondidas.
Clover de repente vio salir de entre los arbustos a un chico de la secundaria inferior, de unos 14 años, con muchas prisas, pálido y con cara de susto. Al toparse con la niña ahí, se paró de golpe y se mostró culpable y nervioso.
—Por favor, no te chives —le dijo él.
—No me voy a chivar —le sonrió Clover de forma amigable—. No te preocupes. Sé que algunos chicos mayores se meten por esa zona para fumar tabaco. Sé que está prohibido, no se puede comprar tabaco ni fumar hasta los 20 años. Pero la verdad es que mi papá, el año pasado, tenía 19 años, y aun así fumaba tabaco, pero se lo tenía que comprar su amigo Yako porque él sí tenía 20 años. Además, mi papá dice que a él no le perjudica la salud. Pero a lo mejor a ti sí te perjudica.
—Ah… No… Oye… —intentó explicarle el chico—. No estaba fumando a escondidas, no es eso lo que estaba haciendo. Es que… —se tomó un momento para recuperar el aliento, parecía todavía alterado. Entonces, se dejó caer contra la pared junto a los grifos y se sentó en el suelo dando un resoplido—. No importa. Me tomarías por loco.
—¡No! No te tomaría por loco —se le acercó Clover—. ¿Te has hecho daño? ¿Qué te ha pasado?
—Bueno… pues… Verás, es una tontería, pero… En mi clase se ha hecho famoso un juego de valor, que consiste en ir al cobertizo abandonado del rincón más profundo del jardín, y coger una de las macetas de cerámica que hay dentro. Dicen que hay un fantasma que, si te ve haciendo eso, te cierra la puerta para que no puedas salir, y… yo no me lo creía, pero… —respiró hondo—. Justo cuando iba a salir, la puerta me dio un golpe, ¡se movió sola! Pero por suerte se cerró cuando yo ya estaba fuera, y… ¡me ha dado un susto de muerte!
—No me extraña. A Mizuki le enfada mucho que cojan sus cosas.
—¿Mizuki? —el chico no entendió.
—Sí. Era la jardinera del colegio hace muchos años. Se mató a sí misma hace 30 años o así, ahí en ese mismo cobertizo… —le explicó Clover—. Su fantasma todavía ronda por esta zona solitaria del patio, y le gusta vigilar que nadie toque sus viejas cosas en su cobertizo. Ella misma hacía estas macetitas de arcilla —señaló dicho objeto que el chico sostenía entre sus manos—. Cada vez que los niños mayores roban una de su cobertizo, se pone a llorar. Les cierra la puerta para que no puedan salir porque quiere que vuelvan a poner la macetita en su sitio. Te deja salir si la devuelves.
—¿Me estás diciendo… que hay un fantasma de verdad guardando esa caseta abandonada? —preguntó atónito—. Y tú… ¿puedes verla o algo así? —Clover asintió con la cabeza—. Guau… No lo creía cierto… Si lo llegara a saber antes, no habría participado en este estúpido juego… En ese caso, por nada del mundo quiero a un fantasma enfadado conmigo.
—Entonces, devuelve esa macetita a su sitio.
—M… Me da un poco de miedo, la verdad… Oye, si tú conoces a esa fantasma y puedes verla… ¿Te importaría acompañarme?
—Ven, vamos.
Clover agarró al chico de una muñeca sin más y lo llevó con ella entre la maleza, atravesando esa zona boscosa unos minutos hasta llegar a una vieja caseta de madera ya astillada, ventanas rotas y tejado de chapa oxidada. El chico agarró el pomo de la puerta y trató de abrirla, pero estaba completamente bloqueada.
—Qué raro, si ni siquiera hay cerradura…
—Es Mizuki, está al otro lado bloqueándola —le indicó Clover—. Dile que vienes a devolver lo que has robado y que lo sientes.
—Vale… esto es aterrador… ehm… —carraspeó el muchacho—. S… señorita Mizuki… eh… Perdón por haber cogido una de sus piezas de barro sin permiso… eh… Vengo a devolverla. No sabía que eran suyas. No volveré a hacerlo.
El chico esperó un rato y tragó saliva, preguntándose si de verdad funcionaría. Y de repente, la puerta se abrió sola. Él se quedó tan perplejo que se le paralizaron las piernas, sin poder creérselo. Pero Clover, tomándoselo como algo rutinario y sin importancia, le quitó la pequeña vasija de las manos, entró en la caseta y la puso junto a las demás macetitas artesanas apiladas en una mugrienta caja de madera. El chico observó cómo la niña, al girarse, se quedó mirando fijamente un espacio vacío junto a la puerta.
#22444 en Fantasía
#8158 en Personajes sobrenaturales
#12820 en Thriller
#6951 en Misterio
ciencia ficcion y accion, sobrenatural y misterio, drama familiar y romance
Editado: 06.04.2026