2º LIBRO - Pasado y Presente
_PARTE 2: El descubrimiento_
90.
La aparición
«¡Oh, mierda!» se apuró Cleven, bajando a toda prisa al rellano de la cuarta planta y escondiéndose en una esquina justo a tiempo. Dos segundos después, Yako pasó veloz bajando las escaleras. Entonces, Cleven dio unos pasos para volver a subir y ver a su tío, pero se paró de repente, se quedó pensativa, dudando un poco. Si quería ayudar a su tío en todo este embrollo, necesitaba enterarse de toda la información posible. Necesitaba saber qué iba Yako a acordar con Riku, si es que conseguía acordar algo. Por eso, decidió bajar las escaleras para ir tras el Zou y ver si podía escucharlos detrás de algún árbol o algo.
Brey no podía creerlo. Si creía que la situación no podía ser peor, ahora lo era. Porque ese pensamiento era el peor de todos. Había dejado entrar a su casa a un criminal, o a alguien maligno, y no había sabido verlo, ni sospecharlo, y le había dejado acercarse a los niños, incluso tocarlos… y eso para un iris era caer en lo más bajo.
Se agarró del pelo. Sus ojos volvían a estar desquiciados. Le dolía la cabeza, le ardía la piel, sentía el pecho aplastado bajo una roca, y náuseas…
—¡Brey, tranquilo! —se apuró Mei Ling, posándole una mano en el brazo, pero se dio un fuerte calambrazo—. ¡Ah!
—¡No! —se apartó él—. No… ¡No! Dejadme… Dejadme solo… No puedo…
Se asfixiaba. Necesitaba aire. Nunca había experimentado un ataque de ansiedad antes. Lo había visto en humanos, y en iris enfermos, y sabía lo que había que hacer, pero el dolor, la presión, la angustia, lo hacían imposible, su iris seguía sin responder y su mente no encontraba algo positivo a lo que aferrarse. Necesitaba aire. Y alejarse de todo. Cruzó el salón, salió por la terraza y saltó a la cima de algún edificio cercano, dejando atrás a Mei Ling y Eliam llamándolo.
El cielo estaba nublado, oscurecido, y caían alguna gotas. Pero ahí en las alturas, en la azotea del edificio, lejos del bullicio, las calles y, sobre todo, lejos de la casa donde acababa de perderlo todo, era el único lugar donde creyó que podía recuperar algo, aunque fuera un poco de cordura, de lógica.
Brey se apoyó con las manos en las rodillas, cerró los ojos y respiró aceleradamente. El cielo sobre él comenzó a emitir el rugido de algunos truenos. Su cabello se le fue poniendo en punta, cargándose de electricidad estática. Pero su iris no respondía ante esta caricia de su elemento. No podía quitarse de encima esas imágenes ficticias, esas ideas horribles que se le formaban en la cabeza, frenar esos temores. No podía impedirse a sí mismo imaginar que alguien le estaba haciendo algo terrible a Clover ahora mismo, que le estaban haciendo cosas innombrables, o matándola… Y que Daisuke, a causa de eso, viviría el resto de su vida cargando con un trauma incurable, y que se lo llevarían lejos de él y nunca más lo vería… nunca más vería ninguno de los dos…
Y ese maldito y molesto zumbido continuo que se oía en la lejanía, de varios helicópteros sobrevolando distintas partes de la ciudad, era inaguantable…
Brey descargó un alarido de ira y rabia, con el fin de ahuyentar esos pensamientos. El cielo descargó al mismo tiempo un relámpago, seguido del sonido del trueno. Luego se quedó otra vez todo en silencio. Sólo soplaba el viento, agitando su pelo y su camiseta. Sin embargo, a los pocos segundos, oyó un ruido nuevo tras él. Las piedras de la azotea crujieron un poco.
Cuando se giró para ver, creyó haber perdido definitivamente la cabeza. Allá, a unos metros, había un hombre joven, vestido con pantalón formal negro y camisa blanca. Era un poco más grande que él. Pero tenía sus mismos ojos verdes, el mismo cabello rubio, incluso su rostro se parecía bastante al suyo. Tenía un aro de plata en el centro del labio inferior, y su cabello estaba formado por largas rastas bien cuidadas, recogidas por detrás con una cinta.
Brey pudo estar como un minuto entero ahí paralizado, mirándolo sin pestañear. No tenía modo de determinar si era real o no. Estaba mareado, incluso veía algo borroso, y el dolor en su cabeza persistía.
Sin embargo… si pudiera ser real… si al menos esto pudiera ser verdad…
—¿Eres tú de verdad? —apenas murmuró. El otro no respondió nada. Brey se giró del todo, intentando distinguir si era un espejismo o no—. Has… vuelto…
A pesar de que el otro no reaccionaba, Brey se aferró con todas sus fuerzas a la certeza. Era él. Había crecido unos centímetros más y su rostro era más maduro que hace siete años, pero era él, sin duda.
—Eres tú… Has vuelto… Has vuelto de verdad… —dijo Brey con voz quebrada, sintiendo al fin una pizca de alegría. Nunca había dejado de creer que algún día lo volvería a ver, que él algún día volvería a aparecer. Y si aparecía, tenía que ser porque había conseguido curarse de su majin. El resto del mundo había tirado la toalla con la posibilidad de que Izan regresara sano algún día, pero Brey nunca lo hizo. Caminó hasta él, sin salir de su desconcierto, con las manos extendidas hacia él—. Sabía que algún día… Lo sabía…
Brey lo agarró de los hombros. Ahora era casi tan alto como él. Era sólido, era real. No podía creerlo. Sólo quería abrazarlo. Pero ¿por qué él no decía nada? ¿Por qué lo miraba con esos ojos tan vacíos?
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Editado: 24.04.2026