CAPÍTULO 21: La partida-2
En el área de descanso, varios trabajadores se encontraban reunidos alrededor de una mesa improvisada, jugando a las cartas para matar el tiempo mientras la tormenta comenzaba a azotar el casco del barco. El ambiente estaba cargado de risas cansadas, olor a café viejo y el constante crujido del metal.
—Te digo que Gregor está haciendo trampa… siempre desaparece cuando toca limpiar —bromeó uno de ellos, lanzando una carta sobre la mesa.
—Sí, ya lleva rato sin aparecer —respondió otro, frunciendo el ceño—. Fue a asegurar unos contenedores y no volvió.
—Seguro se quedó fumando a escondidas —agregó un tercero, provocando algunas risas.
En ese instante…
La puerta del área de descanso salió despedida con un estruendo brutal, chocando contra la pared y deformándose como si hubiera sido golpeada por una fuerza descomunal.
Las luces parpadearon violentamente.
Y, de pronto, todo quedó en absoluta oscuridad.
—¿Qué demonios fue eso? —susurró una voz, temblorosa.
Solo se escuchaba el rugido lejano del viento y el golpeteo de la lluvia contra el casco del barco. El silencio se volvió pesado, opresivo, como si algo invisible estuviera observándolos.
Uno de los trabajadores, con manos nerviosas, sacó un encendedor.
El chasquido del metal resonó en la penumbra.
Una pequeña llama iluminó el espacio.
Frente a ellos, a apenas un par de metros, se alzaba una figura inmóvil. Su silueta era alta, delgada, con el cabello claro cayendo sobre el rostro. Sus ojos reflejaban la luz del fuego con un brillo antinatural.
El terror paralizó a todos.
Nadie alcanzó a gritar.
En una fracción de segundo, la llama se apagó.
La oscuridad los devoró por completo.
Un silencio absoluto se apoderó del lugar.
Instantes después, las luces regresaron con un zumbido eléctrico.
El área de descanso apareció bañada por una iluminación fría… y el horror quedó al descubierto.
Los cuerpos de los trabajadores yacían esparcidos por el suelo en posiciones imposibles, con expresiones congeladas de pánico. Las cartas estaban manchadas, la mesa volcada, el aire impregnado de un olor metálico y denso.
No había señales de lucha.
No había ruido.
Solo muerte.
Y ninguna pista de la figura que había estado allí segundos antes.
Los pasillos del barco se habían convertido en un rastro silencioso de destrucción. La sangre marcaba el camino como una huella macabra, y la tripulación, una a una, había dejado de existir. Donde antes había voces, pasos y órdenes, ahora solo quedaban cuerpos inmóviles y un silencio pesado, interrumpido únicamente por el rugido de la tormenta.
En la cabina del capitán, la esposa permanecía sentada en una de las sillas, abrazándose a sí misma mientras miraba el reloj con impaciencia.
—Está tardando demasiado… —murmuró, inquieta.
Su marido había salido a revisar una alarma en la zona de carga, prometiendo regresar en unos minutos. El tiempo, sin embargo, parecía estirarse de forma incómoda.
De pronto, la puerta se abrió de golpe.
La mujer alzó la vista… y el aire se le quedó atrapado en la garganta.
Un sujeto empapado en sangre se encontraba en el umbral. Su mirada era fría, casi indiferente. En una de sus manos sostenía la cabeza del capitán, aún con la expresión congelada del último instante.
El mundo de la mujer se derrumbó en un segundo.
—¡No… no… no! —gritó con desesperación, retrocediendo hasta chocar contra la pared.
El desconocido ladeó la cabeza, observándola con una curiosidad casi infantil.
—Hola —dijo con total calma.
El grito de la mujer se volvió más agudo, roto por el pánico. Tomó lo primero que encontró a su alcance y comenzó a lanzárselo: un portapapeles, una taza, un pequeño dispositivo de navegación. Nada parecía afectarlo. Los objetos rebotaban o caían al suelo sin que él siquiera pestañeara.
Ella se arrinconó en una esquina, temblando, con la respiración descontrolada y los ojos llenos de terror.
Alex suspiró con fastidio, como si la escena le resultara una molestia trivial.
—Las mujeres son muy molestas —comentó, con un tono plano, casi aburrido.
Su mirada se endureció apenas un instante, mientras el eco del miedo llenaba la cabina y la tormenta golpeaba el exterior como un presagio de algo aún peor.
La mujer, dominada por el pánico y la desesperación, buscó a ciegas algo más para defenderse. Sus dedos encontraron una pequeña navaja de emergencia sobre una repisa. Sin pensarlo, la lanzó con todas sus fuerzas.
La hoja silbó en el aire.
Alex ladeó el cuerpo con un movimiento limpio y preciso. La navaja pasó a centímetros de su rostro y se clavó en la pared metálica detrás de él.
—Tienes agallas —comentó, mirándola con una leve mueca que rozaba la diversión.
La mujer respiraba de forma entrecortada. Las lágrimas corrían por su rostro, pero sus ojos seguían fijos en él, temblando de miedo y rabia al mismo tiempo.
—¡Aléjate de mí! —gritó con la voz quebrada—. ¡No me hagas nada, por favor!
Alex avanzó un paso, sin prisas, con la cabeza ligeramente inclinada.
—Tu esposo era un idiota —dijo con frialdad—. Negarse a tener hijos… desperdiciar una vida así.
Las palabras la golpearon de una forma inesperada. Su expresión cambió, mezclando sorpresa, dolor y una tristeza contenida.
—Yo… yo nunca lo quise —confesó en un hilo de voz—. Intenté quererlo, de verdad… pero nunca pude. Mis padres me obligaron a casarme con él. Nunca tuve elección.
El silencio se volvió denso entre ambos.
Alex la observó durante unos segundos, como si evaluara cada una de sus palabras. Luego, de forma inesperada, se arrodilló frente a ella, quedando a la altura de su mirada.
—Entonces te concederé un deseo —dijo con un tono suave, casi solemne—. El que tú quieras.
La mujer tragó saliva. Sus manos temblaban, pero algo en esa propuesta despertó una chispa de anhelo profundo, enterrado durante años.
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Editado: 02.02.2026