2º LIBRO - Pasado y Presente
_PARTE 1: El nudo latente_
19.
Visitantes del pasado (2/2)
Denzel se encontraba de camino a casa por una pequeña calle vacía cerca del barullo del centro, bajo la luz de las farolas. Se había pasado toda la tarde en el instituto corrigiendo exámenes y ordenando el papeleo y estaba agotado. No por el trabajo, sino por ese pulpo gritón que lo perseguía por detrás.
—¡Te crees muy hombre! ¿No? —protestaba con enfado la profesora de Informática del instituto, la misma con la que hace unos días había estado hablando hasta que apareció Agatha y le dio capones con el bastón.
Denzel la ignoraba, acelerando la marcha.
—¡Es muy grosero por tu parte no aceptar siquiera tomar unas copas conmigo! ¡Para ser británico, eres muy poco caballeroso!
—Sólo dije, y si mal no recuerdo con una cortesía inglesa envidiable, que no me interesaba —replicó Denzel.
La mujer empezó a gritar más, indignada. Lo cierto es que se había pasado toda la tarde así allí en el instituto hasta que Denzel se hartó y decidió irse a casa, desgraciadamente con ella en los talones. Estaba muy claro que esa mujer estaba obsesionada con él, rozando el acoso, pero ella pecaba de soberbia y quería hacer parecer que él debía tener interés en ella. Por consiguiente, era una loca insoportable.
—¡No lo entiendo, es que no lo entiendo! —resopló ella, cruzando los brazos, sin dejar de seguirlo por detrás—. ¡Cualquiera mataría por pasar un rato conmigo! ¡Ogh! —sacudió su melena—. ¿Acaso te parezco fea?
—Pues no —contestó simplemente.
—¡Pues es porque soy mayor que tú! ¿Verdad? ¡Eres de esos que prefieren estar con las más jovencitas para tenerlas controladas! ¡Los hombres sois unos cerdos! ¡Ogh!
Denzel se paró en seco y se volvió hacia ella.
—Pues te debe de encantar el cerdo, que lo vas persiguiendo —le espetó—. ¡Vaca, más que vaca!
—¿¡Qué has dicho!? —exclamó con una mirada fiera.
Denzel le dio la espalda y siguió caminando, perdiendo la paciencia. No le gustaba insultar a la gente, pero es que esa le había dado una semanita infernal.
Mientras la mujer seguía pisándole los talones llamándolo de todo, Denzel se vio envuelto en una difícil decisión. «¿Y si la paro en el tiempo, la desnudo, me llevo la ropa y la dejo ahí en mitad de la nada?» se preguntó. «O mejor, la paro en el tiempo y la tiro al mar... ¡No, ya sé! Podría saltar al día de su nacimiento y ahogarla con el cordón umbilical y se acabó el problema». Lo pensaba por pensar, no porque de verdad fuera a hacerlo.
Aún le faltaba para llegar a casa, y lamentó no poder teletransportarse, porque estaba ella delante y eso crearía problemas. Le iba a estallar la cabeza, hasta que, de repente, vio a alguien salir de entre los árboles del parque de al lado.
Era otro joven como él, que tenía un pelo muy largo pero muy enmarañado, caminaba exageradamente encorvado y cojo, y tenía una mueca feísima con la cara manchada de barro, sujetando un cigarrillo en los labios. Lo primero que pensó Denzel es que era algún vagabundo, y encima llevaba unas ropas extrañas. Dejó de caminar al ver que el sujeto se dirigía dando tumbos hacia la mujer.
—¡Ah! —se asustó esta.
—Enséñame el opio, el opio... —decía el desconocido con una voz borracha y ronca, haciendo gestos con la mano—. Dame pipa...
—¡Qué horror! —exclamó la mujer, histérica.
—Quítate la falda —siguió balbuciendo, y empezó a reírse como un loco.
Denzel estaba atónito. La profesora chilló cuando aquel joven hizo ademán de abrazarla, y echó a correr calle abajo hasta que se perdió de vista. Denzel la vio alejarse, pero se sobresaltó de nuevo al oír al desconocido partiéndose de risa. Estuvo convencido de que ese pobre joven tenía graves problemas mentales.
Pensó en seguir su camino e ignorarlo, pero permaneció quieto. «¿Debería ayudarlo?» se preguntó el taimu. «Es un inocente perdido, se supone que estando yo en la Asociación, debo ayudar a los desamparados. Pero… yo en realidad no existo para eso… ¿verdad?».
Estuvo un rato observando al otro. «Doscientos cincuenta años atrás, yo ahora estaría devorando a deliciosos humanos como él». Denzel despertó de sus oscuros pensamientos cuando aquel joven dejó de reírse.
—Mucho carácter tienen las mujeres de aquí, ¿eh? —dijo el joven—. Pero reaccionan igual que hace dos siglos.
—¿Eh? —murmuró Denzel, confuso, acercándose a él con curiosidad.
El joven desconocido abandonó su postura encorvada y se puso bien recto. Denzel vio cómo se limpiaba el barro de la cara; se acicaló el pelo y se lo recogió en una coleta, y después se puso unas gafas de lentes pequeñas y redondas, de las antiguas. Desde luego, parecía otro, había pasado de ser un vagabundo asqueroso a un joven muy apuesto e intelectual. Mientras se encendía en los labios una pipa de tabaco, miró a Denzel con una sonrisa amigable y soltó el humo por la nariz.
—No estarías pensando en comerme, ¿verdad, taimu? —le preguntó, hablándole en mandarín—. Porque, si no recuerdo mal, desde que estás bajo la supervisión de los Zou y desde que eres miembro de la Asociación, tienes prohibido morder a la gente.
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Editado: 06.04.2026