Cleventine 2: Pasado y Presente [parte 2: El Descubrimiento]

2x60. Atesorar un momento humano

2º LIBRO - Pasado y Presente

_PARTE 2: El descubrimiento_

60.

Atesorar un momento humano

En casa de Brey, la tarde también estaba transcurriendo con una muy inusual calma. Hacía más de una hora que los niños habían vuelto del colegio y Brey también había salido de la universidad temprano en la tarde. Ahora, estaban en casa los tres solos.

Sorprendentemente, los niños estaban muy tranquilos; no había gritos, no había jaleo, no había juguetes volando por los aires ni pasos correteando por toda la casa. Al llegar del colegio, Clover había estado un poco rara, y mientras Brey les estuvo cambiando de ropa para guardar los uniformes, Daisuke fue el único cotorreando sin parar sobre su día en el colegio, mientras su hermana se quedaba callada, mirando distraída a otra parte. Brey no prestó mucha atención a esto. Había entrado en modo automático nada más llegar a casa, su cerebro sólo se había dedicado a organizar los quehaceres con su habitual eficiencia de iris: cambiar de ropa a los niños, guardar los uniformes, poner una lavadora, recoger un poco la cocina, ordenar sus papeles de la universidad… y, finalmente, se sentó en la mesa del comedor con un ordenador portátil, un café, una lamparita y unos cuadernos para ponerse a estudiar uno de sus próximos exámenes. Se puso auriculares para oír música suave y les dijo a los niños que, si se ponían a jugar, procurasen no dar gritos o armar escándalo.

Cuando estaba él solo en casa con los niños y tenía que estudiar, Brey no tenía más remedio que hacerlo en un lugar donde tuviese a los mellizos a la vista, porque no podía dejar de vigilarlos a la par que estudiaba. No era un gran reto para la mente de un iris tener la mente concentrada en dos cosas distintas. Él, además, ya estaba acostumbrado a esto desde los 15 años, y lo llevaba bien.

Sin embargo, al parecer, los mellizos se tomaron su orden al pie de la letra. No se oía ni una mosca. Clover había estado un largo rato pintando con su hermano, y luego se había ido a sentar frente al piano de cola en la otra esquina del salón, y se había puesto a tocar algunas melodías sencillas que su padre le había enseñado, o a inventárselas, con la sordina puesta, por lo que se oía bajito. Y Daisuke estaba arrodillado junto a la mesita baja del salón, rodeado de hojas y de pinturas y lápices, dibujando sin parar diversas cosas, especialmente kanjis y otros símbolos raros.

Brey no recordaba la última vez que pudo estudiar tan a gusto en una misma habitación con los mellizos. De hecho, quizá era la primera vez. Fue después de una hora y pico cuando se dio cuenta de esto. Levantó la vista de sus cuadernos para comprobar, una vez más, que los mellizos seguían cada uno entretenido con su propia actividad. Esto le intrigó. Este comportamiento era nuevo, diferente. ¿Calmados durante tanto tiempo seguido? ¿¡Y sin andar pidiendo nada!?

Se preguntó si esto era una señal de que Clover y Daisuke estaban creciendo, pasando ya a otra fase de madurez. Era lo habitual en humanos –al menos, en aquellos afortunados que recibían una crianza coherente y adecuada– que con los años se hacían menos nerviosos, menos caóticos, menos dependientes. Y un día… ¡puf! Clover y Daisuke ya no le necesitarían en absoluto.

Esto le hizo sentirse extraño. Un poco triste. Y no lo entendía, por qué el hecho de pensar en esto le hacía sentir, y además de forma natural, esta pequeña tristeza, cuando la voz racional de su iris le decía por el otro oído que esa era la meta esperada de una crianza exitosa; que, por eso, ese pensamiento de Clover y Daisuke yéndose algún día de casa para vivir por su cuenta de manera autosuficiente y sin necesitar nada más de él, lo que debía hacerle sentir, era paz y satisfacción; que ese pensamiento, el de no sufrir más dolores de cabeza, agotamiento o estrés por los constantes gritos, berrinches, desobediencias, accidentes de cosas rotas, fiebres altas en la madrugada… debía hacerle sentir alivio y felicidad.

Pues no sentía esas cosas. Y esto le sorprendió de sí mismo. Debía de estar perdiendo la cabeza, o estar contagiado de alguna enfermedad, porque si no, no se explicaba por qué la idea de que algún día dejaría de oír sus gritos y berrinches y problemas le entristecía tanto.

Se había quedado tanto rato sumergido en sus pensamientos, que dio un bote sobre la silla con susto, cuando notó que algo tocaba sus piernas. Miró hacia abajo y vio la cabeza rubia de Daisuke, que se había colado por debajo de la mesa y estaba intentando salir por entre sus piernas. Brey dejó que el niño lo trepase y se sentase sobre su regazo, mirando hacia la mesa aquel libro abierto y cuadernos con apuntes de Medicina. Esta vez, Brey no lo regañó por interrumpir su estudio con ese descaro. En vez de eso, siguió terminando de escribir un párrafo que le quedaba por apuntar, intentando ver por encima de la cabeza del niño, que estaba en todo el medio.

—¿Qué es esto? —preguntó Daisuke, señalando en el libro abierto una pequeña imagen.

—La red de venas y arterias del cuerpo humano —contestó Brey, todavía escribiendo en el cuaderno.

—¿Y qué es esto? —señaló otra pequeña imagen.

—Eso es cómo se ve un ojo por dentro.

Daisuke se quedó embelesado viendo esa imagen.

—¿Qué es esto?

—La retina.

—¿Y esto?




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