Cleventine 2: Pasado y Presente [parte 2: El Descubrimiento]

2x82. Desaparecida

2º LIBRO - Pasado y Presente

_PARTE 2: El descubrimiento_

82.

Desaparecida

Unos minutos después de que Cleven se marchara a natación, Agatha apareció de la nada en medio de su dormitorio, en su propia casa. Acababa de irse del Monte Zou con Yagami. A él lo había dejado en su casa en otra parte de Tokio, y luego ella había venido aquí. Llegaba justo a tiempo para encargarse de los mellizos, tal como había acordado con Brey.

Sin embargo, necesitó tomarse un par de minutos para ella misma. Para respirar hondo y reponer fuerzas. Llevaba toda la semana sin parar de hacer recados o favores a varios iris y almaati por distintos países del mundo. Siempre ayudando, siempre poniendo su extraordinario don al servicio de los demás, pero… lo mejor de todo, es que era porque ella misma quería, y no porque alguien la obligara.

Yagami le había dicho que tenía unas pequeñas salpicaduras de sangre en su larga falda marrón, y manchas de barro en el dobladillo. No podía presentarse así ante los mellizos. Fue hasta su armario a cambiarse de ropa, con sus ojos siempre cerrados. Y después fue al baño para lavarse la cara y las manos y arreglarse la larga trenza con la que recogía su cabello blanco.

Mientras se aclaraba el jabón de las manos en el lavabo bajo el chorro de agua, se quedó abstraída por un rato, sin darse cuenta. Antes de llegar al Monte Zou, había estado rescatando a una nueva iris. Era una mujer adulta, que se había visto en medio de un bombardeo mientras daba clases en un colegio de primaria en un país que ahora mismo estaba bajo un conflicto bélico con otro. Había visto a su hija pequeña morir en una explosión junto a más niños y profesores de la escuela.

Agatha había vivido este tipo de rescates en medio de guerras ya unas docenas de veces. Procuraba centrarse en su deber, en lo más importante, que era encontrar al nuevo iris y llevarlo sano y salvo al Monte, mientras los iris de aquella ciudad ya se encargaban del resto de humanos inocentes.

Esta vez, le había afectado de una manera especial. Porque Agatha perdió de una manera muy similar a una de sus muchas hijas, de la misma edad que la hija de esta nueva iris, hace cinco siglos. Oír los gritos de agonía de la madre le recordó a sí misma. Agatha a veces se preguntaba si, de haberlo visto con ojos que podían ver, se habría convertido en iris también. O quizá no hacía falta ser vidente, porque lo cierto es que había habido unos pocos humanos ciegos que, tras presenciar con los otros cuatro sentidos la muerte injusta de un ser querido, se habían convertido. Y, al convertirse, la energía del iris les había curado la ceguera como hacía con cualquier otra enfermedad o discapacidad humana.

No obstante, al parecer, estos cuatro siglos de existencia de los iris y de la Asociación habían demostrado que sólo los humanos y quienes tuvieran una parte humana, como los Zou, podían convertirse.

Llevaba viviendo en este mundo más de siete siglos y medio, y seguía deseando hallar las respuestas a las preguntas que toda su vida la habían perseguido: “¿Tengo parte humana? ¿Tengo alma? Si no la tengo, ¿puedo ganármela?”. De todas formas, para ella ya había sido una bendición el hecho de que su cuerpo pudiera concebir, gestar y dar a luz hijos humanos auténticos y normales. De hecho, esto pilló a los dioses un poco por sorpresa. No entraba en sus planes diseñarla con esta capacidad. Pero la experimentación con energías divinas y materia orgánica había resultado así.

Terminó de secarse las manos, y le dedicó un breve rezo a su duodécima hija que perdió hace cinco siglos en medio de una contienda entre dos reinos europeos. Ahora, tenía que centrarse en el presente, y agradecer el presente, donde estaba feliz teniendo a Clover y a Daisuke, dos niños especiales que había ayudado a criar y a los que adoraba.

No perdió otro segundo. Desapareció de su dormitorio y se teletransportó directamente al interior de la vivienda de su vecino, a la entrada de la casa de Brey. Se quitó los zapatos en el escalón y pasó al salón.

—¡Niños! ¡Ya estoy aquí, despertad! ¡Voy a haceros el desayuno! —exclamó hacia la planta de arriba mientras se iba a la cocina.

Al cabo de un minuto, apareció Daisuke entrando en la cocina, con su cabello rubio despeinado, los ojos entrecerrados y todavía vistiendo con la camiseta gris grande prestada de su padre.

—Uaah… —bostezó el niño, y abrazó las piernas de la anciana—. Pasteles…

—Aaah, no —objetó la taimu, al mismo tiempo que iba de un lado a otro sacando huevos, arroz y un par de sartenes—. Se acabaron los pasteles una temporada. Le he prometido a vuestro padre que os haría un desayuno nutritivo. ¿No has bajado con tu hermana?

—Vengo de la habitación de mi papá… —se frotó un ojo.

—¿Has tenido pesadillas? ¿O es que otra vez has mojado la cama?

—Bueno, mojé la cama un poquitito. Pero no pasa nada. Lo estoy entrenando —declaró el niño con firmeza, poniendo los bracitos en jarra e inflando el pecho, repitiendo las palabras que el propio Brey le dijo.

—Vaya, es la primera vez que no te oigo avergonzarte. ¿Y te fuiste a su cama? ¿Lo dejaste descansar?

—Papá me dejó dormir con él. Es que yo ayer por la noche estaba teniendo también algunas pesadillas… o era más como una sensación incómoda… Incluso en la cama de papá me desperté otra vez y no podía estarme quieto y no me conseguía dormir… Pero entonces papá me abrazó y dejé de sentirme nervioso y por fin me dormí otra vez más tranquilo.




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