CAPÍTULO 17: El pozo
Año 2069.
La casa Sentinel era demasiado grande para un niño de seis años. Los pasillos parecían interminables y el eco de sus propios pasos acompañaba a César mientras caminaba con una hoja en la mano, apretándola con ilusión. Sonreía. Había sacado buenas notas y quería enseñárselas a su padre.
Llegó frente a la puerta del despacho. Era alta, de madera oscura, siempre cerrada. Tocó con cuidado.
—Papá… —dijo asomando la cabeza.
Su padre estaba sentado tras un escritorio enorme, rodeado de pantallas y documentos. Apenas levantó la vista.
—¿Qué quieres?
—Mira, saqué buenas notas —dijo César, acercándose y extendiendo el papel con orgullo.
El hombre lo miró solo un segundo, lo justo para fruncir el ceño.
—Eso es tu obligación. No es nada especial —respondió con frialdad—. Ahora vete. Estoy ocupado.
César se quedó quieto un instante, esperando algo más. Una sonrisa, una palmada, cualquier cosa. No llegó nada.
—Sí, señor… —murmuró.
Salió del despacho y cerró la puerta con cuidado. El pasillo volvió a sentirse enorme. Había sirvientes limpiando, otros caminando con bandejas, pero ninguno le prestó atención. Nadie lo hacía nunca.
El niño bajó la mirada y siguió caminando, con la hoja aún en la mano, hasta que una voz firme lo detuvo.
—César.
Era su madre. Estaba de pie, recta, impecable, con un libro grueso bajo el brazo.
—Ven —ordenó—. Es hora de estudiar.
César la siguió hasta una sala más pequeña, llena de estanterías. Libros antiguos, símbolos extraños y retratos de hombres serios colgaban de las paredes.
—Hoy continuaremos con la historia de tu abuelo —dijo ella, dejando el libro sobre la mesa—. Darem Sentinel.
Los ojos del niño se iluminaron un poco.
—¿El más fuerte? —preguntó con curiosidad.
—El más importante —corrigió ella—. Debes aprender quién fue y contra qué luchó. El mundo no es solo lo que ves.
Abrió el libro y comenzó a señalar ilustraciones: criaturas deformes, símbolos rituales, nombres subrayados.
—Existen seres que no son humanos. Vampiros, engendros, anomalías —explicó—. Tu familia ha luchado contra ellos durante generaciones. Es tu legado.
César escuchaba en silencio, balanceando las piernas desde la silla. No entendía del todo aquellas palabras, pero sentía el peso que había en ellas. No eran cuentos. No eran historias para dormir.
—Tienes que ser mejor —continuó su madre, mirándolo fijamente—. Más fuerte. Más preparado. No puedes permitirte debilidad.
El niño asintió despacio.
—Sí, mamá…
Miró el libro, luego la hoja de sus notas, que aún sostenía arrugada entre los dedos. La dejó sobre la mesa sin decir nada más.
Afuera, la casa seguía llena de gente, pero César Sentinel estaba solo.
César caminó despacio por el jardín, con el cuaderno todavía apretado contra el pecho. El césped estaba perfectamente cortado, los árboles alineados, todo en su sitio… como siempre. Se sentó en un banco de piedra y bajó la mirada.
Dicen que tengo que ser grande, pensó. Grande como el abuelo Darem. Fuerte. Importante. Alguien del que hablen los libros.
Había oído esa historia tantas veces que ya podía repetirla de memoria. Batallas, enemigos, honor, sangre y sacrificio. Siempre lo mismo. Siempre el mismo nombre resonando como una orden.
Pero yo no sé si quiero eso.
Le gustaba dibujar. Le gustaba correr sin que nadie le marcara el ritmo. Le gustaba imaginar mundos distintos, lugares donde no tuviera que demostrar nada a nadie. A veces soñaba con viajar lejos, tan lejos que nadie supiera quién era su familia.
Quiero ser alguien normal, se dijo en silencio. O alguien feliz.
Le dolía saber que, hiciera lo que hiciera, nunca sería suficiente. Las notas no eran un logro, eran una obligación. El estudio no era una elección, era un deber. Incluso sus sueños parecían pertenecer a otros.
Si digo lo que quiero, se enfadarán.
Si fallo, se decepcionarán.
Si obedezco… dejaré de ser yo.
César despertó de golpe, con el pecho subiendo y bajando de forma desordenada. El sudor le empapaba la frente y las sábanas estaban revueltas, como si hubiese estado luchando incluso dormido. Tardó unos segundos en reconocer el techo gris de la habitación del complejo en Washington D. C.
No estaba en aquella casa enorme del pasado.
No era un niño.
Había sido solo una pesadilla.
—Te movías bastante —dijo una voz tranquila.
César giró la cabeza y vio a Darem sentado en la cama de enfrente. Tenía en las manos una libreta abierta, llena de dibujos a lápiz. Criaturas deformes, símbolos extraños, figuras humanas en combate. No eran dibujos infantiles; tenían detalle, intención y una violencia contenida que llamaba la atención.
—Oye… —añadió Darem—. Dibujas muy bien. En serio. Esto está increíble.
César se incorporó de golpe.
—Dame eso.
Se levantó, le arrebató la libreta de las manos y la cerró con brusquedad. Tenía el rostro tenso y la respiración aún acelerada.
—No era para que lo vieras —gruñó.
Darem levantó las manos, sin molestarse.
—Tranquilo, no me estaba burlando. Al contrario. —Lo miró con sinceridad—. Deberías dibujar más. Se nota que se te da bien.
César apartó la mirada. Se pasó una mano por el cabello húmedo y notó cómo el sudor le recorría la nuca. Todavía tenía la sensación de estar atrapado en aquel sueño, con las voces de sus padres y las sombras del pasado apretándole el pecho.
—Solo fue una pesadilla —murmuró, más para sí mismo que para Darem.
Darem lo observó unos segundos, sin insistir.
—Sea lo que sea… —dijo al final—, más vale despejar la cabeza. Ya es hora de ir al entrenamiento de siempre.
César asintió despacio. Se levantó de la cama, respiró hondo y agarró la libreta con más fuerza de la necesaria.
#1725 en Fantasía
#816 en Personajes sobrenaturales
#766 en Thriller
terror, terror drama realidad triste, terror fantasia locura
Editado: 02.02.2026