3º LIBRO - Presente y Futuro
_PARTE 1: Identidad_
1.
Siempre hay elección
Cuando se dice que la vida pone a uno a prueba, nunca se trató de demostrar a otros lo que uno era capaz de hacer al respecto. La vida pone a prueba a uno para descubrirle a sí mismo quién es realmente.
Eso es lo que Cleven sentía ahora, una hora después de haber salido de ese pub. Esto no había ocurrido para que ella descubriera al fin la identidad de los demás; había ocurrido para que ella empezara a descubrir la suya propia.
Su padre solía decírselo de pequeña: “Las cosas malas nos pasan, no para fastidiarnos, sino para que reaccionemos de un modo u otro ante ellas; dependiendo de qué modo reacciones, descubres qué tipo de persona eres en realidad. En la vida te sucederán cosas buenas y cosas malas por sorpresa, sin que tú puedas controlarlo ni saberlo de antemano. En lo único en lo que sí tienes control, es en decidir cómo responderás”.
Y esto era cierto, porque mucha gente solía autodefinirse de una manera, pero no en base a la experiencia, sino a las expectativas.
Había muchos ejemplos. Una persona podía ir de valiente luchadora a manifestaciones y protestas, presumiendo de cómo de fácil defendería a los suyos de un ataque enemigo, de lo dispuesta que estaba a matar al enemigo si hacía falta. Pero luego, cuando llegaba el momento y le ponían un arma entre las manos y la colocaban en pleno campo de batalla con un enemigo corriendo hacia ella y se quedaba paralizada del miedo pensando en su madre, esa persona descubría que su identidad no era la que fantaseó tener, sino la que en verdad era.
O también, cuando una persona que siempre se había autodefinido como buena, pacífica, civilizada y madura un día se enteraba de que su pareja le había sido infiel, de repente descubría su verdadera identidad cuando, en lugar de reaccionar cortando la relación con su pareja y echándola de su vida de manera civilizada y madura, reaccionaba cogiendo una pistola o un cuchillo y matándola.
Incluso los miles de casos de gente que había sufrido abusos en su infancia; muchos habían demostrado su verdadera identidad eligiendo convertirse en abusadores también, mientras que otros habían elegido convertirse en luchadores contra el abuso.
Esto demostraba que todo aquel que era malo no era malo porque le pasó algo malo, sino porque eligió ser así cuando la vida lo puso a prueba. Porque no se podía olvidar la cantidad de gente que había sufrido los mismos exactos males en la vida, mismos orígenes, mismo entorno, y, en respuesta a ellos, habían elegido caminos diferentes; unos, el mal camino, repitiendo el ciclo del mal recibido, y otros, el buen camino, cortando ese ciclo del mal. ¿Milagro? No.
El poder de la elección. Siempre estaba ahí, presente en todo momento, en las manos de todas las personas, por mucho que algunas lo negaran y echaran la culpa a otros factores. “No puedo dejar las drogas por culpa de la adicción”. “Soy un asesino porque tuve malos padres”. “Soy infiel porque mi pareja no me da lo que necesito”. Y un largo etcétera de falsos culpables. Esto no significaba que no necesitaran o no merecieran ayuda para saber hacer las cosas bien, pero esa ayuda empezaba por hacerles entender que esos factores ajenos no elegían por ellos. Podían empujarles por el mal camino, empujar y presionar y persuadir, pero nunca decidir por ellos, al final, qué acción emprender.
“Cuando te pase algo malo, Cleven, recuerda: hay más de un modo de reaccionar, y nadie más que tú tiene el poder de elegir qué tipo de persona quieres ser después de sufrir un mal: la que destruye, o la que construye. O la que no hace nada. Pero que te quede clara una cosa: si eliges destruir, no culpes a nadie más que a ti de esa elección.”
Había estado toda esa hora ahí apoyada en la barandilla de un puente peatonal que pasaba sobre una gran autopista, cargando con el habitual tráfico de Tokio, pensando. Porque, después de sentir, es el turno de pensar.
Ya le había dejado su rato a la ira, y a la confusión, y al desengaño, y a la tristeza. Normalmente, la Cleven de los últimos siete años habría ido de cabeza a descubrirse ante todos ellos y a gritarles qué demonios estaban haciendo, por qué la habían engañado, exigiendo explicaciones. Pero porque esa reacción ya venía acompañada de una larga depresión y ansiedad detrás, condicionando su identidad, su modo de ser, su modo de reaccionar ante las cosas. Ahora que el manto negro que solía tapar su luz se había empezado a disipar con el cambio de vida con su tío, una parte de la antigua Cleven comenzó a resucitar. Una Cleven que sabe frenarse a sí misma y, en vez de gritarles a los demás “¿¡por qué me habéis mentido!?” o a lamentarse con “¿por qué me ha pasado esto?”, se para a pensar y a preguntarse a sí misma “¿qué voy a hacer al respecto?”.
«—Entonces, ¿por qué hay tanta gente que elige enfurecerse y destruir sabiendo que está mal? —le preguntó la pequeña Cleven en aquella ocasión a su padre.
—Porque muchos sienten que dejar a un lado la ira y la rabia, no hacer nada o no devolver el daño, es como traicionarse a sí mismos. Piensan: “Mira el daño que me han hecho, ¿cómo no voy a hacer justicia por mí y devolver daño?”. Pero aquí muchos malentienden lo que es “hacer justicia”. Si a ti alguien te da una bofetada por diversión o maldad, eso de poner la otra mejilla o agachar la cabeza y no hacer nada sí es una traición hacia ti mismo. Como mínimo, tienes derecho a defenderte devolviendo la bofetada o denunciándolo a las autoridades. Pero estas dos opciones, para mucha gente, siguen siendo una justicia insuficiente. Y, en lugar de devolver la bofetada o denunciar, creen que repararán el daño recibido decidiendo romperle todos los huesos a la otra persona o matarla. Piensan: “estoy furioso porque me han hecho algo muy malo e injusto; tengo todo el derecho a estar furioso, y todo el derecho a usar esa furia para devolver el daño tan fuerte como me plazca”. Y en esto último se equivocan.
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Editado: 12.07.2026