2º LIBRO - Pasado y Presente
_PARTE 2: El descubrimiento_
70.
Furgoneta averiada
En una carretera perdida en medio de campos, bosques y montañas, la furgoneta blanca sobre la que Haru seguía tumbado hacía rato que ya se había enfriado.
Sus tres compañeros de grupo estaban dentro, en la espaciosa parte de atrás, con una lámpara de batería portátil encendida jugando a las cartas sin preocupación alguna, de completo relax. Les envolvía una nube de humo, de los canutos de marihuana que se estaban fumando. Llevaban también unas latas de cerveza ya vacías, y escuchaban música de uno de sus teléfonos móviles.
Le habían insistido a Haru varias veces que dejase de estar ahí fuera helándose y se uniese a la partida y al calor de dentro. En otras circunstancias, él habría accedido. Pero, antes de ser un amigo humano normal o un músico relajado, era un iris. Haru no estaba fuera de la furgoneta por capricho. Perdido en mitad de la nada con tres humanos que además eran como hermanos para él, y aunque todo allí pareciera tranquilo, su sentido del deber primaba sobre cualquier riesgo. Un animal salvaje, unos bandidos, una repentina tormenta… cualquier cosa podía pasar y él estaba ahí fuera vigilando.
Tampoco podía quejarse. La vista era espectacular. Todo era tinieblas a su alrededor, pero, sobre él, el manto de estrellas era sobrecogedor. Soñaba con adquirir algún día el poder de volar y navegar un cielo como ese. Era una habilidad de máximo nivel, por eso sólo Neuval podía hacerlo actualmente. Además de Alvion.
Como había terminado su gira, ya no llevaba sus estilosas y extravagantes ropas, llevaba ropa normal, aunque aún conservaba cosas de su estilo personal, como su estrafalario peinado de dos colores, los ojos pintados, las uñas también… Llevaba también un anillo grande de acero de una calavera con alas de mariposa, se lo prestó Nakuru hace un año. Había olvidado devolvérselo. A lo mejor se lo quedaba, si ella no lo pedía de vuelta. Ya había compartido accesorios y prendas con ella muchas veces, ya que el estilo de ambos era similar. Ciertamente, algunos miembros de la KRS y la SRS se comportaban como hermanos.
Haru le dio otra calada a su cigarro de marihuana. Observó el humo salir de su boca hacia el cielo estrellado. Frunció el ceño. Una de esas estrellas se estaba moviendo veloz hacia ese lugar. Entonces se dio cuenta de que era la brillante luz blanca de Neuval, volando por el cielo.
El chico se bajó del capó y miró hacia arriba fijamente, emitiendo otro brillo blanco de su ojo iris. Al parecer Neuval lo vio, pues cambió su trayectoria y descendió en picado hasta aterrizar frente a la furgoneta, trayendo consigo un vendaval que levantó una gran nube de polvo por la carretera. Haru hizo unos pequeños aspavientos con la mano, provocando unas enormes ráfagas de aire que despejó el polvo del lugar en un segundo. Después le echó un vistazo al recién llegado, dándole otra pasiva calada a su cigarro. Neuval llevaba la capucha de su sudadera negra puesta.
—El chándal deportivo negro te queda sexi —le comentó el chico.
Entonces Neuval se quitó la capucha y empezó a escupir plumas con torpeza.
—Eso ya es menos sexi —dijo Haru.
—Creo que me he chocado con algún pájaro descendiendo hasta aquí.
—Ajá —el chico le dio otra calada a su cigarro, impasible.
—¿“Ajá”? ¿Eso es todo lo que tienes que decirme? —protestó Neuval, pero le sonrió y extendió los brazos—. ¿Ni siquiera un abrazo?
—Tío, que ya no soy un niño —rezongó Haru.
—No me vengas con esas, Akimitsu. Cuando hace tres años arreglé tu guitarra eléctrica que dabas por perdida, casi me partes las costillas del abrazo que me diste.
—Yo hago las cosas cuando me apetecen —se encogió de hombros.
—Por mucho que me ofenda tu fría bienvenida, no puedo comprenderte más. El viento sopla donde quiera cuando quiera —dijo mientras se acercaba a la furgoneta para comprobar su estado exterior general.
—No es sólo por eso —le dijo Haru—. Sigo cabreado contigo.
—¿Y eso por qué?
—Por tardar tanto en volver a la Asociación.
—Pero he vuelto, ¿no?
—No pude asistir a tu bienvenida la otra noche, pero le pedí al maestro Pipi que te diera un bofetón de mi parte.
—Ya, ya, no te preocupes, Pipi hoy me ha dado ya un par de palizas, aunque no por ti —dijo mientras abría la puerta lateral del vehículo y encontró a esos tres humanos de relax, cómodamente sentados en el suelo de la parte de atrás con varios cojines, una mesita, una lamparita, cartas, cervezas y mucho olor a porro—. Hala… qué recuerdos de mi juventud…
—Hala, ¿de dónde ha salido este hombretón? —preguntó una de las dos chicas, mirando a Neuval de arriba abajo varias veces.
—Buenas noches. Soy el mecánico.
—¡Madre mía, ¿qué voz es esa?! —exclamaron con sorpresa—. Casi se me derriten los oídos… —balbució el bajista—. Y a mí casi se me derrite la entrepierna… —dijo una de las chicas—. Oye, mecánico, el sonido de tu voz roza lo divino, di algo más.
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Editado: 24.04.2026