Code Eclipse

CAPÍTULO 26: El escape perfecto

CAPÍTULO 26: El escape perfecto

Lilith levantó lentamente la mirada hacia Bush. Sus ojos estaban vidriosos, cargados de un cansancio antiguo, de esos que no se van con el descanso.

—Bush… —murmuró—. ¿Se acuerda de cómo falleció Elías?

La pregunta cayó como una losa.

Bush no respondió.

Sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor de la taza, pero no levantó la vista. El silencio fue su única contestación.

Lilith lo entendió al instante.

Sus labios temblaron y el aire escapó de su pecho en un sollozo quebrado. La compostura que había mantenido hasta ese momento se desmoronó por completo. Bajó la cabeza, y las lágrimas comenzaron a caer sin control.

—Claro que se acuerda… —susurró entre llantos—. ¿Cómo podría olvidarlo?

Respiró con dificultad, tratando de ordenar las palabras que salían atropelladas por el dolor.

—Elías no murió en ningún accidente… —confesó—. Eso fue la mentira que le contamos a Darem para protegerlo. Para que pudiera crecer sin miedo, sin odio, sin cargar con esta maldición.

Levantó el rostro, con los ojos enrojecidos.

—Murió por culpa del mundo paranormal. Por una misión que nunca debió aceptar. Por un enemigo que no tenía derecho a existir.

Su voz se quebró.

—Yo misma ayudé a sostener esa mentira… lo miraba a los ojos y le decía que su padre había tenido un simple accidente… y cada palabra me quemaba por dentro.

Lilith apretó los puños sobre la mesa.

—Y Fénix… Fénix también murió por ese mismo mundo. Siempre lo mismo. Siempre monstruos, guerras ocultas, sacrificios que nadie ve ni agradece.

Una risa amarga se mezcló con el llanto.

—Y ahora Darem… —susurró—. También arrastrado por lo mismo. Como si esta familia estuviera condenada a pagar una deuda eterna que nadie nos explicó.

Las lágrimas volvieron con más fuerza.

—¿Sabe lo que más duele, Bush? —dijo con la voz rota—. Que a los hijos se los debería enterrar cuando ya son viejos, cuando han vivido, cuando han amado, cuando han tenido tiempo de ser felices… no al revés.

Se llevó una mano al pecho, como si el dolor físico fuera real.

—Los hijos son quienes deberían enterrar a los padres… no los padres a los hijos… —repitió en un susurro ahogado—. Ese no es el orden natural de la vida.

Lilith cerró los ojos, incapaz de contener el llanto.

—Enterré a mi hijo… pensé que eso ya era el peor dolor posible… y ahora siento que el destino quiere arrebatarme también a mi nieto.

Bush permaneció en silencio, con el rostro endurecido, sin atreverse a interrumpir aquel desahogo tan humano y tan cruel.

El ruido del café seguía existiendo alrededor, ajeno al derrumbe de una abuela que sentía que su linaje se desvanecía entre tragedias, dejando solo recuerdos, ausencias… y un amor que jamás dejaría de doler.

Bush alzó finalmente la mirada. Sus ojos, normalmente firmes y calculadores, reflejaban una mezcla de cansancio y una determinación silenciosa. Dejó la taza sobre la mesa y apoyó ambas manos sobre el borde, inclinándose levemente hacia Lilith.

—Lilith… los Roger son fuertes —dijo con voz grave, pero serena—. Siempre lo han sido.

Ella levantó el rostro, aún empapado en lágrimas.

—Usted lo sabe mejor que nadie. Fénix no solo sobrevivió a cosas que habrían destruido a cualquier otra persona… las superó. Cayó, sí, pero nunca se quebró por dentro.

Bush respiró hondo.

—Darem tiene esa misma sangre corriendo por sus venas. Esa misma voluntad, esa misma terquedad para negarse a rendirse, incluso cuando todo parece perdido.

Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, apareció en su rostro.

—He visto a ese chico desafiar pruebas que no estaban hechas para un humano normal. He visto cómo protege a sus compañeros, cómo no retrocede aunque tenga miedo. Eso no se aprende. Eso se hereda.

Lilith apretó los labios, escuchándolo con atención.

—Confío en que va a volver —afirmó Bush—. No sé cómo, ni cuándo, ni desde qué rincón del multiverso… pero va a encontrar el camino de regreso. Los Roger siempre lo hacen.

Hizo una breve pausa antes de añadir:

—Después de todo, la sangre de Fénix corre por sus venas. Y esa sangre jamás se apaga tan fácilmente.

Lilith cerró los ojos un instante, dejando que esas palabras se asentaran en su corazón. No borraban el dolor, pero encendían una pequeña chispa de esperanza en medio de tanta oscuridad.

Darem respiraba con dificultad. La baba espesa le cubría el pecho y los brazos, inmovilizándolo casi por completo, pero no podía permitirse entrar en pánico. Forzó el cuello lo justo para mirar hacia abajo y, con un esfuerzo lento y doloroso, comenzó a mover la mano derecha.

Sus dedos rozaron la tela del pantalón.

—Vamos… —pensó, apretando los dientes.

Tras varios intentos, logró introducir la mano en el bolsillo. El frío metálico del encendedor le devolvió un atisbo de esperanza. Lo sacó con torpeza y, tras varios chasquidos fallidos, la llama finalmente prendió.

El fuego reaccionó de inmediato.

La baba comenzó a burbujear y a retraerse, desprendiendo un olor ácido. Darem aprovechó el momento y pasó la llama por sus brazos y torso, liberándose poco a poco. Cuando cayó al suelo, jadeando, no perdió tiempo.

—Aguanten —susurró.

Se lanzó primero hacia César, quemando la sustancia que lo mantenía atrapado. César gruñó al recuperar el control de su cuerpo y cayó de rodillas, tosiendo.

—Sabía que ese encendedor no era solo para posturear —murmuró, aún sin aliento.

Darem no respondió. Ya estaba junto a Chris, liberándolo con movimientos rápidos pero precisos. La baba cedió y Chris cayó hacia delante, apoyando las manos en el suelo para no desplomarse.

Los tres quedaron libres al fin, cubiertos de restos viscosos, respirando con dificultad en la cueva silenciosa.

Chris fue el primero en incorporarse del todo. Miró alrededor, analizando las paredes irregulares, los túneles que se abrían en distintas direcciones y el techo que parecía perderse en la oscuridad.




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