CAPÍTULO 20: La partida-1
En el puerto de Berlín, bajo un cielo grisáceo y cargado de nubes bajas, la actividad no se detenía. Grúas enormes se movían de un lado a otro mientras decenas de trabajadores portuarios cargaban contenedores con destino a Washington D. C. El sonido metálico de las cadenas, el crujir de la madera y las órdenes gritadas se mezclaban con el rumor constante del agua golpeando el muelle.
—Vamos, más rápido con esas cajas —ordenó uno de los capataces—. El barco zarpa en una hora.
Entre los contenedores estándar, había algo que no encajaba del todo. Un ataúd de gran tamaño, fabricado con un metal oscuro y reforzado con remaches gruesos y sellos industriales. No tenía símbolos religiosos ni marcas visibles, solo un número de identificación y varias etiquetas de advertencia.
Dos estibadores se detuvieron un segundo frente a él.
—¿Has visto esto antes? —preguntó uno, frunciendo el ceño.
—No… pero mira las indicaciones —respondió el otro, señalando una placa—. “No abrir bajo ninguna circunstancia”.
El primero tragó saliva.
—Ni ganas me dan. Esto no parece nada normal.
—Mientras paguen, que sea lo que sea —replicó el segundo, intentando sonar despreocupado—. Además, está reforzado como una caja fuerte.
Con esfuerzo, engancharon el ataúd a la grúa. El metal chirrió levemente al elevarse, como si algo en su interior reaccionara al movimiento. Ninguno de los trabajadores lo notó, o quizá prefirieron no hacerlo.
El ataúd fue depositado en la bodega del barco, asegurado entre otras cargas. Las puertas se cerraron con un golpe seco, y el buque continuó con los preparativos de salida.
Desde fuera, todo parecía un envío más.
Pero aquel cargamento no era mercancía común.
Y su destino marcaría el comienzo de algo que nadie en el puerto podía imaginar.
3:33 a. m.
La cabina del capitán permanecía tenuemente iluminada por las luces del panel de navegación. Fuera, el océano se extendía como una masa oscura e infinita, apenas reflejando el brillo de la luna entre las nubes. El motor del barco vibraba con un zumbido constante, creando una sensación casi hipnótica.
Sentada en una de las butacas, la esposa del capitán sostenía una taza de café ya casi frío. Llevaba horas despierta, incapaz de conciliar el sueño. Él, de pie junto al ventanal, observaba el horizonte con los brazos cruzados.
—De verdad creo que deberíamos ir a Grecia para la luna de miel —dijo ella, rompiendo el silencio—. Santorini, las playas, las casas blancas… siempre soñé con eso.
El capitán suspiró sin girarse.
—Ya hablamos de esto. Yo preferiría algo más tranquilo. Tal vez el norte, algo sin tanto turismo.
—Siempre buscas lo práctico —replicó ella, con una ligera sonrisa que se desvaneció rápido—. Es nuestra luna de miel, no una misión de trabajo.
Él se giró lentamente.
—No digo que no viajemos, solo que quiero algo sencillo.
Ella apoyó la taza sobre la mesa y dudó un instante antes de hablar.
—Y también quiero hablar de algo más… —dijo en voz baja—. Quiero tener hijos.
El aire en la cabina pareció volverse más pesado.
El capitán frunció el ceño de inmediato.
—No. No quiero hijos.
—¿Cómo que no? —preguntó ella, sorprendida—. Pensé que al menos lo considerarías.
—Mi vida es este barco, el mar, los riesgos constantes —respondió con firmeza—. No voy a traer un niño a este mundo para no estar nunca presente o para exponerlo a una vida llena de peligros.
Ella apretó los labios, intentando contener la frustración.
—Podríamos organizarnos. No todo tiene que girar alrededor del trabajo. Yo quiero una familia, quiero escuchar una casa con risas, no solo motores y silencio.
—Yo no —sentenció él—. No quiero esa responsabilidad.
El silencio volvió a instalarse entre ambos, cargado de tensión. Solo el murmullo del océano y el latido constante del barco acompañaban la discusión sin resolver.
Dos visiones distintas, dos deseos enfrentados…
y una distancia emocional que comenzaba a hacerse tan profunda como el propio mar.
En la zona de carga, el viento comenzaba a soplar con más fuerza. Las nubes oscuras anunciaban una tormenta inminente, y uno de los trabajadores se apresuraba a asegurar los contenedores con cuerdas reforzadas, siguiendo el protocolo de seguridad.
—Maldita sea… —murmuró mientras tensaba una de las correas.
Sin querer, el nudo quedó mal ajustado. La cuerda se deslizó de golpe y uno de los contenedores se movió bruscamente, provocando que una estructura metálica cayera con fuerza sobre un ataúd grande y reforzado.
El golpe resonó en todo el muelle del barco.
—Genial… justo lo que faltaba —se quejó el trabajador, acercándose para comprobar si había algún daño.
El ataúd permanecía cerrado, aparentemente intacto.
Pero entonces…
Un leve crujido rompió el silencio.
Desde una pequeña abertura, una mano pálida emergió lentamente. Los dedos se flexionaron con movimientos antinaturales, como si despertaran de un largo letargo. El trabajador retrocedió un paso, con el corazón acelerado.
La tapa se desplazó apenas unos centímetros más.
De la oscuridad surgió un rostro de piel clara, cabello blanco y vestimenta de estilo gótico. Sus ojos brillaban con una intensidad inquietante.
Era Alex.
Alex inhaló profundamente, como si saboreara el aire cargado de sal y metal. Sus labios se curvaron en una expresión satisfecha, y se los relamió con lentitud.
—Vaya… —susurró—. Creo que desperté con un poco de hambre.
Antes de que el trabajador pudiera reaccionar, Alex se movió con una velocidad imposible. En un instante estuvo frente a él. El hombre apenas alcanzó a emitir un sonido ahogado antes de que sus fuerzas comenzaran a abandonarlo, como si algo le estuviera siendo arrebatado desde lo más profundo.
Segundos después, el cuerpo quedó inerte en el suelo.
#1725 en Fantasía
#816 en Personajes sobrenaturales
#766 en Thriller
terror, terror drama realidad triste, terror fantasia locura
Editado: 02.02.2026