Cleventine 2: Pasado y Presente [parte 1: El Nudo Latente]

2x47. Tierras Zou: El peso del linaje

2º LIBRO - Pasado y Presente

_PARTE 1: El nudo latente_

47.

Tierras Zou: El peso del linaje

Media hora después, Yako ya había cruzado el kilométrico Puente Blanco sobre el gran valle y las ciudades que lo ocupaban, y llegó a las puertas de la muralla de la Ciudadela. Había venido todo el camino con la capucha de su chaqueta puesta, cabizbajo, con las manos en los bolsillos, pasando exitosamente desapercibido entre los centenares de personas que había por el puente y por la zona.

No iba a tener tanta suerte dentro de la Ciudadela, que estaba llena de monjes, iris y personal del templo. No quería arriesgarse. Sólo quería cumplir con su recado discretamente y marcharse de regreso a Tokio. Por fortuna, había un camino secreto que él se conocía desde niño, para entrar al templo sin tener que cruzar primero las calles de la Ciudadela. Y era escalando el monte por fuera de las murallas de la Ciudadela. Parte del templo estaba arquitectónicamente unido a la ladera del monte. Visualmente, la parte trasera del templo, que era más bien como un extenso palacio, parecía estar fusionado con las rocas y la tierra de la ladera.

Tras diez minutos escalando un sendero escarpado con la agilidad propia de un iris, llegó a un pequeño terreno plano detrás del templo, encerrado por un corro de maleza y rocas, que custodiaba la entrada a una cueva. Aquel era un lugar sagrado para los Zou. Decorada con un pórtico formado por tres megalitos de roca de howlita, como la del Puente Blanco, la entrada conducía al mausoleo familiar. Ahí reposaban las lápidas y las cenizas de los catorce Zou que precedían a Yako, desde Wei, y sin contar con Alvion, y todos ellos junto con las lápidas de sus respectivas esposas humanas y otros familiares cercanos de ellas.

Fuera, en el llano, entre la maleza y las rocas, asomaban aleatoriamente pequeños obeliscos de jade negro, con nombres de iris grandiosos muertos en combate grabados con letras doradas. Se ganaban el honor tener sus nombres tallados junto al mausoleo de los Zou aquellos que habían sacrificado mucho para salvar a muchos. Entre esos nombres estaban los de los abuelos maternos de Cleven. Pero lo que pocos sabían, es que se había hecho una especial excepción, y se había añadido el nombre de una humana. Debajo de los nombres de Hideki y de Emiliya, estaba el de Ekaterina.

Hasta ahora, el misterio sobre la muerte de Katya seguía irresoluto, pero lo que se sabía sin duda, es que cuando ella ofreció su vida ante los desconocidos atacantes que estaban destruyendo Tokio, ellos cumplieron y cesaron su ataque. Katya salvó a miles. Aunque no pudo hacer nada una vez que Neuval la encontró sin vida, y como consecuencia él perdió la cabeza y se convirtió en una nueva amenaza que arrasó medio Japón. Insólitamente, nadie murió. Que se supiera en un principio. Porque sí que murieron muchas personas bajo la ira de Neuval. Pero alguien las trajo de vuelta en secreto.

Yako miró un momento la entrada a la cueva, siempre iluminada con dos antorchas de fuego azul. Ahí descansaban los restos de su padre y de su madre. Lamentaba no haber podido conocer a su madre, pero no albergaba odio por su muerte, porque se la llevó una enfermedad natural humana que no se pudo curar a tiempo. En cambio, la muerte de su padre… se convirtió en iris por ella y el iris nacía de la más pura y dolorosa rabia por una inaceptable injusticia, no hacía falta decir más.

Dejó salir un suspiro incómodo y siguió su camino. El llano tenía una escalinata de piedra que descendía hacia una puerta en la parte de atrás del templo, una puerta privada, que solamente los Zou podían cruzar. Estaba tapada por una red formada por las raíces retorcidas del Árbol de Lixue. Sus raíces llegaban a todos lados, al fin y al cabo. Yako sólo tuvo que tocar el arco con su mano para que las raíces reaccionaran específicamente a su energía Zou. Entonces, Yako podía ejercer dominio sobre ellas y hacer que se apartaran con una orden mental.

Cruzó la puerta, y continuó atravesando pasadizos. En un determinado momento, salió al exterior, a un callejón entre los muros del templo. Descartó la idea de ir por dentro, porque, de nuevo, quería evitar cruzarse con iris o con el personal del templo, así que, usando las propias raíces del Árbol Madre que recorrían algunas superficies y aristas de los edificios, fue escalando veloz. Impulsándose salto a salto, siguió trepando por la torre central y más alta, y al fin llegó al balcón del despacho de Alvion.

Primero se subió al tejado, para colgar la cabeza discretamente del borde y así echar un vistazo. A través de los ventanales alargados y verticales con forma arqueada, pudo ver a Alvion ahí dentro, sentado en su enorme escritorio atestado de papeles, carpetas, mapas, tres ordenadores –de la marca Hoteitsuba, por supuesto– y algunos raros objetos más. Desde su punto de vista, Alvion estaba de lado, pero parecía estar totalmente sumergido en su trabajo, sin parar de escribir en unos papeles. Seguramente estaría recopilando los últimos datos internacionales del día, o terminando de organizar alguna misión antiterrorista para alguna RS del mundo.

Yako volvió a enderezarse sobre el tejado y respiró hondo. No sabía qué hacer. Es decir, sí sabía qué hacer, entrar e informarle sobre el caso de Denzel. Pero más allá de eso, no sabía qué más decirle, o preguntarle, o qué hacer… Podría perfectamente no hacer ni decir nada más, pero…

Monk Knive se lo había contado antes. Le había dicho la verdad sobre Alvion. Y la verdad atemorizaba a Yako.




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