Club Del Enigma

TIERRAS BASTARDAS

Tierras Bastardas.

Así fue como terminé apodando a este lugar.

Y con justa razón.

No había nada aquí que pareciera tener vida. Todo lo contrario. Todo parecía destinado a perecer: los árboles, los edificios, incluso el aire. Como si algo hubiera pasado por este lugar y hubiese arrancado la vida de raíz, dejando únicamente una copia podrida y vacía de lo que alguna vez existió.

No servía de mucho pedir ayuda.

Yo era la única persona que había encontrado allí.

O, al menos, la única que seguía con vida.

Hasta los árboles parecían muertos. Sus troncos se alzaban retorcidos hacia aquel cielo gris, mientras sus raíces sobresalían de la tierra como dedos secos que hubieran intentado escapar de ella.

Técnicamente, las Tierras Bastardas no eran más que una réplica de nuestra realidad.

Una réplica.

Pero no una copia exacta.

Había diferencias.

El sol nunca brillaba realmente. Detrás de las nubes se distinguía una claridad grisácea, semejante a la que anuncia una tormenta, solo que aquí jamás llovía. Al menos, nunca había presenciado una lluvia en este lugar.

Tampoco había visto anochecer.

No importaba cuánto tiempo permaneciera allí.

El cielo siempre tenía el mismo color.

El mismo aspecto muerto.

—Dios, qué helado está...

Me froté los brazos mientras observaba el colegio.

Era extraño verlo así.

La estructura que conocía se encontraba mucho más deteriorada. Algunas paredes parecían haber sido quemadas y las estatuas estaban cubiertas de manchas oscuras, como si algo hubiera crecido sobre ellas.

—Demonios... ¿cómo regreso?

Un gemido ahogado respondió a mi pregunta.

Me quedé inmóvil.

El sonido había llegado desde algún punto lejano.

Era un lamento lleno de sufrimiento.

Y aquello no era una buena señal.

—Lo que me faltaba... —susurré.

Me apresuré a esconderme detrás de unos escombros, cubriéndome con una capa de polvo y cenizas mientras llevaba una mano hasta mi boca.

No era la primera vez que me encontraba con aquella criatura.

De hecho, era una de las principales razones por las que odiaba llegar a las Tierras Bastardas.

Era alta.

Demasiado alta.

Su cuerpo era delgado y alargado, casi humano, pero parecía estar incompleto. Desde la distancia, entre aquella espesa neblina, uno podía confundir su silueta con la de una persona cualquiera.

Pero bastaba con observarla un poco más.

Entonces la ilusión desaparecía.

Sus brazos eran demasiado largos, tanto que casi rozaban el suelo, y sus dedos parecían estar hechos de ceniza compacta.

La criatura se deslizó entre los escombros.

No caminaba.

No exactamente.

Parecía desplazarse como una sombra.

Y con su llegada, el mundo entero pareció quedarse en silencio.

Ni siquiera podía escuchar el viento.

Entonces emitió un sonido gutural.

Sentí que algo se retorcía dentro de mi cabeza.

Era como escuchar una aguja rayando un disco directamente dentro de mis oídos.

Me cubrí la cabeza con ambas manos.

Era insoportable.

Y lo peor era que no podía permitirme hacer ningún ruido.

Apreté los dientes.

No debía respirar.

No debía moverme.

No debía existir.

Pero entonces...

La criatura se detuvo.

Giró lentamente la cabeza.

Mi corazón dejó de latir por un segundo.

Aquello que parecía ser su rostro quedó expuesto entre la niebla.

Una máscara de porcelana.

Cubierta de grietas.

Debajo de ella no había un rostro.

Solo ceniza.

Ceniza encendida.

La criatura abrió la boca.

Y gritó.

El sonido fue tan agudo que sentí como si mis tímpanos fueran a estallar.

—Mierda...

Me había escuchado.

Corrí.

No pensé.

No miré atrás.

Solo corrí hacia el interior del colegio y subí las escaleras de dos en dos.

El pasillo del segundo piso estaba hecho un desastre. Había pedazos de muro esparcidos por el suelo y algunas de las estatuas estaban completamente cubiertas por aquella extraña plaga oscura.

Entré en la primera sala que encontré.

Me escondí detrás de unos pupitres apilados y me obligué a contener la respiración.

La criatura apareció en la entrada.

No se movió.

Solo permaneció allí.

Esperando.

Contuve el aire hasta que mis pulmones comenzaron a arder.

Entonces, un ruido se escuchó a lo lejos.

La criatura giró la cabeza.

Y desapareció.

Así.

Como una sombra tragada por otra sombra.

Me quedé inmóvil durante unos segundos más.

Solo cuando estuve segura de que se había marchado, me atreví a respirar.

—Necesito volver...

Y ahí estaba el verdadero problema.

No era tan sencillo como querer regresar.

Las Tierras Bastardas no funcionaban así.

Era como intentar despertar de una pesadilla eterna.

Cuanto más desesperadamente deseabas despertar, más difícil parecía encontrar el camino.

A veces bastaba con cruzar una puerta.

Una puerta cualquiera.

Y de pronto despertabas de aquel sueño interminable.

Pero cuanto más tiempo permanecía allí, más difícil se volvía encontrar aquel lugar.

El umbral.

Era como si, poco a poco, mi propia identidad comenzara a disolverse.

Como si las Tierras Bastardas estuvieran aprendiendo a reconocerme.

O peor.

Como si estuvieran empezando a convertirme en parte de ellas.

Entonces escuché una voz.

—¿Estás bien?

Me quedé completamente inmóvil.

No había viento.

No había pasos.

Nada.

Solo aquella voz.

Suave.

Casi un susurro.

Miré a mi alrededor.

No había nadie.

—¿Quién eres?

Silencio.

Por un instante pensé que lo había imaginado.

Entonces volvió a hablar.

—No busco hacerte daño.

La voz parecía venir de todas partes y de ninguna.




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