2º LIBRO - Pasado y Presente
_PARTE 1: El nudo latente_
43.
Amor y odio a primera vista
Un año después...
«Era un atardecer apacible y templado en Hong Kong. Sai y Neuval, pasando el rato en la azotea del edificio de casa, fumando y bebiendo, contemplaban la ciudad expandida frente a ellos, bañada por una luz anaranjada, y más allá el mar comiéndose al sol poco a poco.
—Gege, ¿una carrera por encima de los edificios? —invitó Neuval, mientras enrollaba un canuto de marihuana.
—Aaah, qué pereza. Además, por tu culpa le he cogido miedo a las alturas. Oye, ¿quedamos mañana con los de clase? Dicen de ir a la playa.
—No sé, depende de si tengo trabajo o no —contestó, dándole el canuto para que lo encendiera.
Sai encendió el mechero, pero justo cuando la llama fue a rozar el extremo, oyeron los pasos de alguien subiendo por las escaleras de la trampilla. Sobresaltados, Sai le dio el canuto rápidamente y Neuval lo escondió en sus bolsillos. Luego se pusieron de pie y llevaron las botellas de cerveza detrás de una casetilla de ahí, ocultándolas bien. Cuando Kei Lian abrió la portilla, se los encontró tumbaditos en el lugar de siempre, tranquilitos y buenos.
—¿Quién quiere una delicia de mamá? —preguntó, sujetando una especie de pinchitos de una masa esponjosa cubierta de chocolate y tres tazas, dos de chocolate caliente y una de té.
—¡Yo! —saltaron, arrebatándole con ansia las brochetas.
—Hala, hala, calma —se rio el hombre—. Tu chocolate caliente, Sai. Y tu té excesivamente azucarado, Neu —les dio sus tazas.
Los tres se sentaron en el bordillo de la azotea a merendar y observaron la ciudad, que ya empezaba a encender sus primeras luces.
—Mañana no tenéis clase —dijo Kei Lian—. Neu, espero que no hayas hecho planes.
—No, estaba esperando a ver si había trabajo.
—Lo hay —afirmó—. El maestro Hideki te ha encargado encontrar a este hombre, un traficante de armas —sacó una fotografía del bolsillo del pantalón y se la entregó—. Se espera que llegue a alguno de los puertos de la ciudad entre las once de la mañana y las cuatro de la tarde. Tienes que ir con Pipi para cubrir más zona. Cuando lo encontréis, informad a Emiliya.
—Vale —asintió, guardando la foto.
Kei Lian sonrió, revolviéndole el pelo, y posó un brazo sobre los hombros de Sai.
—¿Qué, Sai? Mamá me ha dicho que Suzu va a venir ahora a casa —le dijo.
—Sí, le tengo que devolver los vinilos que me prestó el mes pasado. La grabadora de discos que has construido va genial. Ah, Suzu trae a una amiga consigo, una estudiante de intercambio de Japón que vino la semana pasada y que vive ahora en su residencia. Sólo van a quedarse unos minutos. Como han estado todo el día haciendo recados, se quieren ir pronto a casa, y Suzu viene de paso a por los discos.
—Ay, el amor... —suspiró Kei Lian, levantándose para irse—. Hijo, pronto te veo casándote con Suzu.
—¿En serio? —sonrió Sai con vergüenza, sonrojándose—. Si sólo tenemos 17 años... pero no niego que es una idea que me atrae... —titubeó, soñando despierto—. Heheh...
—Pero qué cursi te has vuelto —rezongó Neuval.
—Neu, a ver si se te pega algo de tu hermano —le reprochó Kei Lian—. A ver si ya dejas esa golfería y te metes en una relación seria con alguien.
—Pfff... Yo paso de esas cursiladas, papá —bufó, haciendo aspavientos—. Matrimonio, compromisos, hijos... Buah, ese rollo no me va para nada, nunca.
Kei Lian puso los ojos en blanco y negó con la cabeza. Cuando se marchó por la trampilla y los dejó solos de nuevo, Sai se sentó poniéndose de cara a Neuval.
—Dìdì, ¿tú crees que Suzu y yo acabaremos casados? —le preguntó emocionado.
—Claro... —Neuval se encogió de hombros pasivamente—. Con lo empalagosos que sois...
—Sería genial... —murmuró, perdiendo la vista hacia las nubes del cielo como un buen enamorado—. La quiero tanto...
—Sai, llevas con ella dos años, ¿no te cansas? No lo entiendo.
—No sabría explicártelo... —sonrió atontadamente.
—Ya verás, acabaréis con once hijos y comiendo perdices de desayuno todos los días hasta que se os caigan los dientes y la piel de la cara.
—¿Tú crees? —siguió con su trance—. Si tengo una hija, me gustaría llamarla Mei Ling, y si tengo un hijo... se lo daría a elegir a Suzu, querrá ponerle un nombre japonés. Sólo sé que sería muy feliz formando una familia con Suzu.
—Sí, sí, lo que tú digas... Yo, desde que Yénova y yo lo dejamos, prefiero ser un colibrí, de flor en flor.
—Tú mismo —sonrió Sai—. Ah, por cierto —saltó de pronto, meneándole el brazo—, ¿cómo era el apellido de tu maestro de la SRS?
—¿De Hideki? Se apellida Saehara, ¿por qué?
—Lo sabía... —negó con la cabeza—. ¡Lo sabía! ¡Sabía que me sonaba de algo!
—¿El qué?
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Editado: 06.04.2026