Club Del Enigma

ouija

Aquella voz seguía siendo un enigma para mí.

Me llenaba de preguntas y, para mi desgracia, no parecía tener intención alguna de ofrecerme respuestas.

Era la primera vez que algo así ocurría.

Yo siempre me había considerado un bicho raro. Una anomalía, incluso.

Pero, por primera vez en todos estos años, existía la posibilidad de que alguien fuese incluso más extraño que yo.

Y, sinceramente, no pensaba desaprovechar aquella oportunidad.

Los siguientes días me dediqué a buscar a Eli.

No la vi por ninguna parte de la escuela.

Pregunté por ella más de una vez, pero cada vez que me dirigía al lugar donde supuestamente la habían visto, llegaba demasiado tarde.

Era como perseguir un fantasma.

Uno que atravesaba paredes y desaparecía justo cuando estaba a punto de encontrarlo.

Si quería respuestas, tendría que esforzarme un poco más.

Tal vez Eli tenía la sigilosidad de un gato.

Pero aquel chico...

Aarón.

Él probablemente no contaba con semejante habilidad.

Tal vez, solo tal vez, encontrarlo sería mucho más sencillo.

—¿Hablas de Aarón?

Una de mis compañeras me observaba mientras intentaba describirle con exactitud al chico que estaba buscando.

—Sí. ¿Lo conoces?

—No lo encontrarás en el patio. Siempre está en su club.

Fruncí el ceño.

—¿Tiene un club?

—Sí. Es algo de ciencia ficción, creo.

Lo dijo con absoluto desinterés, como si aquello fuese lo menos interesante del mundo.

—Pero si lo buscas, estoy segura de que lo encontrarás allí.

Tercer piso.

A la derecha.

Y, por supuesto, sin rampas de acceso.

Cuando dije que estaba dispuesta a esforzarme, claramente no había considerado que el universo pudiera tomárselo como un desafío personal.

Si intentaba subir caminando aunque fuera un par de escalones, probablemente terminaría desvaneciéndome nuevamente.

Y no sabía si tendría tanta suerte como la última vez.

Así que hice lo único que podía.

Me bajé de la silla y me senté directamente sobre el primer escalón.

Desde allí, fui avanzando uno por uno, ayudándome únicamente con la fuerza de mis brazos.

Era agotador.

Doloroso.

Pero tenía que llegar.

Aarón no iba a acercarse a mí por voluntad propia.

Eso ya lo había dejado bastante claro.

Así que no me quedaba otra opción.

Debía acorralarlo.

Enfrentarlo.

No habría tregua.

No habría errores.

Solo la determinación de alguien que no tenía otra alternativa.

—¿Qué crees que haces?

Levanté la mirada.

Y lo vi.

Reconocería aquella voz ronca y serena en cualquier lugar.

No había podido sacármela de la cabeza desde aquel día.

—Te buscaba.

Sonreí.

—¿No es obvio?

A juzgar por su expresión, a él no le hizo ninguna gracia.

—No tenemos nada de qué hablar.

Aarón dio media vuelta y comenzó a alejarse.

—¡Espera!

Mi voz salió con un hilo de desesperación.

Intenté ponerme de pie, aferrándome al borde de la escalera.

Aarón se detuvo.

—¿Qué quieres?

Su tono era seco.

—Yo tengo un secreto.

Lo miré fijamente.

Su rostro permaneció inexpresivo.

—Y tal parece que tú también.

Nada.

—No busco entrometerme en tu vida, pero...

—Pero eso haces.

Su respuesta fue inmediata.

Y molesta.

—Por favor.

No sabía por qué aquella palabra había salido de mi boca con tanta sinceridad.

—Solo quiero respuestas. Después puedes seguir ignorándome si quieres.

Por primera vez pareció dudar.

Fue apenas un instante.

Pero lo vi.

Y cuando finalmente volvió a mirarme, algo extraño ocurrió.

Sentí que una especie de calma se tendía entre nosotros.

Aarón bajó lentamente hacia donde había dejado mi silla de ruedas.

Yo, mientras tanto, continué avanzando.

Escalón.

Otro.

Otro más.

Solo con la fuerza de mis brazos.

El ardor en ellos era insoportable.

Sentía como si cada músculo estuviera gritándome que me detuviera.

Pero mi determinación era más fuerte.

Finalmente llegamos a la sala de su club.

Era un espacio reducido.

Las cortinas permanecían completamente cerradas, impidiendo que un solo rastro de luz entrara en la habitación.

Había un viejo pizarrón cubierto de manchas de tiza.

Varias sillas olvidadas estaban apiladas en una esquina.

Aarón entró detrás de mí.

Cerró la puerta.

Y echó el seguro.

No dijo nada.

Simplemente caminó hasta una de las mesas y se sentó sobre ella.

Yo respiré profundamente.

Había llegado hasta allí.

Ahora debía hacerlo.

—Yo padezco un raro síndrome.

Las palabras salieron lentamente.

Como si cada una fuera una confesión.

—Disautonomía.

—Un cierto porcentaje de la población la padece.

Me interrumpió con absoluta frialdad.

Lo miré.

—En eso tienes razón.

Asentí.

—La mayoría de las personas con disautonomía pueden llevar una vida relativamente normal.

Y eso era precisamente lo que yo más deseaba.

Una vida normal.

—Pero no es mi caso.

Mi voz tembló.

No aparté los ojos de él.

—Cualquier cosa, por mínima que sea, que altere mi ritmo cardíaco puede hacer que me desvanezca.

—Eso deberías hablarlo con un médico.

La sequedad de su respuesta casi me hizo reír.

—Lo hice.

Mi voz comenzó a perder fuerza.

—Con varios.

Apreté las manos sobre los apoyabrazos de mi silla.

—No sabes cuántos médicos, psiquiatras y psicólogos visité.

Intenté reír.

No pude.

—Nadie logra entender lo que veo.

El silencio cayó sobre la habitación.

Pesado.

Sofocante.

Aarón no parecía burlarse.

Tampoco parecía estar juzgándome.

Solo esperaba.

Así que continué.




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