CAPÍTULO 24: La interupcion-2 final
El portal comenzó a rechinar de forma antinatural.
Un sonido grave, metálico y distorsionado llenó la sala, como si el propio espacio estuviera desgarrándose. La energía del vórtice se volvió inestable y, en cuestión de segundos, empezó a absorber todo a su alrededor, formando una fuerza de succión similar a un agujero negro.
Las alarmas estallaron.
Las luces parpadearon.
—¡¿Qué está pasando?! —gritó Chris, intentando aferrarse a una baranda.
César apenas logró clavar los dedos en el suelo, pero la fuerza era imposible de resistir.
—¡Darem, agárrate! —alcanzó a gritar.
No hubo tiempo.
La gravedad desapareció.
Chris, Darem, César y Alex fueron arrancados del suelo y arrastrados violentamente hacia el interior del portal, girando entre fragmentos de metal, chispas y restos de la sala.
En ese mismo instante, un enorme escombro cedió desde el techo y cayó con un estruendo brutal sobre el generador del portal, aplastándolo y provocando un estallido de energía que selló la abertura de golpe.
Silencio.
Oscuridad.
Y luego… nada.
Los cuatro flotaban en un espacio intermitente, una especie de vacío deformado donde no existía arriba ni abajo. Corrientes de luz distorsionada cruzaban como ríos de energía, y el entorno parecía avanzar a una velocidad imposible, como si fueran proyectiles lanzados a través del propio tejido del universo.
El cuerpo no pesaba.
El tiempo no se sentía.
Solo el desplazamiento.
Alex reaccionó primero.
Giró en el aire con una agilidad antinatural y quedó justo encima de Darem. Sus uñas se alargaron nuevamente y, sin dudarlo, las hundió en el hombro de Darem.
—¡Maldito…!
La sangre flotó en pequeñas esferas carmesí alrededor de ambos.
Darem soltó un grito ahogado de dolor, pero reaccionó por puro reflejo. Reunió las últimas fuerzas que le quedaban y lanzó un brutal cabezazo directo al rostro de Alex.
El impacto fue seco, contundente.
Un crujido resonó incluso en aquel vacío sin aire.
La nariz de Alex se rompió al instante, desviándose grotescamente. Su cuerpo salió despedido, girando descontrolado y alejándose de la trayectoria principal del flujo espacial.
Alex desapareció entre las corrientes de luz, dando vueltas sin poder estabilizarse.
El dolor y el agotamiento vencieron a Darem.
Su cuerpo quedó flotando sin resistencia, los ojos perdiendo enfoque hasta cerrarse por completo.
La consciencia se apagó.
Mientras tanto, una intensa luz comenzó a envolver a Chris, a César y al propio Darem, como si el espacio mismo los estuviera seleccionando, separándolos del caos.
Un resplandor cálido, cegador, los absorbió lentamente…
Y el vacío volvió a temblar.
Finales de 2063.
Un hospital de Berlín, silencioso, bañado por una luz blanca y suave. El aire olía a desinfectante y a calma artificial. Darem se encontraba de pie en medio del pasillo, inmóvil, observando sus propias manos.
No recordaba cómo había llegado allí.
No había puertas abiertas, ni pasos, ni recuerdos previos. Solo ese lugar.
Intentó tocar la pared.
Su mano la atravesó.
Un escalofrío recorrió su espalda.
Nadie lo veía.
Nadie percibía su presencia.
Era como un espectro, una sombra atrapada entre fragmentos del tiempo. Comprendió que no se trataba de un sueño común, sino de una ilusión provocada por el viaje a través del espacio-tiempo. Un eco del pasado, una memoria ajena que estaba presenciando sin poder intervenir.
Entonces escuchó voces.
Risas suaves, murmullos familiares, un tono cálido que contrastaba con el silencio del pasillo. Provenían de una habitación cercana. Darem avanzó instintivamente hacia allí.
Al asomarse, su corazón se detuvo.
Dentro de la habitación estaba Lilith, muchos años más joven, con el rostro lleno de vida y una sonrisa sincera. A su lado se encontraba un hombre que Darem reconoció de inmediato como su padre, sosteniendo entre sus brazos a un bebé recién nacido. Cerca de la cama, apoyado contra la pared con los brazos cruzados, estaba Alucard, con una expresión tranquila, poco habitual en él.
—Es increíble… —murmuró el padre, mirando al bebé con una mezcla de nervios y emoción—. Todavía no puedo creer que ya esté aquí.
Lilith se acercó, observando al pequeño con ternura.
—Es fuerte —dijo con una sonrisa orgullosa—. Se nota en la mirada, aunque apenas haya abierto los ojos.
Alucard soltó una pequeña risa nasal.
—Eso suena peligrosamente a una sentencia de problemas futuros.
—No seas dramático —replicó Lilith—. Además, míralo bien.
Se inclinó un poco más, examinando el rostro del bebé.
—Tiene algo… se parece mucho a su abuelo.
El padre alzó la vista.
—¿A Fénix?
—Sí —afirmó Lilith—. Esa expresión tranquila, pero firme. Es la misma. Como si llevara una voluntad antigua en la sangre.
Alucard ladeó la cabeza, observando al niño con atención.
—Espero que herede solo lo bueno —comentó—. Con que no tenga su tendencia a meterse en problemas imposibles, me conformo.
El padre sonrió.
—Se llama Darem Roger —anunció con orgullo—. Queríamos que llevara un nombre fuerte, algo que le recuerde de dónde viene.
Lilith asintió lentamente.
—Darem… —repitió—. Suena a alguien que no se rinde.
Darem, el espectador invisible, sintió un nudo en la garganta al escuchar su propio nombre pronunciado por primera vez.
Alucard dio un paso al frente.
—¿Puedo cargarlo?
El padre dudó un segundo, pero luego asintió y le entregó al bebé con cuidado. Alucard lo sostuvo con una sorprendente delicadeza, acomodándolo con torpeza contenida, como si temiera romper algo sagrado.
El bebé emitió un pequeño sonido, moviendo apenas los dedos.
Alucard lo miró en silencio durante unos segundos.
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Editado: 02.02.2026