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CAPÍTULO 25: El lugar indeseable

CAPÍTULO 25: El lugar indeseable

Darem abrió los ojos de golpe.

Una bocanada de aire llenó sus pulmones, como si acabara de emerger de lo más profundo de un océano invisible. Parpadeó varias veces, tratando de enfocar la vista. La luz era natural, cálida, y el cielo se extendía sobre él con un tono extraño, ligeramente iridiscente, como si la atmósfera no perteneciera del todo a ningún mundo conocido.

Estaba recostado sobre hierba alta.

Se incorporó con un leve quejido. Su cuerpo todavía se sentía pesado, como si arrastrara el eco del viaje entre dimensiones. Alrededor, el paisaje era desconcertante: un campo interminable de vegetación ondulante se extendía hasta donde alcanzaba la vista. No había montañas, ni edificios, ni señales de civilización. Solo un mar verde que parecía no tener fin.

—¿Dónde… estamos? —preguntó Darem, llevando una mano a la frente.

Frente a él se encontraban César y Chris.

Ambos estaban de pie, observando el horizonte con atención, como si intentaran encontrar algún punto de referencia imposible.

César fue el primero en responder, sin apartar la vista del campo infinito.

—No lo sabemos. Podría ser cualquier lugar… o ningún lugar en específico.

Chris frunció el ceño, girando lentamente sobre sí mismo.

—Todo lo que se ve es campo. No hay caminos, no hay estructuras, no hay cielo reconocible. Es como si el mundo se hubiera quedado en pausa.

Darem se puso de pie, sacudiendo la hierba adherida a su ropa. Miró en todas direcciones, intentando encontrar una ruptura en la monotonía del paisaje.

—¿En algún punto del multiverso? —murmuró.

César asintió lentamente.

—Es la hipótesis más lógica. Después de lo que ocurrió con el portal, no sería extraño que hayamos sido expulsados a una dimensión intermedia o a un plano residual.

Chris soltó una breve risa nerviosa.

—Genial. Perdidos en un prado infinito que no aparece en ningún mapa de la existencia.

El viento recorrió el campo, haciendo ondular la hierba como un océano silencioso. El movimiento parecía hipnótico, casi artificial.

Darem sintió un leve escalofrío.

—Este lugar… no se siente vivo —comentó—. Es como un escenario vacío.

César observó el horizonte con mayor detenimiento.

—Y parece no tener fin. Mire hacia donde mire, todo es igual. Si caminamos en línea recta durante horas, probablemente no encontremos nada diferente.

El silencio volvió a envolverlos, pesado y expectante, como si el propio campo estuviera aguardando algo.

Algo que todavía no comprendían.

Darem respiró hondo, intentando ordenar sus pensamientos.

—Quedarnos quietos no nos va a llevar a ningún lado —dijo, rompiendo el silencio—. Si este lugar no tiene referencias, al menos deberíamos movernos. Quizá encontremos algún cambio en el terreno, una señal… lo que sea.

Chris ladeó la cabeza.

—¿Y si caminamos en círculos sin darnos cuenta?

—Peor sería esperar a que algo nos encuentre primero —respondió Darem, con firmeza.

César finalmente apartó la mirada del horizonte y asintió.

—Tiene razón. Si este plano tiene límites, solo los descubriremos avanzando.

Comenzaron a caminar entre la hierba alta, que les rozaba las piernas y producía un susurro constante. Cada paso parecía idéntico al anterior. El paisaje no variaba, como si el campo se repitiera infinitamente.

—Este sitio me pone los nervios de punta —murmuró Chris—. Es demasiado silencioso.

Darem iba a responder cuando un ruido grave, profundo, resonó bajo sus pies.

Un retumbo sordo.

Luego otro.

El suelo vibró con violencia, como si algo colosal se desplazara bajo la tierra.

—¿Escucharon eso? —preguntó César, alertándose al instante.

Un rugido emergió desde las profundidades, distorsionado y cavernoso, capaz de helar la sangre.

El temblor aumentó de intensidad.

—¡Al suelo! —gritó Chris.

Los tres perdieron el equilibrio y cayeron entre la hierba alta. La vegetación los envolvió, ocultándolos parcialmente mientras el terreno seguía sacudiéndose.

El estruendo cesó de repente.

Darem se incorporó con dificultad, apartando los tallos que le tapaban la vista.

—¿Están bien? —preguntó.

No obtuvo respuesta inmediata.

Giró la cabeza.

César ya no estaba.

—¿César? —llamó, poniéndose de pie de golpe.

Chris también se levantó, mirando alrededor con inquietud.

—Estaba justo aquí…

Ambos comenzaron a avanzar entre la hierba, separando la vegetación con las manos, buscando cualquier rastro.

—¡César! ¡Responde! —insistió Darem.

El campo permanecía mudo.

De pronto, otro temblor sacudió el suelo. Más fuerte. Más cercano.

Darem perdió el equilibrio por un segundo y, cuando recuperó la estabilidad, sintió un vacío inmediato en el pecho.

Chris ya no estaba.

—¿Chris…? —susurró, incrédulo.

No hubo grito. No hubo ruido. No hubo señal alguna.

Simplemente había desaparecido.

Darem quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos, mientras una sensación helada recorría su espalda. El silencio era antinatural, como si el mundo hubiera contenido la respiración.

—Esto no es posible… —murmuró.

Entonces el suelo volvió a temblar.

Esta vez, justo frente a él.

La tierra se abrió con un estruendo brutal. El terreno se levantó en una ola de polvo y raíces arrancadas, y desde las profundidades emergió una criatura monstruosa.

Una lombriz gigantesca.

Su cuerpo segmentado se elevaba más de diez metros de altura, cubierto de una piel húmeda y oscura que brillaba bajo la luz extraña del cielo. Su boca circular, repleta de anillos dentados, se abría y cerraba como un abismo vivo.

El rugido brotó directamente de su interior.

Darem retrocedió un paso, paralizado.

En ese instante lo comprendió.

No había senderos, ni referencias, ni límites visibles porque el verdadero peligro no estaba en la superficie.




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