Cleventine 2: Pasado y Presente [parte 1: El Nudo Latente]

2x45. Tierras Zou: Flor de Juno

2º LIBRO - Pasado y Presente

_PARTE 1: El nudo latente_

45.

Tierras Zou: Flor de Juno

Yako se había puesto en guardia ante la repentina feroz amenaza, pero se mostró autoritario y firme, casi de manera instintiva, y el tigre, al ver sus dos poderosos ojos de luz dorada, retrocedió dos pasos con cautela. Entonces, los ojos de Yako se apagaron, mostrando su rostro pensativo y sorprendido.

Sahab? —lo llamó.

El tigre abandonó su postura alerta en un instante y le dio un lametón a Yako con su áspera lengua gigante, de modo que lo tiró al suelo a dos metros de distancia.

—¡Hahaha! ¿¡Qué!? —se rio Yako, dejando que el enorme animal le diera amistosos empujones con su gran hocico—. ¡No me lo puedo creer! ¡Sahab! ¡Sigues vivo! —celebró, hablándole en árabe y acariciando sus mofletes.

Hace treinta años, Sahab sólo era un cachorro de tigre que quedó huérfano con su hermana, una tigresa que sí tenía el pelaje habitual naranja con rayas negras. Ambos cachorros moribundos fueron rescatados por el padre de Yako cuando era niño e hizo su primera expedición Zou en el mundo exterior, en el sureste de China. Se los trajo al Monte Zou, los alimentó y los crio hasta su edad adulta. Por esa razón, tenían un poco más de inteligencia que los tigres comunes, estaban amaestrados para reconocer a iris y a humanos y jamás atacar a las personas, a no ser que una persona tratara de atacarlos a ellos o matarlos. Si se encaraban con alguien como Sahab acababa de hacer con Yako, era solamente para asustar y alejar al intruso que en ese momento no querían tener cerca. Y podían entender algunas palabras en árabe, ya que Yeilang, el padre de Yako, los crio hablándoles en este idioma y les puso nombres del mismo: sahab, que significaba “nube”, ya que tenía un pelaje blanco y bastante difuminado alrededor de la cabeza, y su hermana suhara, que significaba “magma” por su color naranja intenso.

Nunca se supo con exactitud cómo Sahab y Suhara se convirtieron en tigres gigantes, pero la teoría más aceptada es que la energía Yang suprema de Yeilang pudo afectarles durante su crecimiento, o en las medicinas que fabricó él mismo con plantas y sustancias químicas naturales y que les inyectó en la sangre para revivirlos cuando eran cachorros al borde de la muerte. Quizá también explicaba su longevidad, ya que los tigres no solían vivir más de 15 años.

Lo que sí tenían era una baja fertilidad. Siguiendo su instinto, ambos tigres se habían unido varias veces, pero en tres décadas sólo habían tenido una camada de tres cachorros de pelaje naranja blanquecino el mismo año que nació Yako, y Yako creció sus primeros años jugando con ellos en el bosque hasta que su padre murió y se fue a vivir a Tokio, aunque los había visto más veces en sus esporádicas visitas al Monte, a pesar de que los tres descendientes de Sahab y Suhara se habían instalado en territorios algo lejanos. Y a diferencia de sus progenitores, estos tres hijos no habían alcanzado el tamaño de sus padres, si bien seguían siendo bastante más grandes de lo normal.

Sahab emitió unos leves rugidos y movió la cabeza a un lado un par de veces.

—¿Eh? —preguntó Yako. El tigre repitió esos sonidos y ese gesto—. Eh… Lo siento, Sahab, yo no puedo entenderte tan bien como hace Alvion, o como hacía mi padre. O como haría un iris Dobutsu. Yo no domino esa habilidad… al menos no conscientemente.

El tigre repitió lo mismo por tercera vez, parecía insistente, por lo que Yako intentó esforzarse para salir al menos un momento de su zona de confort donde sólo se limitaba a dominar el elemento de su iris planta.

—Ahm… ¿“Crías”? —preguntó Yako, creyendo entender un poco. El tigre repitió—. Espera… ¿¡Suhara y tú habéis tenido crías nuevas!? —brincó perplejo, y tocó su hocico para indicarle que se refería a él, pero Sahab sacudió la cabeza, y repitió el mensaje—. Ahm… crías… ¿“crías tienen crías”? ¡Ah! —logró entender por fin—. ¿¡En serio!? ¿Uno o varios de tus descendientes ha tenido sus propias crías? Aaah… por eso intentabas asustarme antes, estás protegiendo el territorio. Así que tienes nietos por este cuadrante del bosque, ¿eh?

Sahab le pegó otro lametón que lo derribó al suelo de nuevo. Yako se quejó por el golpe, pero volvió a reírse y a rascar el morro del animal.

—No te molesto más, entonces. Pero tengo que cruzar por este tramo, que me acorta el camino. ¿Me dejas?

No estaba seguro de cuántas palabras podía entender Sahab, pero al parecer el tigre entendió la petición de otra forma, e invitó a Yako a subirse sobre él para llevarlo él mismo lejos del territorio donde no quería presencia de otros animales o personas. Caminó a su alrededor frotando el lateral de su inmensa cabeza contra su cuerpo. Yako entendió enseguida, pues montar sobre Sahab o sobre Suhara había sido una práctica normal para él, para su padre e incluso para Alvion desde que adquirieron tamaño suficiente. Ni Yako, ni su padre ni su abuelo les habían pedido jamás a ambos tigres montar sobre ellos, siempre que los habían montado había sido porque los propios tigres los habían invitado a hacerlo. Curiosamente, ninguno de los dos había permitido jamás que los montase ninguna otra persona, ni siquiera iris Dobutsu. Al parecer, solamente se lo permitían a los Zou.

Yako se agarró al denso pelaje bajo sus orejas y escaló hasta sentarse sobre su cuello, sujetándose bien. Entonces, Sahab dio un salto de veinte metros para cruzar un tramo pedregoso y siguió corriendo por el bosque, haciendo temblar un poco el suelo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.