2º LIBRO - Pasado y Presente
_PARTE 2: El descubrimiento_
69.
La intuición de Hatori
El cielo estaba despejado y ya oscuro, y no soplaba demasiado viento en esa parte de la terraza. Además, con la estufa, no pasaron frío. Con el ordenador portátil de Yenkis y unas tazas de chocolate caliente, se habían puesto en la mesa baja a trabajar hasta entrada la noche.
—Hm… —cavilaba el chico, tras un rato tranquilo de silencio cuando ya terminaron el trabajo, estando los dos arrodillados sobre unos cojines junto a la mesa—. Tu tío no tiene ninguna planta dentro de la casa. Estas de aquí fuera están bien cuidadas.
—Oh, todas las plantas de la terraza las puso aquí Jorani. Es un buen cocinero y le gusta cultivar sus propios ingredientes vegetales. Donde él vive, no tiene un balcón lo suficientemente grande. Tío Hatori le dejó poner aquí en su terraza sus plantas. A mi tío le da igual. Si por él fuera, viviría en una casa casi vacía, con lo indispensable para una sola persona, porque, de todas formas, pasa la mayor parte del tiempo en la comisaría, o en la calle investigando casos, o ahora en el Ministerio.
—¿Tu tío… vive completamente soltero?
—Sí. Bueno, ha salido con varias mujeres en los últimos años. Con pocas, pero durante bastante tiempo cada una. Llegué a conocer a algunas. Eran unas mujeres muy serias, me daban un poco de miedo. Pero es como a él le gustan. Con unas estuvo dos años, con otras tres años… Pero no ha sentado cabeza con ninguna.
—Hmm… Bueno. Él es todavía muy joven. ¿Tiene veintitantos?
—Ya ha cumplido 30 años. No es tan joven, tu hermano tiene 25 y seguro que querrá casarse pronto con Riku y tener hijos antes de los 30, ¿verdad?
—Lo veo probable. Pero también depende mucho de una cosa, de haber encontrado realmente a la persona adecuada. Lex encontró bastante pronto a la persona adecuada, tuvo mucha suerte. Quizá tu tío aún no vio en sus parejas pasadas a la mujer adecuada. Ya sabes, es una decisión muy importante.
—Sí… —suspiró Evie, mirándolo de reojo con un gran deseo reprimido—. De todas formas, no veo a mi tío interesado en eso. No lo veo como un hombre de familia, la verdad. Y eso me apena. Parece que sólo quiere casarse con su trabajo, pero su trabajo no le deja… vivir la vida.
—A lo mejor es feliz dedicando su vida solamente a su trabajo.
—No… —murmuró Evie, y miró distraídamente el paisaje de la ciudad al otro lado de la barandilla de piedra, apoyando la barbilla en una mano—. Él nunca es feliz. Ni parece interesado en serlo. Es como si hubiera nacido con una misión concreta metida en la cabeza, y no tiene otra cosa en mente que cumplirla. Y el resto de las cosas… no importan.
Yenkis se quedó callado, pensativo. No mucho tiempo atrás, esta descripción de Hatori no le habría parecido muy diferente de cómo era su padre. Ahora ya no le parecía así, porque había visto en su padre un cambio, una mejora en su estado general de ánimo, su comportamiento y personalidad. Aun así… Yenkis todavía sentía que su padre y Hatori podían aún tener algo en común. Esa sensación de tener una misión concreta que cumplir en sus vidas, y no haberlo logrado aún.
—¿Cómo es que tu tío también tiene una caja como la tuya con utensilios de aseo dentro? —preguntó de repente Yenkis, y su amiga lo miró con un interrogante—. Antes, cuando fui un momento al aseo pequeño, me fijé en que, en el estante junto al lavabo, tu tío tiene una caja de madera forrada de terciopelo por dentro, igual a la que tienes tú en el baño de tu casa. Me ha podido la curiosidad y la he abierto sólo tres segundos… y dentro había lo mismo que en tu caja, unas tijeras grandes y relucientes, otras tijeras más pequeñas y una cuchilla de afeitar de las clásicas.
—¡Ah! —comprendió Evie—. Sí. Verás, eso es algo que tenemos mi tío, mi madre y yo. Fue cosa del abuelo Takeshi. Él ya les dio a mi madre y a mi tío esas cajas cuando eran pequeños. A mí me regaló la mía también cuando era pequeña. El abuelo tenía sus rarezas, ¿sabes? A mi madre, a mi tío y a mí nos dijo… bueno, nos lo exigió, que debíamos usar los utensilios que él nos había dado cada vez que nos cortáramos las uñas o el cabello. Dijo que otras tijeras cualesquiera no serían capaces. No sé… dijo que era algo genético, que teníamos las uñas y el cabello más fuertes de lo normal. Yo lo comprobé una vez. Cogí unas tijeras normales de uñas de una amiga, y unas tijeras normales de mi cocina. Intenté cortar una de mis uñas y un pequeño mechón de mi pelo, pero no pude. Solamente las tijeras que nos regaló el abuelo pueden. Deben de ser de mejor calidad o algo así.
—Bueno, eso es algo muy característico tuyo, Evie.
—¿Eh?
—No sabía que tu cabello y uñas también, pero ya conocí de ti que tu piel sí que es dura como el acero. ¿Cuántas veces te has caído, jugando al baloncesto o montando en bici? Nunca te he visto hacerte una raspadura siquiera.
—Ah, ya… Es verdad, nunca me he hecho una herida en la piel.
—¿Alguna vez te has visto sangrar? Ah, no me refiero a tus cosas femeninas. Me refiero a través de otra cosa.
Evie se puso roja un momento con vergüenza. Pero recordó que Yenkis, incluso hablando de cosas íntimas, lo hacía de una forma muy normal y natural, sin darle importancia.
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Editado: 06.04.2026