2º LIBRO - Pasado y Presente
_PARTE 1: El nudo latente_
32.
La discordia de Lex
Hace un par de horas, antes de ir a recoger a Yenkis al colegio, cuando Neuval dejó a Hana sobre la cama de la habitación a la que le condujo Lex en el hospital, ella seguía inconsciente. Lex fue el único que habló en todo el rato, pero sólo para relatar el diagnóstico de Hana, la cual, aparte de la contusión en la cabeza, tenía la tensión mal y le iban a suministrar un medicamento para estabilizarla. Según dijo Lex, en una hora más o menos podía despertar. Y ya habían pasado tres cuartos de hora, sin embargo, Neuval quería llegar antes.
Después de que Lex dijese lo del medicamento, no volvió a abrir la boca, concentrado en su trabajo, ignorando la presencia de su padre en la habitación, pero este se marchó al darse cuenta de que Yenkis iba a estar solo y que tendría que hacerle la comida. Se suponía que iría a recogerle, a hacerle la comida y a marcharse de nuevo, no a complicar más la situación.
Por eso, el Fuu estuvo todo el camino al hospital en coche frotándose continuamente las sienes con agobio, preocupado por Yenkis, preocupado por Hana, preocupado por Lex... No pasaba nada, calma, se dijo. Había que ordenar las cosas y tratarlas una a una, estudiar la situación, las consecuencias de los actos que iba a realizar a partir de ahora con este asunto.
A Neuval le daba un poco de rabia. No, no podía permitirlo, la rabia era un mal innecesario. La peor enemiga de su iris. Otra vez, esas palabras... ¿Y si...? ¿Y si Hana no hubiera visto nada? No... ¿Y si Yenkis no hubiera nacido iris? No, no... ¿Y si Katya no hubiera muerto? Tampoco... ¿Y si Jean nunca hubiera matado a…?
Jean, de alguna u otra manera, había sido el origen de todo aquello. Rabia. Vamos, ni pensarlo. Llevaba siendo un iris desde hace más de 30 años, había hecho de todo, luchado por y contra todo tipo de cosas. No debía tolerar, ya a estas alturas, que un sentimiento le dominase.
Cuando dejó el coche en el aparcamiento del hospital, se deshizo de la inquietud, de la preocupación y de la rabia. Era un iris, ante todo, cabeza fría, controlador de las situaciones, su mente era superior a la de un humano.
—¿En qué puedo ayudarlo? —preguntó una vieja mujer de cara simpática tras el mostrador de recepción.
—Vengo a ver a la paciente de la 246 —contestó.
—Oh, sí... —asintió, mientras tecleaba en su ordenador—. Ahora está en observación. Ya está estable.
—¿Ya ha despertado? —saltó.
—No, no... —sonrió con calma—. Que ya está bien, sus constantes.
—Ah...
—¿Es su marido?
—Pareja.
—Oh, de acuerdo —la señora señaló la pantalla de su ordenador—. Ya dejó usted antes sus datos, sí. Paciente: Hana Kotobuki. Y usted es Neuval Vernoux, cómo no. Es un placer volver a tenerle aquí. Podría haberme dicho su nombre desde el principio, señor —rio amablemente—. Voy a llamar ahora al doc-...
—Nooo... —susurró Neuval al instante.
—... -tor Vernoux para que lo acompañe.
—Mierda —murmuró de nuevo.
—Puede ir a ver a la paciente ahora, después irá su hijo, señor Vernoux. Pase usted —le indicó amablemente.
Neuval hizo un gesto resentido como si fuese un niño al que acababan de castigar y se fue a los ascensores para subir a la segunda planta. Al llegar frente a la habitación, observó a Hana antes de entrar, a través de la ventanilla de la puerta. La mujer parecía dormir apaciblemente, y Neuval no pudo evitar sentirse agradecido por Lex. Hana se había llevado un buen golpe. Y un terrible disgusto. ¿Quién sabe? De haber visto a Neuval morir de verdad tras una caída de un piso 47 por culpa de esos intrusos, Hana podría haberse convertido en iris. Afortunadamente, se había librado de eso.
Pasó adentro, cerrando tras él, se sentó en el borde de la cama y la contempló en silencio. Justo cuando fue a posarle una mano en la frente, la puerta de la habitación se abrió y apareció Lex, con su bata blanca, sus elegantes gafas y una carpetita en un brazo, y su porte serio y profesional.
—Me han informado de que has venido —le dijo mientras cerraba la puerta.
Neuval asintió en silencio y volvió a observar a Hana. A partir de ahí la estancia se vio envuelta por un silencio largo, ni cómodo ni incómodo. Sin embargo, a los pocos segundos, Neuval empezó a agobiarse mucho, rodeado de máquinas, de enfermos, de jeringuillas, de médicos y enfermeros pasando por el pasillo de fuera, de ese insoportable olor típico de los hospitales. Hacía frío, y aun así Neuval tuvo que secarse el sudor de la frente y cerrar los ojos, sufriendo un pequeño mareo.
Lex permaneció ahí de pie viendo lo pálido que se estaba poniendo.
—No es buena idea que estés aquí —le dijo el joven médico—. Vas a acabar desmayándote...
—Estoy bien —interrumpió Neuval, respirando hondo varias veces.
—No lo estás. Estás a punto de vomitar —Lex cogió el cubo de la papelera que había en un rincón y lo acercó hasta él.
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Editado: 06.04.2026