Cleventine 3: Presente y Futuro [parte 1: Identidad]

3x08. La noche más larga (5/5)

3º LIBRO - Presente y Futuro

_PARTE 1: Identidad_

8.

La noche más larga (5/5)

La madrugada en Tokio seguía muy activa en Shibuya. Siempre había ocio nocturno allí, sobre todo, muchos jóvenes turistas extranjeros. Pero ya hacia las tres de la mañana asomaban gentes más extrañas.

Neuval llevaba tres horas deambulando por la ciudad, pasando por unos cuantos rincones, buscando “medicina” para su “dolor de cabeza”. Por fortuna o por desgracia para él, parecía que con los años había estado desarrollando inmunidad, y cada vez era más difícil apaciguar el dolor de cabeza con las mismas dosis de antes.

Caminaba discreto de un lado a otro, pasando entre las gentes que seguían de diversión por las calles, o beodos que iban de una discoteca a otra. Iba cubierto con la capucha de su sudadera negra y de su abrigo oscuro, hacía bastante frío. A veces se le nublaba un poco la vista y perdía un poco el equilibrio sin darse cuenta.

Entonces, vislumbró a dos chicas jóvenes paradas en el borde de la acera de una calle inundada de luces, carteles y escaparates. Le llamó la atención porque mostraban sus partes bajas a todos los hombres turistas borrachos que pasaban, manteniendo un poco levantadas sus faldas. Por arriba vestían con blusas bonitas y corbatitas y tenían medias negras hasta la mitad del muslo. No estaban muy bien maquilladas. Una de ellas no debía de tener más de 14 años. La otra parecía un par de años mayor.

Este tipo de jóvenes abundaban en la ciudad. Eran menores huérfanos o huidos de sus hogares por problemas familiares, de deudas, violencia o drogas. Se ganaban la vida como podían, y dormían en la calle o en albergues. Algunos eran captados por la mafia o por bandas criminales para prostituirlos. Neuval sabía que este era el caso de esas dos de ahí. No estaban haciendo eso por voluntad propia. Los ojos de esas dos muchachas todavía brillaban despiertos, pero sus miradas estaban idas, como buscando evadirse del mundo entre las luces y el ruido. Otra prueba fue divisar en la entrada de un callejón cercano a un par de hombres de cabeza rapada. Disimulaban, charlando entre ellos, bebiendo cerveza, pero un iris podía percibirlo todo. No paraban de mirar hacia las chicas. Las vigilaban a cada rato. Neuval conocía a ese tipo de criminales. Para manejar a los menores, también manejaban drogas.

Qué mundo tan agotador. Al observar a esas chicas tan jóvenes haciendo eso, seguramente fugadas de un hogar malo, no podía evitar pensar que, por cualquier desgracia o desvío del camino, Cleven podría haber acabado como ellas. Sólo con imaginarlo un segundo se le revolvieron las tripas.

I like you, sir —le dijo la muchacha mayor a Neuval cuando él se acercó a ellas, y se levantó la falda para mostrarle sus partes—. Do you like?

Do you like? —la imitó la otra chica más joven.

Neuval les hizo un gesto con la mano para que se cubrieran de nuevo.

—¿Qué edad tenéis?

Las dos se miraron con sorpresa al escucharlo hablar en perfecto japonés.

—Tenemos 16 —dijo la mayor.

—No. Tú tienes 16, pero tu hermana no pasa de los 14 —replicó Neuval.

Las dos chicas volvieron a mirarse y empezaron a asustarse, alejándose un paso, sin estar seguras de poder irse, ya que les habían ordenado estar ahí y no irse sin permiso. No entendían cómo este occidental había adivinado sus edades, y que eran hermanas.

—Escuchadme un momento. Sé que os están vigilando. Haced como si conversarais con un simple cliente. No voy a llamar a la policía, tranquilas.

—Señor, nosotras sólo…

—Tú —se dirigió a la menor—. Tienes marcas muy antiguas en el cuello. De hace años. ¿Te lo hizo tu padre o madre cuando eras pequeña?

La menor, desconcertada, miró afligida al suelo y se levantó el cuello de la blusa. Su hermana mayor la rodeó con un brazo, apartándola un poco de él. Intentó ver mejor el rostro de ese desconocido, pero estaba bajo la sombra de las capuchas, y sólo pudo distinguir una barba castaña clara desaliñada y una muy tenue luz blanca en donde debería estar su ojo izquierdo.

—¿Quién es usted? Por favor, déjenos.

—Os ofrezco un camino distinto. Y no es lo que pensáis. Conozco el sistema. La policía, los servicios sociales no solucionan el problema sin colas de espera ni a largo plazo.

—No volveremos con nuestros padres.

—Ni yo lo permitiría. Debéis estar donde nadie os haga más daño, ni se aprovechen más de vosotras. Estoy seguro de que a ti, especialmente —miró a la mayor—, no te hace ninguna gracia tener a tu hermana pequeña metida en esta vida. ¿No quieres algo mejor para ella?

La mayor estaba nerviosa, no entendía de dónde había salido este tipo. Miraba de reojo a los hombres de la entrada del callejón, esperando que no vinieran.

—No te preocupes por ellos. No van a volver a acercarse a vosotras desde ahora hasta el resto de vuestras vidas. Yo me encargo.

—¡No! Necesitamos ganar dinero, ellos nos dejan préstamos…

—¿Préstamos? —casi rio Neuval—. Os están manteniendo funcionales para alquilaros a pedófilos. —Sacó del bolsillo de su abrigo una tarjeta de Hoteitsuba y se la dio—. Llama a cualquiera de estos teléfonos, esta misma noche, y tendréis una cama y un techo asegurados, comida, agua corriente. No os preocupéis por los gastos.




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