Cleventine 2: Pasado y Presente [parte 2: El Descubrimiento]

2x99. El aviso

2º LIBRO - Pasado y Presente

_PARTE 2: El descubrimiento_

99.

El aviso

Otra vez se encontró a sí mismo parado en medio de la calle, mirando ese manto negro y vacío en el cielo. Eso era lo que a él le esperaba tras la muerte. Otra prisión. Pero eso ya lo sabía, desde que nació. Era la norma, al fin y al cabo.

Un nuevo ruido cortó el silencio. Cuando bajó la cabeza y miró al frente, vio que una anciana acababa de aparecer de la nada en medio de la calzada, justo delante de su casa. La anciana parecía exhausta, y dio unos pasos titubeantes a un lado y a otro, como intentando orientarse, manteniendo los ojos cerrados, como siempre. El viejo corrió hasta ella.

—¿¡Qué estás haciendo aquí!? —preguntó sorprendido.

—¿¡Quién anda ahí!? —se sobresaltó Agatha, girándose hacia él, pero moviendo la cabeza un poco a los lados, tratando de oír.

Eïâ. Öbàiaêm, Agatha —pronunció en una lengua extraña, una lengua única que no era originaria de este mundo.

—Ah… —reconoció su voz, y el hecho de que le hablara en esa lengua—. Ahí estás… Gracias a Dios… —respiró, pero seguía muy nerviosa y alterada, alzando las manos hacia delante para buscarlo.

Él terminó cerrando la distancia para dejar que lo encontrase, y cuando lo hizo, Agatha lo agarró fuerte de los antebrazos.

—Eres tú… ¿Verdad? —no pudo evitar insistir ella, y delató una sonrisa triste, posando una mano en su mejilla, y notó su barba y sus arrugas, descubriendo que había envejecido más de lo que debería, pero sabiendo la razón detrás de eso.

—Ata, estás sin aliento. ¿Qué te ha pasado?

—Esperaba encontrarte a tiempo…

—Sabes que no deberías acercarte a mí, mucho menos hablar conmigo. Si alguien de la Asociación se entera, no te quedan siglos suficientes para dar explicaciones. ¿Tienes que recoger a algún iris recién convertido por aquí?

—No, no, ¡escucha! Vengo por ti, ¡vengo a advertirte! Ha ocurrido algo, los hijos de Denzel han saltado en el tiempo, estamos en un nudo latente provocado por una taimu que no conocíamos, a las órdenes de un arki y…

—Eso no es posible —dijo él tajantemente—. Los…

—Acabo de venir de ahí —le explicó ella—. Los dioses… Los dioses están…

Apareció de pronto un torbellino de sombras pasando a través de ellos como una breve ventisca y él se protegió los ojos con un brazo. Cuando volvió a levantar la vista, encontró a Agatha a unos metros frente a él, apresada por una garra negra muy grande que le tapaba la boca y la mantenía inmóvil. Tras ella, se alzaba una criatura escalofriante, de unos dos metros y medio, pero su forma era difusa, pues se mostraba como una masa de humo negro, y tenía dos infernales ojos que brillaban de una luz plateada.

Aun así, el anciano se mantuvo firme, con cara de pocos amigos.

—¿Qué te crees que haces? Suéltala.

La enorme criatura de sombras solamente afiló más la mirada de sus ojos de luz. Su callamiento era inusual. El anciano comenzó a captar que el asunto era más grande de lo que parecía.

—Quítale las zarpas de encima —le advirtió una vez más, y caminó hasta ellos, plantándole cara a ese ser que le sacaba tres cabeza de altura—. O te destrozo.

Ùdüiánn —habló la criatura en aquella misma lengua primigenia, y su voz sonó grave, distorsionada, como de ultratumba. (= No te metas)

—¿Qué está pasando? ¿Qué es lo que ella venía a advertirme? —insistió el viejo, señalando a Agatha.

Sin esperar respuestas, dio un paso adelante con intención de agarrar a Agatha y liberarla, pero la criatura negra de pronto salió volando a toda velocidad como un torbellino negro, llevándosela con él.

Sôiánn! —exclamó el viejo. (= ¡No huyas!)

La criatura de sombras sobrevoló aquella inmensa ciudad, varios kilómetros en apenas unos segundos, llegando hasta otro distrito lejano. Aterrizó sobre uno de los edificios más altos de la zona más urbana de París, en una azotea oscura a la que no llegaba la luz de las calles. Ahí soltó a Agatha. La anciana se repuso, y dio unos pasos hacia atrás, desconfiada.

—Por el amor de Dios, niños, ¿qué habéis hecho? —le preguntó exasperada.

—¿Por qué reaccionas así? —habló aquel ser, acercando sus remolinos de tinieblas hacia ella—. Tú eres la primera persona que más debería alegrarse de esto. Siempre los odiaste, igual que nosotros…

—¿No te das cuenta de las consecuencias de algo así para este mundo, Louis? Creía que amabais este mundo.

—Precisamente —susurró, moviéndose lentamente alrededor de ella—. ¿Crees que esto es algo impulsivo? Está todo pensado. Tú incluida.

—¿Qué pretendéis hacer conmigo?

—Darte la libertad.

Agatha se quedó sin habla ante aquella respuesta, llegando a abrir sus tenebrosos ojos. Dedicar un solo segundo a imaginarlo, a considerarlo, hizo que se sintiera culpable. Se abrazó a sí misma cuando sopló un viento frío a esas alturas, pero también fue un gesto de autocompasión.




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