Diana.
Juro que algún día entraré a este despacho y lo encontraré en silencio, ordenado, casi profesional. Pero hoy no es ese día. Ni mañana. Ni nunca, probablemente.
Apenas crucé la puerta, me recibió el sonido inconfundible de mi jefe, Don Ernesto Valcárcel, rebuscando entre montones de papeles como si estuviera excavando en un yacimiento arqueológico.
—¡Mi túnica! —gritó, con la desesperación de un tenor en su última aria—. ¿Dónde está mi túnica?
Me quedé quieta un segundo, observándolo girar sobre sí mismo, despeinado, con la corbata torcida y la expresión de un hombre que ha perdido no solo la túnica, sino la fe en la humanidad.
—Don Ernesto, la túnica está donde siempre —dijo Maribel, nuestra secretaria, sin apartar la vista del teclado. Ella es la única persona en este despacho que funciona antes del segundo café.
—¡Pues yo no la veo! —insistió él, abriendo cajones que claramente no habían sido abiertos desde la Guerra Fría.
Maribel se levantó, caminó tres pasos, abrió el armario que estaba justo detrás de él y sacó la túnica, perfectamente colgada.
—Aquí —dijo, con la paciencia de una santa que ya ha vivido esta escena demasiadas veces.
—Ah. Sí. Estaba… comprobando que no la hubieran movido —respondió él, recuperando la dignidad a trompicones.
Yo dejé mi café en la mesa y respiré hondo. Necesito encontrar el expediente del caso Gómez vs. Gómez, y si no aparece pronto, tendré que improvisar ante el juez, lo cual nunca es buena idea cuando los Gómez están implicados. Es una familia que podría discutir hasta por la propiedad intelectual de un tupper.
—Maribel, ¿has visto mi expediente? Lo dejé aquí anoche —pregunté, señalando mi mesa, que parecía haber sido víctima de un pequeño huracán administrativo.
—Está ahí —dijo ella, sin mirar—. O debajo. O detrás. O… en espíritu.
Me arrodillé frente a la montaña de papeles. Empecé a escarbar entre carpetas, notas adhesivas, bolígrafos sin tinta y un tupper que nadie reclama desde hace semanas. Si algún día apareciera un testamento del siglo XIX, no me sorprendería.
—Si encuentro aquí un cadáver, lo denuncio —murmuré.
—Si encuentras mi bolígrafo azul, me vale —añadió Maribel.
Ernesto se acercó, ya con la túnica puesta, y me miró con solemnidad.
—Fontaine, el orden es la base de la abogacía.
Levanté la vista, arqueé una ceja y me limpié una mota de polvo de la frente.
—Por eso intento practicarlo yo, jefe. Alguien tiene que hacerlo en este despacho.
Maribel soltó una carcajada. Don Ernesto fingió no oírla y marchó al juicio.
Volví a sumergir las manos en el caos, apartando carpetas y papeles como quien avanza a ciegas por un pantano administrativo. Mientras rebuscaba, escuché a Maribel leyendo el horóscopo en voz alta, como si fuera un boletín oficial.
—Diana, hoy el día no será como los demás —anunció, solemne.
—Todavía no lo sé, pero estoy a punto de entrar en el caso que va a poner mi vida patas arriba —respondí sin mirarla—. Ya sabes que no creo en estas chorradas.
—Pues en vano, porque a veces aciertan —se rió ella.
Justo entonces mis dedos tocaron algo familiar: el expediente perdido, aplastado bajo una carpeta de “Asuntos Urgentes” que no había sido urgente desde 2018. Lo saqué triunfalmente, pero no tuve tiempo de celebrarlo. La puerta del despacho se abrió con un clic suave, casi teatral.
Y la vi.
Una mujer entró como si pisara una pasarela invisible. Alta, impecable, envuelta en un abrigo blanco que probablemente costaba más que mi coche. Perfume caro, gafas de sol gigantes, labios delineados con precisión quirúrgica. Y esa expresión… la de alguien acostumbrada a que el mundo se incline un poco cuando ella pasa.
—Buenos días —dijo, quitándose las gafas con un gesto lento, calculado—. Busco al señor Valcárcel.
Maribel tosió. Yo también, pero lo disimulé peor.
Nunca —ni en los mejores tiempos de este despacho— había entrado alguien así. Era como ver un cisne blanco aterrizar en un gallinero.
—Él salió para un juicio —explicó Maribel, recuperándose antes que yo—. ¿Puedo ayudarla en algo?
La mujer avanzó un paso, dejando que el abrigo se abriera lo justo para revelar un vestido ajustado, elegante y completamente fuera de lugar entre nuestras grapadoras rotas y montañas de papeles.
—Soy Mónica Lebski —dijo, como si el nombre debiera iluminar la habitación—. Tenía cita con el señor Valcárcel. Necesito representación legal.
Maribel y yo nos miramos. Una clienta adinerada. En nuestro despacho. Y Ernesto, por supuesto, se había olvidado por completo de avisarnos.
—A Don Ernesto lo llamaron de urgencia… un cliente importante… —improvisó Maribel con una rapidez admirable—. Por eso no pudo recibirla personalmente.
Yo aún estaba procesando la situación cuando Maribel, con una sonrisa profesional, remató:
—Pero no se preocupe, señora Lebski. La atenderá nuestra mejor abogada: Diana Fontaine.
Me señaló como quien presenta a la ganadora de un concurso. Y antes de que pudiera protestar, abrió la puerta del despacho de Ernesto para que pasáramos.
Yo abrí la boca para decir algo, cualquier cosa, pero entonces vi la mirada suplicante de Maribel. Esa mirada que decía: por favor, no la espantes, necesitamos pagar la luz este mes.
Así que tragué mi protesta y dije:
—Sí, señora Lebski. Pase, por favor. Le tomaré la declaración.
Y así, sin quererlo, sin buscarlo y sin horóscopos de por medio, empezó el caso que iba a poner mi vida patas arriba.
Pasamos al despacho de Ernesto, que olía a café frío, papel viejo y a ese perfume indefinible que dejan los abogados cuando creen que han tenido un día productivo. Yo, por si acaso, retiré disimuladamente la taza de café del jefe, que llevaba ahí desde… bueno, desde antes de que yo entrara a trabajar aquí, probablemente.
Me senté en su silla —demasiado grande para mí, demasiado pequeña para su ego— e intenté encender el ordenador. Pulsé el botón una vez. Nada. Dos veces. Nada. Tres veces. El ordenador respondió con un pitido agónico y se apagó definitivamente, como si hubiera decidido morir justo en ese instante para fastidiarme.
Editado: 26.01.2026