2º LIBRO - Pasado y Presente
_PARTE 2: El descubrimiento_
62.
Mejorando, poco a poco
Todo se quedó en pausa. Pipi y Neuval, petrificados como estatuas, miraron a Cleven con caras ojipláticas. Cleven, por su parte, los miró a ellos con la sonrisa congelada en extrema confusión.
No sabía qué de todo aquello la descolocó más, si ver a su padre con esas pintas de chándal y camiseta de mecánico con manchas, tirado bocabajo en el suelo y despeinado, o a otro hombre sentado encima de él presuntamente estrangulándolo, o que estuvieran entre un sofá y una butaca volcados. Pero sólo pasaron dos segundos y medio cuando Pipi y Neuval se levantaron como el rayo y se pusieron ambos a sostener el sofá por cada extremo.
—Sí, por aquí me parece bien —decía Neuval—. Muévelo un poquito hacia la izquierda.
—Ajá, donde tú me digas. ¿Está bien en este ángulo? —decía Pipi, mientras colocaban el sofá de vuelta a su sitio.
—Perfecto. Gracias por ayudarme a redecorar mi despacho. Estos muebles pesan mucho.
—No hay de qué. Permite que te coloque la butaca donde creo que va mejor —cogió Pipi la butaca volcada para devolverla a su lugar.
—Ehm… ¡Vaya, dichosos los ojos! —Neuval se giró hacia Cleven velozmente con una gran sonrisa inocente mientras el corazón seguía latiéndole en los tímpanos y le palpitaba un chichón en la frente—. Cleven, mon doudou, qué inesperada sorpresa…
—Símm… esa era la idea —dijo ella, todavía sin comprender del todo lo que había visto, y mirando al otro hombre, más reservada—. Perdón, no sabía que estabas reunido. Yenkis me había dicho por mensaje que hoy estabas en la empresa y Hoti me ha dicho que estabas de descanso en este momento… Pero si estás trabajando…
—Oh, no, no. No estoy trabajando ahora —se acercó a ella y la empujó suavemente a sentarse en una de las sillas frente a su escritorio, y él se sentó en el borde de este.
—¿Por qué estás así vestido? —señaló Cleven, mirando después sus cabellos despeinados—. Guau, pareces otra persona…
—¿Eh? —se miró a sí mismo—. Esta es la ropa que me pongo cuando trabajo en el laboratorio.
—Ah… A veces olvido que también haces cosas de mecánico y experimentos y esas cosas.
—¿Y tú por qué vas así? —brincó Neuval al ver que tenía una vistosa mancha marrón en el jersey a la altura del pecho—. No me digas que vas así de sucia a los lugares, Cleven. ¿No pone Brey lavadoras en su casa? —cogió de un cajón de su escritorio una toallita húmeda un poco gruesa y de color azul y se puso a frotarla sobre la mancha para limpiarla.
—Papá… —protestó Cleven en voz baja, mirando de reojo y abochornada al otro hombre desconocido, allá sentado en una de las butacas del saloncito.
—Es importante cuidar la higiene y el aspecto si quieres que la gente te tenga un mínimo de respeto. ¿Quieres que te lave la ropa en casa?
—Papá, ¡que no! —se puso más roja—. Siempre voy impecable a todos lados. Esta mancha me la acabo de hacer por accidente. Al entrar al edificio, he cogido un par de bollitos de la cafetería y me los he comido en el ascensor de camino a tu despacho, y se me ha caído un poco de crema de chocolate. Luego en la calle me la taparé cerrándome el abrigo, así que no hace falta q-… —se quedó muda cuando su padre terminó de frotar con esa toallita en su jersey, y no sólo la mancha había desaparecido por completo, sino que la tela quedó seca y como nueva—. ¡Oh! ¿¡De dónde has sacado esas toallitas mágicas!? ¿¡De qué marca son!? ¿¡Dónde las puedo comprar!?
—Oh, ahm… —titubeó Neuval, y miró un momento a Pipi con disimulo—. Me temo que las compré… en algún viaje al extranjero, no recuerdo dónde, y apenas me quedan.
Lo cierto es que esas toallitas eran un invento iris. Al igual que Drasik, muchos otros Sui especializados en Química habían llegado a inventar productos bastante útiles y especiales. En este caso, estas toallitas que limpiaban literalmente cualquier mancha sin dejar ni siquiera un rastro molecular las había inventado Sakura, la presumida Sui de Pipi y la chica del instituto que Cleven no podía aguantar. Para los iris, este tipo de producto era muy importante, cuando necesitaban limpiar de forma inmediata, por ejemplo, manchas de sangre u otras sustancias de la ropa, o del coche o de cualquier cosa para tenerlo todo libre de rastros en caso de que la policía analizara algo.
—Pero bueno, Cleventine, ¿también vas con la boca manchada? —rechistó, viendo que tenía los labios algo manchados de chocolate también, y esta vez cogió un pañuelo de papel normal de una cajita sobre el escritorio y fue a limpiarle él mismo.
—¡Papá! —lo frenó ella, volviendo a ponerse roja hasta las orejas, y le quitó el pañuelo para limpiarse ella misma de mala gana—. ¡Que ya no soy una niña pequeña!
—¿Estás segura? —le espetó—. Comes como una.
—Arrête ça!
—Ooh… —sonrió con exagerada ternura, haciéndola rabiar—. No te enfades. Lex comiendo da más asco que tú y sigue siendo un hombre muy decente.
—¿Y cuál es tu excusa? —señaló Cleven la camiseta sucia de él.
—¿Esto? Aceite de motor. Manchas de trabajo. Son manchas que dignifican a uno —dijo con tono petulante, cerrando los ojos con aire digno.
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Editado: 24.04.2026