CAPÍTULO 18: El pozo-2
Habían pasado ya cuatro horas desde que la prueba había comenzado.
El pozo seguía iluminado por focos fríos incrustados en las paredes, y el sonido del agua subiendo lentamente se había vuelto constante, casi desesperante. El nivel ya cubría varios metros desde el fondo, obligándolos a no cometer ni un solo error.
Chris Mercer era quien iba más adelantado. Había escalado aproximadamente dieciocho metros de los veinticinco. Su respiración era pesada, pero su técnica era constante, medida, casi metódica. Cada movimiento estaba calculado.
Un poco más abajo se encontraba César Sentinel, a unos dieciséis metros. Sus brazos temblaban por el esfuerzo, pero se negaba a mirar hacia abajo. La sola idea de quedar por detrás de los demás le resultaba insoportable.
Muy por debajo de ellos estaba Darem Roger.
Había conseguido subir apenas diez metros. Sus manos estaban enrojecidas, los músculos le ardían y cada intento de avanzar parecía costarle el doble que a los otros. Miró hacia abajo un instante y vio el agua, ya peligrosamente cerca, reflejando la luz como una amenaza silenciosa.
En una sala de control, detrás de un cristal reforzado, George W. Bush observaba las pantallas con atención. Su rostro era serio, sin rastro de burla ni compasión. Tras unos segundos, activó el micrófono.
—Atención, participantes —anunció con voz firme—. A partir de ahora, el nivel del agua comenzará a subir más rápido.
El eco de sus palabras descendió por el pozo como una sentencia.
Darem tragó saliva, apretó los dientes y volvió a aferrarse a la pared. La prueba acababa de volverse mucho más cruel.
Darem apretó los dientes y forzó el cuerpo a moverse más rápido. Sus brazos temblaban, los dedos resbalaban dentro de los diminutos huecos de la pared húmeda. En un mal movimiento, su pie perdió apoyo y quedó colgado de una sola mano, balanceándose peligrosamente sobre el agua oscura.
—¡Darem! —gritó César desde arriba, con la voz cargada de tensión—. ¡No te quedes ahí, sube!
Darem alzó la mirada, el agua ya rozándole el pecho.
—Estoy intentando… —respondió con esfuerzo—. No es tan fácil como parece desde ahí arriba.
El nivel del agua siguió subiendo, implacable. Primero le cubrió el torso, luego el cuello. Darem buscó a ciegas un nuevo agarre con la mano libre, pero la pared estaba demasiado resbaladiza.
—¡Darem, mírame! —insistió César—. Usa la pierna derecha, hay un hueco un poco más arriba, lo vi antes.
—Ya… —murmuró Darem, jadeando—. Gracias…
Pero el agua no esperó.
Una ola le cubrió el rostro y, en un instante, su cuerpo fue arrastrado hacia abajo. La mano que lo sostenía perdió fuerza y Darem desapareció bajo la superficie con un chapuzón seco.
—¡DAREM! —gritó César con desesperación.
Solo quedó el eco de su voz rebotando en las paredes del pozo. El agua siguió subiendo lentamente, como si nada hubiera pasado.
César cerró los ojos con fuerza.
Ya sabía lo que eso significaba.
César continuó escalando con los dientes apretados, las manos temblándole por el esfuerzo y por lo que acababa de ocurrir. El agua seguía subiendo, fría, implacable, golpeando las paredes del pozo.
—¡Darem! —gritó Chris desde más arriba—. ¡Darem, respóndeme!
No hubo respuesta.
Solo el eco del pozo y el sonido del agua.
Chris se giró como pudo, clavando los dedos en uno de los pequeños orificios de la pared, y miró hacia abajo buscando desesperadamente.
—César… —dijo con la voz tensa—. ¿Dónde está Darem?
César no respondió de inmediato. Su respiración era irregular, y su mirada estaba fija en la oscuridad inferior, como si aún esperara verlo emerger.
—Se cayó… —murmuró al final—. El agua lo cubrió por completo.
Chris apretó los dientes.
—Mierda… —susurró—. No puede haber muerto así. No… no Darem.
—No lo vi salir —continuó César, con rabia contenida—. Y el agua ya estaba demasiado alta. —Golpeó la pared con el puño—. ¡Maldita sea!
Desde los altavoces no llegó ninguna voz. Bush no intervino. La prueba seguía su curso, indiferente.
—Tenemos que seguir subiendo —dijo Chris, obligándose a mantener la calma—. Si nos detenemos, acabaremos igual.
César tragó saliva.
—Lo sé… —respondió—. Pero si esto es así… —apretó los puños.
En el fondo del pozo, Darem yacía completamente sumergido. El agua era fría, pesada, y le comprimía el pecho como si quisiera aplastarlo contra el suelo de cemento. No sabía nadar; nunca lo había aprendido. Sus pies tocaron fondo y ese simple contacto le dio una falsa sensación de estabilidad que se desvaneció al instante.
El aire comenzó a quemarle los pulmones.
Su corazón latía desbocado, tan fuerte que parecía querer salirse del pecho. La visión se le volvió borrosa, los bordes se oscurecieron y un zumbido constante empezó a invadirle la cabeza. Estaba entrando en pánico, lo sabía, y eso solo empeoraba todo.
No… no así.
La idea lo golpeó con más fuerza que la falta de oxígeno.
Esto es ridículo. Acabar así es humillante. Vergonzoso. Ahogarme en una prueba… ni siquiera en una misión de verdad.
Sus manos temblaron, pero aun así las apoyó contra la pared del pozo. El cemento estaba resbaladizo, pero los diminutos agujeros seguían allí. Forzó a su cuerpo a moverse, a obedecer, aunque cada segundo que pasaba le dolía como si le clavaran agujas en los pulmones.
Empujó con las piernas.
Arañó la pared.
Subió apenas unos centímetros.
El cuerpo empezó a traicionarlo. Los músculos se le entumecían y la cabeza le daba vueltas. Sabía lo que venía después: primero la confusión, luego el apagón.
Calculó a duras penas el tiempo que le quedaba.
Treinta… no, quizá cuarenta segundos. Como mucho.
Cuarenta segundos para subir lo suficiente como para no perder la conciencia. Cuarenta segundos para no convertirse en el fracaso del proyecto. Para no morir allí abajo, solo y olvidado.
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Editado: 02.02.2026