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CAPÍTULO 16: El cuerpo de los recuerdos

CAPÍTULO 16: El cuerpo de los recuerdos

En una sala secreta, oculta en algún punto indeterminado de Alemania, la luz era tenue y artificial. Las paredes de hormigón estaban cubiertas de símbolos antiguos y cables modernos que convivían en una armonía inquietante. En el centro, Alex permanecía sentado en una silla metálica, con el torso descubierto. Sus brazos mostraban quemaduras recientes, la piel ennegrecida y agrietada, aún humeante en algunos puntos.

Apretó los dientes, furioso.

—Maldito sol… —escupió con desprecio—. No se suponía que esto debía afectarme así. No de esta forma.

A unos pasos de él, una anciana de espalda encorvada y mirada profunda se movía con calma. Su rostro estaba surcado por arrugas, pero sus ojos conservaban una lucidez inquietante. Era su sirviente, aunque la palabra se quedaba corta; más que obediencia, lo que la unía a Alex era conocimiento.

—Te precipitas —dijo con voz rasposa pero serena—. Tu cuerpo aún no ha terminado de adaptarse.

Alex giró el rostro hacia ella, irritado.

—¿Adaptarse? —rió sin humor—. Fui reconstruido para ser perfecto. Para no tener límites.

La anciana negó lentamente con la cabeza.

—No eres un cuerpo cualquiera. Lo que habitas no nació para ti. —Se acercó un poco más—. Ese cuerpo perteneció a Fénix Roger. Y Fénix no fue solo un hombre.

Alex frunció el ceño, escuchando a regañadientes.

—Dentro de él residió el Décimo Engendro —continuó ella—. Además, fue el recipiente de Adán. Aunque haya muerto hace décadas, quedaron remanentes. Huellas. Ecos que aún viven en la carne.

Alex bajó la mirada hacia sus propias manos, crispándolas.

—¿Y eso qué tiene que ver con que el sol me queme?

La anciana sonrió levemente.

—Todo. Al principio, tu cuerpo rechaza lo que no comprende. El sol no te daña por debilidad, sino por conflicto. Las partes de ti aún no han decidido qué eres.

Se apoyó en su bastón y añadió:

—Piénsalo así: si colocas un motor antiguo en una máquina moderna, al principio no funcionará en sincronía. Se forzará, fallará, se romperá… hasta que se adapte o sea reemplazado. Tú estás en ese proceso.

Alex guardó silencio. Su rabia seguía allí, pero ahora estaba mezclada con algo más: expectativa.

—¿Y dices que… con el tiempo…? —preguntó finalmente.

—Con el tiempo —afirmó la anciana— podrás usar habilidades que Fénix utilizó en vida. No todas, pero sí algunas. Cuando tu cuerpo termine de aceptarte… el sol dejará de ser un problema menor.

Alex alzó lentamente la cabeza y sonrió, una sonrisa peligrosa.

—Entonces solo es cuestión de esperar.

La anciana inclinó la cabeza.

—Siempre lo fue.

La anciana lanzó la bolsa de sangre y esta describió un arco torpe antes de caer contra el pecho de Alex. El líquido golpeó con un sonido espeso. Él la atrapó con una mano, apretándola sin demasiada delicadeza.

—No es solo el sol —dijo Alex, molesto—. He estado soñando cosas raras. No son habilidades ni visiones mías. Son recuerdos. Lugares, voces, sensaciones… cosas que yo no viví.

La anciana no se inmutó. Permaneció de pie, apoyada en su bastón, observándolo con una calma que rozaba lo inquietante.

—No son tus recuerdos —respondió—. Son recuerdos del cuerpo.

Alex frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tiene —replicó ella—, solo que los humanos se empeñan en separarlo todo. Alma por un lado, carne por otro. Vida y muerte como conceptos opuestos. Pero no funcionan así.

Alex pinchó la bolsa con una uña y bebió un poco de sangre, sin apartar la mirada de la anciana.

—Explícate.

La mujer dio un paso lento hacia él.

—El cuerpo no es un recipiente vacío. Cada célula guarda memoria. Dolor, amor, miedo, decisiones. Cuando un alma habita un cuerpo durante suficiente tiempo, deja huellas. Y cuando ese cuerpo vuelve a caminar… esas huellas despiertan.

Alex bajó la vista hacia sus propias manos, como si no las reconociera del todo.

—Entonces… ¿eso que veo…?

—Es Fénix —dijo ella sin rodeos—. No él como conciencia, sino lo que quedó grabado. Sus recuerdos no te pertenecen, pero el cuerpo los recuerda igual que recuerda cómo respirar o cómo cerrar una herida.

Alex apretó los dientes.

—No me gusta.

La anciana esbozó una leve sonrisa.

—No tiene por qué gustarte. Pero te beneficia. Por eso el sol te quema menos que a otros. Por eso tu regeneración es distinta. Y por eso, con el tiempo, podrías reproducir cosas que él hizo sin saber cómo ni por qué.

Alex alzó la mirada, intrigado pese a sí mismo.

—¿Un ejemplo?

La anciana señaló su pecho.

—Un soldado puede morir, pero su cuerpo recuerda cómo disparar. Un músico pierde la memoria, pero sus dedos recuerdan la melodía. Tú sueñas porque el cuerpo recuerda una vida que no fue la tuya.

Hubo un breve silencio.

Alex bebió el resto de la bolsa y la dejó caer al suelo.

—Así que no estoy perdiendo la cabeza.

—No —confirmó ella—. Estás despertando junto con el cuerpo que robaste.

Alex sonrió, una sonrisa torcida, cargada de incomodidad y expectación.

—Entonces supongo que tendré que acostumbrarme a convivir con fantasmas.

La anciana inclinó la cabeza.

—Con el tiempo —dijo— dejarán de ser fantasmas y se convertirán en herramientas.

Alex se recostó contra la pared, cerrando los ojos un instante.

—Perfecto —murmuró—. Que siga soñando, entonces.

Alex alzó la mano con lentitud, extendió el dedo índice y lo apuntó hacia la pared de piedra frente a él.

Durante un segundo no ocurrió nada.

Luego, el aire vibró.

Un estallido seco sacudió la sala y la pared se destrozó desde el centro hacia afuera, como si hubiera sido golpeada por una fuerza invisible. Fragmentos de piedra salieron disparados y se estrellaron contra el suelo con estruendo, dejando un cráter irregular donde antes solo había muro.




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