2º LIBRO - Pasado y Presente
_PARTE 1: El nudo latente_
6.
Proyectos secretos
Neuval estaba trabajando en uno de los laboratorios del subsuelo de Hoteitsuba. Era una estancia tan amplia como un estadio de fútbol subterráneo, plagada de grandes maquinarias diferentes que trabajaban con un prototipo de avión militar por ahí, prototipos de coches por allá, un submarino más allá en una gigantesca piscina simulada...
Había una sección de despachos o cubículos montados unos sobre otros donde había más ingenieros haciendo su labor o experimentando con realidades virtuales, y en otro rincón había unas cabinas o tanques herméticos que trabajaban ya con peligrosos temas atómicos y subatómicos.
Paredes, techo y suelo estaban hechos de enormes losas de un luminoso gris claro, algunas de las cuales emitían luz propia y otras tenían la capacidad de moverse o girar para desvelar compartimentos con herramientas o pequeños despachos improvisados. Pero había, además, unas pocas que eran de color negro, especiales, que iban a pares en suelo y techo, entre las cuales flotaban objetos o aparatos, porque eran placas que simulaban la gravedad cero mediante un campo magnético.
Quizá algunos podrían pensar: "Qué mentes más maravillosas las de esas personas que hayan diseñado semejante laboratorio que parecía sacado del año 2300, y qué habilidad la de aquellos que lo hayan construido". Sería un pensamiento equivocado, porque todo eso era obra de una sola mente y de dos manos. Cuando Neuval consiguió fundar la empresa a sus 23 años y Pipi, como arquitecto, le construyó y le regaló su rascacielos, le dejó ese gran sótano vacío como un lienzo en blanco a petición del propio Neuval, y este, sin más, ideó todo su diseño, composición y distribución.
Y para mayor hazaña inexplicable, él mismo construyó con sus propias manos todo lo que ahí había ahora mismo. Todo. Menos a los trabajadores humanos, claro. Tornillo a tornillo, placa por placa, losa a losa, grúa a grúa, tanque a tanque, cabina a cabina y, por supuesto, la inteligencia artificial instalada en todas partes que controlaba el movimiento de todo lo que fuera tecnológico y al servicio de las necesidades de los trabajadores. Todo con su cabeza y sus manos.
Tardó un año en empezarlo y acabarlo todo, él solo, sin ayuda de una mosca siquiera, como un secreto. Pero no se trataba sólo de una necesidad de la empresa o de un capricho de Neuval. Fue, ante todo, un regalo de cumpleaños para Lao. El viejo Lao, antes de Hoteitsuba y antes de mudarse a Japón, había sido un sublime ingeniero industrial maltratado en su antigua empresa de Hong Kong, día a día y año tras año siendo explotado por los empresarios que no entienden a los ingenieros y que oprimían todas sus grandes ideas tecnológicas innovadoras.
¿Por qué lo aguantaba? Porque pese a todo le daban un sueldo bastante bueno, y Lao siempre tuvo la prioridad de darle a su mujer y a sus dos hijos la vida más cómoda del mundo, y las mejores oportunidades educativas para Sai y para Neuval. Después de todo, él se había criado en un orfanato de mala muerte desde que nació y había sido más pobre que las ratas, y no deseaba nada parecido para su familia.
Había algo que decir. El viejo Lao era un inventor magnífico desde toda la vida, probablemente de los cuatro mejores del mundo y de la historia. Puede que el hecho de ser iris tuviera algo que ver con que su inteligencia fuera mayor a la humana, pero las ideas... la parte de la creatividad, de imaginar qué hacer, por qué hacerlo y cómo hacerlo... eso sólo podía provenir del poder humano, ya que el iris tendía a ser una fuerza más racional que emocional. Iris o no, Lao era un genio. De ahí que Neuval lo admirase desde el momento en que lo conoció y siguiera sus pasos eligiendo la misma profesión.
Puede que Neuval lo hubiese superado en esta profesión. De hecho, Neuval ya podía calificarse como el mejor inventor, ingeniero y científico físico experimental del mundo con soberana diferencia, pero es que Lao ya aprendió hace muchos años que Neuval era un caso totalmente anormal... en todo. Estaba a otro nivel.
Por tanto, cuando Neuval fundó Hoteitsuba, le dijo que en ella podía hacer estallar todas sus ideas oprimidas todo cuanto quisiese para siempre. Y cuando lo llevó hasta ese colosal laboratorio subterráneo recién terminado y le dijo que lo había hecho especialmente para él... fue probablemente la tercera vez en su vida que había visto a Lao llorar de alegría, después del nacimiento de Lex tres años antes y del de Mei Ling un año antes.
Llegó la media mañana, y Neuval miró su reloj en la muñeca y se volvió hacia los ingenieros con los que estaba revisando un prototipo de motor de cohete.
—Haced algo con esos inyectores, he de irme a una reunión —les dijo.
—Bien —asintió una mujer, una de los ingenieros—. Jefe, si tenemos algún problema más...
—Llamad a la empresa de Boston y que envíen las piezas que necesitamos —afirmó, y subió a la superficie por uno de los ascensores.
Nada más salir, se topó con el viejo Lao hablando con un grupo de empleados. Neuval se fijó en que llevaba esa carpeta negra bajo el brazo, otra vez. La última vez que la vio, Lao trató de engañarle diciendo que era una revista picante y luego salió escopetado. Entonces recordó que ese viejo estaba tramando algo.
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Editado: 06.04.2026