2º LIBRO - Pasado y Presente
_PARTE 2: El descubrimiento_
66.
Ojo de luz
«—Papá, espera —lo detuvo Yenkis antes de que el otro cruzara la puerta interior del garaje a casa—. ¿Me brillaba el ojo de bebé?
—¿Eh? Sí… a veces.
—¿Cómo lo ocultabais mamá y tú? ¿Cómo nadie más lo vio? Cuando empecé a ser consciente de la luz de mi ojo a los 5 años o así, me inculcaste la costumbre de guiñarlo cuando entrara en un lugar muy oscuro con más gente delante y lo he estado cumpliendo a rajatabla y no ha habido problema, pero…
Neuval se giró hacia él y se apoyó en el capó del coche.
—De bebé, la luz de tu ojo era muy floja, casi imperceptible. Sólo brillaba con algo más de fuerza cuando experimentabas una emoción básica muy fuerte, que solían ser sustos repentinos, picos de alegría intensa o picos de ira.
—Picos de ira… Eso suena algo excesivo para un bebé.
—Oh, eran picos de ira adorables, típicos de cualquier bebé, no imagines nada tan grave. Te daban pocas veces, siempre ligados a injusticias, como cuando tu hermana te arrebataba tu juguete preferido o un niño del parque te daba un bofetón de la nada. Te echabas a llorar de rabia y tu ojo emitía ese brillo blanco. Pero nadie se daba cuenta, porque eran leves y porque, al llorar, cerrabas o entrecerrabas los ojos. Se notaba algo más en los picos de alegría intensa. Te daban cuando tu madre y yo, o tus hermanos, te hacíamos reír de pura diversión durante largo rato. En esas ocasiones estábamos atentos a que otras personas no lo vieran, disimulábamos, y no era difícil, ya que eran momentáneos. Los brillos más frecuentes y notables te sucedían con los sustos.
—¿Los sustos?
—Sí. Escuchar un ruido muy fuerte de repente, o ver a alguien o algo apareciendo ante ti de repente, es precisamente el tipo de estímulo que más enciende nuestro iris. La función primaria del iris es reaccionar y actuar ante males, entendiendo como males cosas peligrosas, amenazas, agresiones… cualquier cosa que ponga en peligro la seguridad y la vida. Cuando oímos un estruendo repentino, o algo nos ataca de repente o aparece ante nuestra vista inesperadamente, el iris lo interpreta en un microsegundo como un posible peligro para tu seguridad y se activa al instante, haciéndote conectar instantáneamente con tu elemento para que estés listo para usarlo, y esta conexión se manifiesta mediante esa luz en nuestro ojo.
—He tenido sustos antes y no me ha brillado el ojo.
—Tienen que ser sustos bien grandes, mezclados con pánico o estrés. Sustos de los que crees que tu vida corre peligro. De bebé, un ruido fuerte repentino te ponía el corazón a mil por hora porque a esa edad a tu cerebro le cuesta más tiempo procesar qué ha pasado o qué ha sido, y el estado de alarma se mantiene a tope en tu mente más tiempo. Tú ahora mismo oyes un fuego artificial explotando y te va a sobresaltar durante uno o dos segundos nada más, porque tu cerebro ya reconoce con más rapidez qué tipo de ruido has escuchado, por la experiencia. Pero un bebé escucha eso ahora y va a estar alarmado y asustado durante diez, quince o veinte segundos, o más, hasta que su madre o padre o figura protectora lo consuele y le haga entender que no hay peligro.
»Este es el tipo de brillo que más nos costaba ocultar porque, aquí, tus ojos alarmados se abrían como platos y apenas parpadeabas, por lo que la luz de tu ojo se hacía bastante evidente y llamativa y duraba bastantes segundos hasta que te calmábamos. Lo bueno es que ese tipo de sustos intensos se iban reduciendo conforme te acostumbrabas a los ruidos inesperados o a las apariciones visuales inesperadas.
—Cuando dices “apariciones visuales inesperadas”, no puedo evitar rememorar la cantidad de veces que Cleven me pegaba sustos tremendos, saltando ante mí tras la esquina de un pasillo o saltando sobre mí mientras estaba tumbado en una cama o el sofá… ¿Por qué me dijiste que tenía que guiñar mi ojo ante ella también, si obviamente Cleven debió de ver mi brillo varias veces de pequeños?
Neuval tardó un poco en contestar. Hizo un gesto resignado con la cabeza.
—Tu hermana… ya no se acuerda de eso. Una vez empezaste a guiñar el ojo, ella seguía siendo pequeña, así que seguramente acabó olvidando lo de tu luz, y por ahora quiero que sigas ocultándoselo.
—¿Qué niña de 9 años va a olvidar que su hermano pequeño emite una luz blanca por su ojo izquierdo? —discrepó Yenkis, poco convencido de la teoría de su padre. Pero Neuval permaneció callado, mirando a otro lado. Yenkis entonces entendió que este era uno de los muchos secretos que él seguía ocultando—. ¿Qué hay de Hana? ¿Sigo disimulando ante ella o no?
—Ya no hace falta. Ella ya sabe que a ti y a mí nos pasa esto. He decidido contárselo para facilitar las cosas.
—¿Qué? —se sorprendió—. Y… ¿se lo ha tomado bien? ¿No te ha hecho preguntas?
—Hana sigue sintiendo lo mismo por nosotros que antes. Este fenómeno inhumano no le importa, ni la molesta ni la asusta, así que no te preocupes. Te seguirá tratando como siempre, con todo el cariño que te tiene. Eso no ha cambiado. Vamos, Yen, entra casa —le pidió, sintiendo que ya habían hablado suficiente, además de estar agotado después del día de locos que había tenido desde el ataque en su empresa—. Ve a darte un baño y después pon la mesa. Pediré comida a domicilio. Voy a subir a ver si Hana se encuentra mejor.
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Editado: 24.04.2026