2º LIBRO - Pasado y Presente
_PARTE 2: El descubrimiento_
76.
Secuestro
«—¿Ves? Así, así… —oyó la dulce y suave voz de ella.
De repente Brey se transportó a un recuerdo. Estaba con Yue, ambos sentados en un banco de piedra en un parque, bastante escondidos entre arbustos y árboles, un frío pero soleado domingo 3 de febrero. Ella le estaba limpiando con un algodón un corte que Brey tenía en la frente.
Yue tenía unas manos finas y delicadas, y ella creía que le estaba limpiando la herida con la suavidad propia de una damisela, sin darse cuenta de que, en vez de toquecitos, le estaba estampando el algodón como si fuera un matasellos, y en vez de acariciar la herida, restregaba el algodón por todo el corte como si lavara los platos con un estropajo.
Aquel Brey de 15 años se había estado manteniendo muy quieto, callado y estoico mientras tanto. Pero entonces Yue descubrió que tenía la cara muy apretada y grandes lagrimones en los ojos.
—Oh, Brey, pobrecito, ¿te duele mucho la herida? —le puso una mano en la mejilla—. Qué raro, te han hecho heridas peores otras veces, y ni las sentíassssoy yo la que te está torturando, ¿verdad? —se corrigió enseguida al percatarse, cambiando su voz dulce y suave por una más normal.
—Me estás jodiendo vivo —confesó el chico.
—¡Pero dímelo!
—Es que dijiste que te hacía ilusión recrear este cliché del chico problemático herido siendo curado por la chica buena y delicada y no quería echártelo a perder…
—Ay… —suspiró ella, y sonrió—. Siempre sacrificándote para hacerme feliz. Brey… ¿crees que yo me sentiría feliz si veo que sufres por mi culpa?
El chico la miró, sin saber qué decir. Él lo hacía sin pensar, porque tenía grabado en su alma que ese era su deber como iris. Pero no había pensado que hacer sacrificios por el bien de un humano podía hacer que el humano se sintiera mal por él y, al final, eso seguía siendo perjudicar al humano. Esta era una de las cosas que solían confundirle, pero que Yue lograba hacerle entender. Los humanos que le rodeaban y le querían necesitaban que él también fuera feliz y cuidara de sí mismo. Esa pregunta que Yue le había hecho, es la misma que él le hizo a Cleven cuando conversaron en el parque, antes de saber que eran tío y sobrina.
—Lo importante es que ese miserable agresor sexual ha acabado siendo arrestado por la policía y la chica a la que estaba atacando está a salvo, ¿no? —le preguntó Yue.
—Bueno, cuando hui de la escena y llegó la policía, creo que primero se lo iban a llevar al hospital. Le dejé la cara hinchada a golpes y le rompí una mano. Y la chica al final sólo ha sufrido un susto y la llevaron con su familia.
—Otro humano inocente salvado, ¡eres mi héroe! —celebró Yue, y tiró de sus ropas para plantarle un beso apasionado en los labios, dejándolo asombrado y algo sonrojado—. ¿No deberías ir tú también al hospital por si ese criminal te cortó con algo sucio? Podría infectarse…
—No. Los iris, aparte de enfermedades, tampoco padecemos infecciones —dijo Brey—. Aunque tampoco nos gusta la idea de que las heridas se nos cierren sucias y mal y nos queden cicatrices feas —añadió mientras cogía un nuevo algodón del pequeño botiquín que estaba entre ellos, lo mojaba en clorhexidina y se limpió la herida con dos simples movimientos para después coger una tirita especial para los cortes en la piel y se la colocó en un santiamén de la forma correcta.
—Caray, Denjin-san… —Yue se quedó pasmada—. Siempre lo haces impecable. ¿Te enseñó tu madre? ¡Podrías dedicarte a esto!
—De hecho, hoy quería decírtelo —recogió el botiquín, cerrándolo, y la miró a los ojos—. He decidido que voy a volver al instituto y terminarlo. Con recursos de la Asociación y la ayuda de Agatha, puedo presentar documentos falsos de que ya he superado la secundaria inferior y así empezar directamente la superior con el resto de gente de 15 años. Y después voy a tirar por el campo de la Medicina.
—¿¡Qué me dices!? —se emocionó Yue—. ¡Guau! ¿Harás Enfermería, como tu madre?
—No, estudiaré la carrera de Medicina, para ser médico.
—¡Cariño, es increíble! ¡Me alegro mucho por ti! —lo abrazó, casi ahorcándolo—. Uy… ay… —se quejó de repente, soltándolo, poniendo una mueca molesta.
—¡Yue! ¿¡Te has hecho daño!? —se alarmó Brey.
—No, no, tranquilo —le sonrió—. Es este abrigo, que me aprieta y me está agobiando —se desabrochó el abrigo y suspiró con alivio, dejando al descubierto ese enorme vientre que tenía ya de 8 meses, y se lo acarició con las manos—. Eso es, pequeñines, respirad un poco, que no paráis de moveros.
Brey, una vez más, lo observó con una amarga mezcla de preocupación y culpa. Estaba enorme. Cada vez estaba más cerca el momento. Pero no tenía miedo de que nacieran, ni del hecho de que ahora iban a formar parte de su vida, ni de la responsabilidad de ser padre. Su mayor miedo eran estas mismas cosas, pero sin Yue junto a él.
—Mira, pon la mano aquí —Yue agarró su mano y la puso en un punto concreto de su vientre—. Creo que Makoto quiere seguir tus pasos, cada vez patea más fuerte.
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Editado: 24.04.2026