CAPÍTULO 14: Alta sociedad
La limusina avanzaba entre el tráfico de Nueva York, reflejando los rascacielos en sus ventanales oscuros. Darem miraba por la ventana con los ojos muy abiertos, incapaz de ocultar la impresión.
—Vaya… —murmuró—. Es enorme. Todo es enorme.
César permanecía serio, con los brazos cruzados, mientras Chris observaba con curiosidad más contenida.
—Nunca habías venido, ¿verdad? —preguntó Chris.
Darem negó con la cabeza.
—No. Siempre veía esta ciudad en películas… pero en persona es otra cosa. —Se giró hacia Bush—. ¿Por qué estamos aquí?
Bush, desde su silla de ruedas integrada al vehículo, respondió sin rodeos:
—Trabajo.
Darem frunció el ceño.
—¿Trabajo…?
La limusina redujo la velocidad y finalmente se detuvo. Frente a ellos se alzaba un edificio colosal de cristal y acero, tan alto que parecía perderse entre las nubes. Más de sesenta pisos dominaban la avenida, con un logotipo elegante y discreto en la fachada principal:
SPECTRAL CORP
Darem alzó la cabeza lentamente.
—Es… gigantesco.
Bush activó el sistema de apertura y la puerta se deslizó con suavidad.
—Bienvenidos a la nueva Spectral Corp —dijo mientras el vehículo se abría—. A simple vista, una empresa de seguridad privada. En realidad… —hizo una breve pausa— una organización dedicada a combatir el bioterrorismo, amenazas sobrenaturales y todo aquello que los gobiernos prefieren no admitir que existe.
Chris bajó primero, observando el edificio con atención.
—¿Y qué tiene que ver esto con nosotros? —preguntó, directo.
Bush los miró uno a uno antes de responder.
—Mucho más de lo que creéis. Spectral Corp no solo observa el mundo… lo estudia, lo previene y, cuando es necesario, actúa. —Su mirada se posó en Darem y luego en César—. Y vosotros sois perfiles que no aparecen todos los días.
Darem tragó saliva, sintiendo un ligero nudo en el estómago.
—¿Nos trajiste aquí para una reunión?
Bush esbozó una sonrisa leve, casi mecánica.
—Para una presentación. La persona que dirige este lugar quiere conoceros personalmente.
César alzó una ceja.
—¿La CEO?
—Exacto —respondió Bush—. Y creedme… no es alguien a quien convenga hacer esperar.
Las puertas giratorias del edificio se abrieron ante ellos, marcando el inicio de algo que ninguno de los tres terminaría de comprender todavía.
El interior del edificio de Spectral Corp era deslumbrante. Mármol blanco pulido, paredes de cristal reforzado y luces suaves que iluminaban todo con una elegancia casi irreal. Cada paso resonaba limpio, ordenado, como si nada pudiera salirse de control allí dentro.
George W. Bush avanzó en su silla de ruedas con movimientos precisos. Los mecanismos metálicos emitían un leve zumbido mientras se detenía frente a un amplio pasillo.
—Esperad aquí —dijo con voz firme—. La sala de espera está todo recto, a la derecha. Voy a confirmar la reunión.
Señaló el pasillo y, sin más, se alejó acompañado por personal de seguridad.
Darem, César y Chris avanzaron en silencio hasta llegar a la sala indicada.
Era, sin exagerar, la sala de espera más lujosa que habían visto nunca.
Sofás de cuero oscuro perfectamente cuidados, una mesa baja de cristal con revistas tecnológicas de edición limitada, una máquina expendedora integrada en la pared con bebidas importadas y, en una esquina, un futbolín de diseño moderno, metálico y brillante.
Darem abrió los ojos con asombro.
—Esto no parece una sala de espera… parece un club privado.
Chris se sentó en uno de los sofás, dejando escapar un suspiro.
—Yo me quedo aquí. Avisadme si pasa algo.
César, en cambio, se detuvo frente al futbolín. Lo observó unos segundos y luego miró a Darem con una media sonrisa desafiante.
—¿Jugamos?
Darem arqueó una ceja.
—¿En serio? —miró el futbolín y luego a César—. Vale… pero no llores si pierdes.
César soltó una risa breve y tomó uno de los lados.
—Hablas mucho para alguien que casi se muere ayer.
Darem se colocó frente a él y agarró las barras.
—Y tú hablas mucho para alguien al que salvé.
El comentario dejó a César en silencio un segundo. Luego resopló.
—Empieza.
Darem puso la bola en juego. El sonido metálico del golpe resonó en la sala mientras ambos comenzaban a mover las barras con intensidad.
—No sabía que te gustara esto —comentó Darem mientras defendía su portería.
—No me gusta —respondió César—. Pero se me da bien.
—Claro, claro.
César atacó con fuerza, pero Darem bloqueó el disparo.
—Vaya —dijo Darem—. Parece que no eres invencible.
—No te emociones.
César recuperó la bola y lanzó un tiro rápido que casi entra.
—¡Eh! Eso fue trampa.
—Eso fue talento.
Chris los observaba desde el sofá, negando con la cabeza.
—Parecéis niños —murmuró—. Literalmente niños.
Darem logró un gol limpio. La bola chocó contra el fondo de la portería con un sonido seco.
—Uno a cero —dijo, sonriendo.
César apretó los labios, pero no apartó la mirada del juego.
—No cantes victoria.
Darem no perdió el tiempo, apoyó las manos en las barras del futbolín y empezó a girarlas con una energía desmedida, casi caótica.
—Eh, eh, para, así no vale —protestó César, intentando reaccionar.
Pero ya era tarde.
Gol.
La bola entró directa.
—Uno —dijo Darem, con una sonrisa divertida.
César frunció el ceño y volvió a colocarse.
—Ha sido suerte.
Darem no respondió. Volvió a girar las barras como un poseso.
Gol.
Gol.
Gol.
—¿Pero qué…? —César empezó a ponerse nervioso—. ¿Desde cuándo sabes jugar así?
—No sé —respondió Darem encogiéndose de hombros—. Solo… giro y pasa.
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Editado: 02.02.2026